Las ideologías y el régimen venezolano

Compartimos el análisis del jesuita mexicano David Fernández Dávalos, rector de la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México, sobre las lecturas del régimen venezolano en un entorno continental polarizado.

1. Una vista a vuelo de pájaro

El año pasado, nuestro país, México, fue sede del 47 periodo ordinario de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, la OEA. Era un momento particularmente delicado para esa organización y para América Latina toda. La dificultad de los tiempos continúa ahora tanto para el Subcontinente, como para la organización multilateral. Para esta última, además de los problemas económicos que enfrenta, la organización representativa de los gobiernos de las Américas ha sido y es actualmente severamente cuestionada por representar, más que los intereses de sus agremiados, los del país hegemónico en la región. Se le señala de ser, ante todo, una correa de trasmisión, y no tanto un frente común en favor de la democracia. Por eso mismo, en América Latina han surgido diversas organizaciones y mecanismos regionales y subregionales, al margen de la OEA, con mandatos y áreas de incidencia que coinciden y se superponen a los suyos. Ahí están, por ejemplo, la Alianza Bolivariana, o la ALADI, la Asociación de Estados del Caribe, entre algunas otras. Para muchos analistas críticos, la OEA ha sido más bien una punta de lanza de los Estados Unidos en contra de gobiernos que les son desafectos, señaladamente ante Cuba, Venezuela y ahora Nicaragua. Esto le ha restado credibilidad.

Sin embargo, es verdad que los gobiernos de estos países se han alejado de la concepción de democracia que la Carta de Derechos de la Región quiso garantizar y se han colocado como enemigos de sus pueblos y de la voluntad popular. Además, el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, con la Corte y la Comisión correspondientes, han sido aliados de muchos pueblos en su lucha contra gobiernos represores y autoritarios. En temas y casos muy sensibles, en México, por ejemplo, ha sido aliado de los grupos de derechos humanos y de víctimas, para enfrentar a un Estado violador de los derechos fundamentales, como lo es el nuestro, y lo son el nicaragüense y el venezolano, entre muchos otros.

El terreno de cuestionamiento frente a esta organización lo constituye, sobre todo, el contenido concreto que de la promoción y defensa de la democracia en el hemisferio hace la OEA. Más particularmente, se critica la concepción de democracia que sostiene, más bien de carácter formalista e instrumental, y no verdaderamente de fondo. ¿Es la democracia que hemos visto en operación recientemente en Brasil, en Argentina, en Colombia, en los comicios presidenciales de los últimos 30 años en México, la democracia que debe defender la OEA, una democracia de papel, que avala fraudes e impone la voluntad de las élites sobre las mayorías de los pueblos? ¿Es esa la verdadera democracia, o más bien manifestación del vaciamiento del contenido de la democracia? ¿Es esa la democracia que la OEA impulsa y en el nombre de ella se castiga otras posibilidades de soberanía popular y de gobierno?

Pero viniendo ya a la situación de Venezuela, es claro que todas las organizaciones de la Región, incluida la OEA, han sido incapaces de desarrollar una solución negociada y efectiva a lo que ocurre en este país hermano. Hay, por ejemplo, legítimas dudas sobre cuál ha sido el papel del Secretario General con respecto a la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Para poner un ejemplo elocuente: el día en que mataron a Javier Valdés, periodista de Sinaloa, el sexto del año 2018 y el número 106 desde que comenzó la guerra contra el narcotráfico en México, el Secretario General de la OEA emitió 17 tweets en relación con Venezuela, y uno solo relativo a nuestro país. Es verdad: en Venezuela iban cerca de 70 asesinatos en el período de movilización ciudadana, absolutamente condenables e inútiles. Pero en México llevamos cerca de 100.000, sólo en el sexenio que acaba de concluir. Y como el régimen gubernamental y la administración en México se alinean a los designios de la hegemonía en la región, y cubren con las formalidades electorales, así hayan sido fraudulentas por décadas, son mirados apenas, por encima del hombro, por este organismo y su Secretario.

