La cultura mapuche y la clave de la confianza

En el Nguillatun (rogativa principal mapuche) hay varios momentos muy significativos que siempre me han tocado mucho. Ahí he descubierto que hay una nueva forma de relacionarnos entre nosotros, con la tierra y con Dios.

Son momentos que hablan de que existe otro estilo de vida basado fundamentalmente en la relación y reciprocidad, que nos hace hermanos unos de otros y con la tierra donde vivimos. Un modo basado en la confianza y el bien común, donde el nosotros es más importante que el yo.

Las familias que participan preparan con alegría y mucho respeto el ngolngol, el plato ceremonial con mote, carne y sopaipillas que se presenta en el rewe (altar principal). Luego de ser contados y presentados a la machi (chaman) son repartidos en los asistentes. De a grupos recibimos un plato y lo compartimos. Comemos del mismo plato. Nadie queda fuera. Lo que con sacrificio cada familia trajo para compartir es ahora repartido entre todos. No puedo sino recordar el momento en que Jesús fue capaz de dar de comer a una multitud con solo cinco panes y dos pescados. Al igual que en ese momento, en el Nguillatun se produce el milagro de la multiplicación de los panes, que no es otra cosa que la multiplicación de la solidaridad. Todos tenemos algo; cada uno por sí solo no basta para alimentar a los que estamos ahí, pero ofreciendo lo que tenemos, somos capaces de alimentarnos y quedar satisfechos. El milagro es apostar y creer que entre todos podemos alimentarnos y vivir bien. Eso mismo pasa en el nguillatun.

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En una sociedad como la nuestra, atravesada por un modelo neoliberal instalado desde hace mucho, y que nos ha convertido en consumidores o clientes más que en personas, hace falta una vuelta de tuerca gigante para poder vivir dignamente. Cómo creer en el otro cuando vivimos en medio de un modelo que instala en cada uno de nosotros la competencia, y que como resultado genera una desconfianza atroz. Un modelo que nos hace desconfiar de todo esfuerzo común, por ser pérdida de tiempo y falta de eficacia. Tenemos que afinar nuestros sentidos y escuchar con atención otras propuestas de vida más humanizadoras.

En cada rogativa o nguillatun, el mapuche, atravesado por las mismas corrientes que toda nuestra sociedad, tiene una reserva de vida buena (KümeMongen o Buen Vivir) que le hace resistir con dignidad. Ante la desconfianza que puede haber entre las familias, con otros y con las mismas instituciones, el mapuche es capaz en el nguillatun de compartir gratuitamente ese ngolngol (plato ceremonial de comida). Ellos desconocen a quién irá, pero saben que será parte de un gesto sagrado que el mismo ChawNgenchen? (Padre Dios) invita a hacer. Son capaces de entregar lo que tienen por el bien común de todos. Ahí se produce el milagro. Se vuelve a creer que el nosotros es vital para vivir. En ese gesto se recomponen las relaciones comunitarias que pudieron quedar heridas cultivando la desconfianza. Se apuesta a que todos juntos podremos ser uno y salir adelante en la vida.

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Es lo que se vive en el mingaco para la siembra o cosecha. Se ponen de acuerdo entre familiares y vecinos. Sólo se ofrece un buen almuerzo. Se confía en que cuando después le toque a uno sembrar o cosechar vendrán a ayudarlo. Se confía en la reciprocidad en las relaciones. En el mingaco se recomponen las relaciones vecinales y familiares. Uno se vuelve a ver y pasa un buen rato compartiendo. Hoy en día esta tradición está peligrando; se piensa que es una pérdida de tiempo andar poniéndose de acuerdo con otros, si lo que se puede hacer en un día, un tractor lo puede hacer en una hora. Se gana tiempo, pero se pierden relaciones. El mingaco requiere convencerse de que también es un beneficio el estar y convivir con los vecinos y familiares. No es un mero medio, sino un fin en sí mismo. El nosotros es tan importante como el yo.