Por estas y otras muchas razones, en la Universidad Iberoamericana nos pareció pertinente sostener un diálogo sobre la realidad actual de la OEA y su futuro, y sobre el Sistema Interamericano. Fueron el Programa de Derechos Humanos, la Dirección de Investigación, y el Departamento de Derecho quienes lanzaron esta iniciativa que fue acogida con beneplácito institucional. La actividad la pudimos realizar junto con el Instituto Matías Romero, de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Hablar de la situación en Venezuela sigue siendo muy difícil y doloroso para mucha gente. Los amigos tenemos visiones distintas y nos hemos distanciado a propósito del tema. Cuando una situación se polariza lo que ocurre es que cualquier postura que busque una conciliación, o que se sitúe dentro de la escala de los grises, tenderá a ser ubicada en la busaca de alguno de los polos de la contradicción. Esto está ocurriendo ahora con el tema Venezuela, y por eso es difícil que las distintas partes nos escuchemos y las partes puedan acercarse.

De entrada, queremos respaldar las palabras del Papa y de la Santa Sede sobre el caso: “mientras me uno al dolor de los familiares de las víctimas, para quienes aseguro oraciones de sufragio –dice el Papa-, dirijo un apremiante llamamiento al gobierno y a todos los componentes de la sociedad venezolana para que se evite cualquier ulterior forma de violencia, sean respetados los derechos humanos y se busquen soluciones negociadas a la grave crisis humanitaria, social, política y económica que está agotando a la población”. Desde esta perspectiva nos situamos ahora.

El comunicado a la opinión pública de los jesuitas venezolanos[1] también plantea las coordenadas en la que deseamos situarnos. Allí ellos sostienen sentirse “horrorizados” frente a lo que acontece en Venezuela. Se dicen llamados a acompañar a la gente y a sacar lo mejor de lo que han recibido de Jesús de Nazaret y de su iglesia:

...poner a los pobres de Venezuela en el centro de nuestras vidas y trabajo y aportar el espíritu del Evangelio para discernir los caminos de vida con el fin de lograr la necesaria reconciliación de todos los venezolanos. Sólo el amor construye; el odio mata, divide y destruye. Pedimos a los venezolanos de diversos sectores, mirar al rostro dolorido de quienes consideran estar más lejos y nombre de Jesús abrazarlos para juntos rescatar la democracia y la pacífica construcción del bien común. No seremos capaces de producir la nueva Venezuela unida, honesta y productiva mientras no estemos convencidos de que los pobres deben estar en el centro de la nueva Venezuela democrática como sujetos activos de la política y de la economía. El eje central de la Venezuela productiva ha de ser la oportunidad de trabajo digno para todos en la producción exitosa de nuestras fábricas, campos abandonados y centros de servicios.

La Compañía de Jesús tiene una presencia educativa variada en universidades, colegios, centros educativos populares de Fe y Alegría. Desde ahí queremos levantar un grito de alarma y de esperanza: se está ahogando la buena educación y con ello el futuro de los niños y jóvenes, tanto en la formación de personas en sus competencias profesionales, como en su formación en valores cimentados en el amor y la solidaridad. Faltan educadoras y educadores, se está matando su tan necesaria vocación y se ahogan las instituciones educativas. Nada es más urgente e imprescindible que la renovación de toda la educación con una amplia invitación a que la sociedad entera sienta y desarrolle su responsabilidad educativa, junto con su estado democrático. Necesitamos que florezcan múltiples iniciativas apoyadas por el presupuesto público y por las empresas productivas con colaboración activa de las familias en su mantenimiento y desarrollo integral. Con una pobre educación para los pobres, Venezuela no tiene futuro. Lamentablemente la educación en todos los sectores y niveles vive en una gran crisis.

Los jesuitas trabajamos junto con decenas de miles de personas, animados por la vida, vocación y trabajo “a mayor gloria de Dios”. Jesús nos enseña que la mayor gloria de Dios es que vivan dignamente los hombres y mujeres y que esa nueva vida no es posible construirla con el odio y la muerte. Agradecemos su generoso trabajo en condiciones difíciles y con recursos económicos precarios.

Este comunicado concluye de la siguiente manera: “En esta hora los venezolanos no claman por el cambio de la Constitución, sino por su cumplimiento. Como muy bien han dicho los obispos, ahora una Asamblea Constituyente es innecesaria y contraproducente: “Lo que necesita y reclama el pueblo, en primer lugar, es comida, medicina, seguridad, paz y elecciones justas”.

Las exigencias hoy día continúan siendo las mismas, pero agravadas por la urgencia y el deterioro aún mayor.

Boaventura de Sousa, en un comunicado sobre el tema, señala que las cosas no van bien en Venezuela debido, primordialmente, a una intervención grosera del imperialismo norteamericano y a muchos errores cometidos por los líderes políticos. En esto es acertado. Por ello es digno de acoger su deseo de buscar una convergencia mínima para estos momentos: es imprescindible parar la violencia de modo a impedir la intervención militar estadounidense que está en preparación. Si se diera esa intervención, se acarrearían consecuencias profundas y graves para toda América Latina, comenzando por Cuba y Bolivia, y los procesos postcoloniales en marcha en el subcontinente. Se fortalecerían las opciones duras, como las que alienta la administración Trump. Como dice Francois Houtart, recientemente fallecido: la idea de una revisión constitucional sobre bases más populares es, en principio, buena pero significa un proceso a mediano y largo plazo, cuando los problemas existenciales son a corto plazo. Las dificultades de la vida cotidiana provienen seguramente del boicot y de la especulación de parte del capital local y del imperio, pero también de procesos ordinarios en períodos de escasez: mercado negro, acaparamiento de productos, cambios de producción en función de la ley del mercado, usura de los intermediarios, y también de la corrupción de agentes del Estado.

Muchas medidas parece necesarias: renegociar la deuda externa que extrae miles de millones de dólares del país, cuando existe escasez, sabiendo evidentemente que hay el peligro de hacer subir el riesgo país; revisar la deuda interna que termina por ser un financiamiento de la oposición; repensar el arco minero del Orinoco, que quieren arreglar el problema de las minas ilegales, pero que también es un regreso al neoliberalismo más agresivo, con concesiones a las grandes multinacionales y pagos de compensaciones; frenar la especulación financiera que junto con la hiperinflación, permite a ciertos grupos constituir fortunas enormes al costo del bien público y aumenta la fuga de capitales; luchar contra la corrupción interna (incluyendo al ejército), que obstaculiza la distribución de bienes que el gobierno compra al exterior, etc.

Hay grupos y posiciones que no son parte de la oposición “caprilista” o radical, que sostienen críticas a ciertas políticas gubernamentales y tienen propuestas concretas, pero que se sienten en peligro de que sus planteamientos sean identificados, en este clima de confrontación al que ya hemos aludido, como peligrosos o por lo menos utópicos, y no como proponiendo alternativas dignas de ser consideradas.

El tema más delicado para el propio país sudamericano y para el resto del Continente es que la caída del gobierno de Maduro significaría la subida de un personaje semejante a Macri o a Temer-Bolsonaro, es decir, de un régimen antipopular y agresivo con los logros históricos de los sectores subalternos. Por eso parece necesario defender la legitimidad del régimen hasta el fin de su mandato. Sin embargo, para defender su legitimidad, el gobierno tiene que evitar errores gravísimos que la ponen en duda y que alimentan legítimamente las campañas de denigración que la mayoría de los medios de comunicación internos y externos han enderezado en contra de la actual administración. O si esto parece demasiado, habría que incorporar por lo menos al chavismo más rancio en un diálogo nacional en la búsqueda de salidas democráticas a la crisis. No puede haber una salida pacífica a la postración venezolana sin la incorporación del chavismo presente en muy buena parte de la población. Por supuesto que esperaríamos, junto con Houtart, que Nicolás Maduro adopte más un discurso de jefe del Estado y no tanto de militante de base, que abra posibilidades de desarrollo de diversas alternativas, recordando que tiene una responsabilidad con la nación entera, con el continente latinoamericano, y con el resto del mundo, no sólo con sus partidarios.