Esto necesita también que los que asistimos vayamos dispuesto a recibir y compartir en las mismas condiciones. Es decir de igual a igual. Sin títulos o intereses. La actual desconfianza en la sociedad puede aprender mucho de estos gestos rituales del Nguillatun. Necesitamos volver a creer que la solidaridad es el motor de nueva propuesta de vida basada en la búsqueda del bien común. Esto no significa que lo que dañó las confianzas no sean una realidad en nuestras vidas, pero implica sanarlas no desde el criterio de la competencia, el beneficio personal, sino desde la profunda convicción de que nos necesitamos entre todos.

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La actual desconfianza de nuestra sociedad puede aprender mucho de estos gestos rituales del Nguillatun. Necesitamos volver a creer que la solidaridad es el motor de una propuesta de vida basada en la búsqueda del bien común. Esto no significa que lo que dañó las confianzas no sea una realidad en nuestras vidas, pero implica sanarlas no desde el criterio de la competencia o el beneficio personal, sino desde la profunda convicción de que nos necesitamos entre todos.

La competencia feroz nos hace devorarnos unos a otros, con el objetivo de recibir un supuesto bien personal que llamamos “vivir mejor”. Se nos instala en la médula en el momento en que todo y todos deben girar en torno a la propia satisfacción personal, incluso cuando alegamos por algún derecho. Pedimos, pero no nos comprometemos en lo que pedimos. Somos clientes expertos en exigir nuestros derechos, pero se nos dificulta enormemente asumirlos responsablemente una vez que lo tenemos. Lo queremos todo hecho, para luego gozar de sus beneficios. Lo hacemos incluso en nuestra relación con Dios: “Danos, pero no me hagas poner los medios”. Segundos binarios, diría San Ignacio, desde la experiencia de los Ejercicios1.

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En medio del pueblo mapuche, sabiéndonos en camino de conversión, hemos podido asomarnos a otra propuesta de vida. Las familias y comunidades con las que nos vinculamos nos han enseñado el valor del nosotros. Un nosotros inclusivo, que incorpora en su persona a los seres humanos, a la tierra en la que vivimos y a las fuerzas espirituales que nos sostienen. Una poderosa invitación a confiarnos mutuamente. Aquí está la clave en nuestros tiempos. Confiarnos es hacernos responsables unos por otros. Es aprender a escuchar con tiempo y espacio. Es saber que el camino es tan importante como la meta. En el mundo mapuche la relación y reciprocidad son esenciales para la vida buena de cada uno y de todos. Esto se aprende desde chico, y no sólo en los nguillatunes y mingacos, sino también en el modo de relacionarse con la tierra. El mundo en el que vivimos también es nuestro hermano, nuestra madre. Cuando se siembra se espera que la tierra de sus frutos. Nos devuelva lo que le hemos dado. Se le pide permiso para cortar un árbol. Se hace rogativa para poder sembrar y cosechar. Todo relación y reciprocidad, pues hay confianza en que todo está profundamente entrelazado. Es la solidaridad universal con la que Chaw Dios hizo todo. Para nosotros, como cristianos, está en la esencia de nuestra fe: creemos en un Dios que es pura relación, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En una comunión de amor que desborda tanto que es capaz de crear todo lo existente.

“Creerse el cuento”, nos decía la Ñaña Elba Puen. “Yo me la creo. Yo soy mapuche y me creo el cuento que soy rica en mi espiritualidad y que esto es un regalo para compartir”, nos compartía en un encuentro. Creernos el cuento de esta nueva forma de relacionarnos puede abrir caminos de comunión, de confianza y de nuevos horizontes de vida y dignidad para todos y también para la tierra en la que vivimos. La Ñaña nos movía a mirar la oportunidad más que la dificultad. A confiar y confiarnos en ese caminar. Se puede. Dios así lo sueña para nosotros y su mundo.

Notas

(1) El segundo binario sería como la imagen del joven rico (Mt 19, 16-30) que no fue capaz de dejar sus bienes para seguir al Señor. De aquéllos que no arriesgan o no quieren perder nada.

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