Para Houtart, por ejemplo, existe un descontento fuerte en las clases subalternas que están a la base del proceso bolivariano, que sin duda hay que escuchar y atender. En ese descontento tiene que ver el deterioro de las “misiones” por falta de financiamiento y por corrupción (sectores de la salud, de la educación, de los mercados populares, que todavía existen como estructuras, pero con menos contenido real), adicionalmente tiene que ver con la hiperinflación en marcha, que es un mecanismo de extracción para las clases subalternas, y con la concesión de amplios territorios a las empresas trasnacionales a cambio de divisas que permitan financiar el fracaso económico del modelo, así como aceitar la corrupción.

Álvaro García Linera, vicepresidente boliviano, ha escrito que una revolución que no asegura, por cualquier razón que sea, la base material de la vida del pueblo, no tiene mucho futuro y los adversarios lo saben muy bien. Este es el caso del gobierno de Maduro.

En toda América latina es imprescindible refundar el proyecto de una izquierda viable y cercana a la gente, sin cegueras acríticas que han hecho mucho daño al movimiento popular latinoamericano en el largo plazo. Ésa es la única manera de ser fiel a la meta original de la emancipación popular y de la reorganización de la sociedad que nos ha suscitado tantas esperanzas y tanta admiración en el mundo entero.

Cerramos este primer apartado con el llamado que ha hecho el Papa para alcanzar la paz en Venezuela: establecer puentes, dialogar seriamente y cumplir con los acuerdos alcanzados. Pero todos los actores han de estar presentes, hasta los más intolerables.

2. Las ideologías y el régimen venezolano

El título que me dieron para elaborar estas reflexiones fue el de “La imperiosa necesidad de superar las ideologías para buscar un desarrollo humano integral y una sociedad inclusiva y democrática”. En realidad, la formulación no me gusta y yo mismo no sostendría algo así. Equivaldría a decir que tenemos que dejar de tener ideas estructuradas para poder atender los problemas de la realidad, cosa que es imposible por irrealizable, pero también equivaldría a afiliarme a la corriente política neoliberal que sostiene que estamos en una era “postideológica”, en la que sólo cabe un pragmatismo utilitario y en la que han dejado de tener importancia conceptos como “izquierda y derecha”, “patriarcado o feminismo”, “potencia colonial y neocolonialismo”. Esto último no es verdad: las clases sociales siguen existiendo, los proyectos sociales de los gobiernos siempre tienen un sesgo de clase (vean si no a Duterte, Bolsonaro o Macri y la lucha mortal que han dado contra Lula, los Kirchner, Lugo o Morales), y las políticas de sometimiento de los Estados a los dictados del capital trasnacional son plenamente vigentes (podemos ver las políticas de la UE ante Grecia y España, o del FMI en Argentina, o las condiciones de apoyo de Rusia a Cuba, por ejemplo).

Entiendo, sin embargo, lo que los organizadores de este coloquio quieren subrayar con el título que propusieron: que no es posible valorar el régimen venezolano desde una perspectiva ideológica propia de las izquierdas, ni tampoco ofrecerle nuestro apoyo con fundamento en consideraciones de índole ideológica, como se supone lo están haciendo los gobiernos de Bolivia, Nicaragua o Cuba. Y en ello estoy de acuerdo. Esto es justamente lo que abordaré en este escrito: a) no es posible, ni conveniente, ni riguroso calificar de popular o de izquierda el régimen encabezado por Maduro; b) ni tampoco es benéfico apoyarlo en aquellas decisiones que, efectivamente, se inscribirían más en la tradición de los gobiernos democráticos de izquierda de la Región.

Respecto a la primera afirmación (a), en el análisis anterior se ha aludido a rasgos del régimen madurista que lo alejan por completo de lo que sería un gobierno socialista o democrático de izquierda, a saber:

  • Las concesiones mineras y de territorio venezolano a empresas trasnacionales para financiar la corrupción y los subsidios sociales. Esto, por encima de la Carta Magna y de lo que verbalmente se declara. El Arco Minero es el ejemplo más escandaloso de ello.
  • Falta de transparencia o control sobre el ejercicio del gasto público con una enorme corrupción propia del capitalismo “de compadres” latinoamericano;
  • La falta de desarrollo de la planta productiva del país (hay que recordar que el más rancio marxismo decía que el socialismo era “la dictadura del proletariado y el desarrollo de las fuerzas productivas”. Es decir, que el socialismo involucra la modernización del país, no su estancamiento como ocurre ahora. 


Acerca de la segunda proposición (b), muchas lecciones podemos sacar para la izquierda del fracaso del modelo venezolano. Pero quiero señalar ahora tres que Joaquín Villalobos extrae del caso salvadoreño, y que provienen directamente de la ideología del régimen; cuyo origen es, pues, ideológico: 


La voluntad ignorante

En la izquierda solemos pensar que la voluntad todo lo puede, y que ésta es más importante que las condiciones objetivas; es decir, que está por encima del conocimiento, la inteligencia y la experiencia.

Sin duda que la voluntad es decisiva, pero sin inteligencia, sin conocimiento o menosprecio del contexto histórico que puede o darle viabilidad, esa voluntad es simplemente ingenuidad. Este es un pensamiento fundamentalista del estilo de aquellos que dicen que para resolver un problema basta con tener fe. El fundamentalismo ideológico siempre está por encima del conocimiento o de un sano pragmatismo y conduce, sin duda alguna, al fracaso.

Las condiciones internacionales objetivas y subjetivas no dan, no han dado, para impulsar un proyecto socialista bolivariano, como originalmente pudo haberlo pensado Chávez. Insistir en ello es fracasar.

El Estado como empleador de los militantes partidarios

O lo que es lo mismo, el Estado cooptado por un cuerpo militante. En América latina todos los partidos hacen uso del Estado para dar empleo a algunos militantes o clientelas; pero sólo las izquierdas más extremas toman masivamente el aparato de gobierno con sus militantes y arrasan con la meritocracia. Esto, además de en Venezuela, ha ocurrido en Cuba, Nicaragua y El Salvador. Se sustenta en una postura que asume que la lealtad es más importante que la capacidad o la inteligencia.

El fundamento ideológico de este problema está en que el reconocimiento a los pobres como clase acaba convertido en culto a la ignorancia popular y a la pobreza como valores permanentes, y no como estados dolorosos que deben superarse. En realidad es una visión religiosa, aparentemente compasiva e inocente, pero que sirve perversamente a un proyecto político que requiere obediencia total. Esta obediencia es incompatible con el ejercicio crítico. Y por tanto, el talento es considerado peligrosos y la superación individual como valor derechista. Esta visión genera adeptos incluso entre personas instruidas que se subordinan a quienes representan la voluntad, el sacrificio, la lucha, el heroísmo, no importa que se trate de líderes ignorantes, intransigentes o fundamentalistas. Este es el caso de la subordinación a Maduro, por ejemplo.

La creencia, en el tema de la seguridad, de que la prevención sirve para evitar lo que ya pasó o está sucediendo

Este error es más claro en relación con el caso de El Salvador, en donde el gobierno pactó con las maras cuando la violencia ya era incontenible. Pero en Venezuela sucede algo semejante. El problema criminal existe de manera alarmante y masiva.

En general, las derechas ponen el énfasis en las víctimas y priorizan la represión, mientras que las izquierdas solemos considerar a los delincuentes como víctimas sociales y damos prioridad a la prevención.

En Venezuela se ha tratado de detener el crimen y la matanza, pero en medio del crimen y la matanza. Esto agrava en lugar de resolver el problema.

El punto de partida moral es equivocado: considerar la escasez y la pobreza como como la causa principal del incremento de los delitos. Con un grupo insurgente se puede negociar, porque los sostienen diversos valores, porque su propósito es político, porque su enemigo es el Estado, no la sociedad. Con los delincuentes no hay valores compartidos y su motivación es el mero lucro y su enemigo son los ciudadanos que el Estado debe proteger.

En La alegría del Evangelio, el Papa Francisco establece que la realidad es superior a la idea. Francisco no es marxista ni de izquierda, pero critica una reflexión que no parta y no desemboque en la realidad (N° 231-233), porque entonces hay peligro de caer en nominalismos, fundamentalismos, totalitarismos, intelectualismos sin sabiduría.

La prioridad de la realidad y su aceptación humilde –dice Víctor Codina-, es una tarea necesaria, pero muy difícil. Las personas e instituciones tendemos a escabullir la realidad, escamotearla, ocultarla, criticarla, en aras de nuestra ideología. En realidad soñamos y proyectamos nuestras propias ideas, sin dejar hablar a la realidad.

Hacernos cargo de la realidad, encargarnos de la realidad y cargar con la realidad –no de la ideología-, es lo que Ellacuría trazaba como actitud cristiana para hoy. La Palabra se hizo carne y vive en medio de nosotros, porque ha asumido nuestra historia concreta, ha vivido cerca del pueblo y se ha solidarizado con su sufrimiento.

3. Conclusiones

La izquierda en Venezuela, en el poder o fuera de él, vive una severa crisis de identidad. No es posible ser socialista bolivariano estando tan aislados y dando entrada al gran capital trasnacional, en contra de las poblaciones indígenas, como se hace ahora con el Arco Minero del Orinoco.

En un reciente análisis, Rafael Rojas dice que lo más alarmante de la situación venezolana es su falta de salida visible en el horizonte inmediato. Desde el ámbito interno, es muy poco lo que puede hacer un Poder Legislativo secuestrado por la Asamblea Constituyente.

Al respecto, conviene recordar lo que decía Rosa Luxemburgo: que la dictadura del proletariado no consistía en destruir o abolir la democracia –lo que ha hecho Nicolás Maduro-, sino en imprimirle un sesgo de clase. Aquí eso se ha olvidado.

Los partidos políticos opositores tampoco son capaces de avanzar por la vía institucional o por la resistencia cívica, ya que en ambas se topan con el inmovilismo represivo del gobierno. La sociedad civil sigue perdiendo autonomía, y la política opositora incrementa su dependencia del gobierno de Donald Trump y los congresistas republicanos de Estados Unidos, que cada vez hablan más de un golpe de Estado o una intervención militar contra el régimen madurista[2].

Todos los actores interesados verdaderamente en una solución negociada para el conflicto tienen muchas razones para la desesperanza y el desánimo. El régimen controla todos los poderes, apuesta prioritariamente por la militarización y por la permanencia del mismo grupo al mando del Estado de manera indefinida. En estas condiciones, es muy poco lo que pueden hacer los procesos electorales, la institucionalidad o la estructura constitucional del país. Sin embargo, el imperativo sigue siendo persistir en la lucha política interna y en el diálogo diplomático desde la comunidad internacional a fin de reconstruir la democracia en el país.

El más reciente libro de Slavoj Zizek[3] parte de una frase de Giorgio Agamben, “el pensamiento es el coraje de la desesperanza”. Esto resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, en el que los análisis más optimistas terminan con la metáfora de “la luz al final del túnel”. Así, parece ser que el auténtico coraje consiste en aceptar el hecho de que por ahora no hay alternativas claras: el sueño de una alternativa no es más que un fetiche que nos impide analizar con lucidez el impasse en el que nos encontramos. Afirmar que no hay alternativas postula como innecesaria e injusta cualquier ideología cerrada, que nos impida valorar adecuadamente el régimen venezolano actual para combatirlo a fondo. El auténtico coraje consiste, entonces, en admitir que la luz que hay al final del túnel probablemente es el faro de otro tren que se acerca en dirección contraria.

El madurismo no resiste la menor valoración ideológica por sus contradicciones y por la parte que le toca en la contribución al fracaso al que ha conducido a Venezuela. Si lo hiciéramos así, nos alinearíamos inconscientemente con aquellos regímenes que han optado por hacer de la mentira su principal arma política, como el trumpista, el peñista o el propio madurista.

Notas

  1. Comunicado del P. Rafael Garrido, Provincial de la Compañía de Jesús, en nombre de los jesuitas de Venezuela, el 05/07/2017. Ver https://www.jesuitasvenezuela.com/comunicado-jesuitas-venezuela/
  2. Rojas, Rafael (2018-Diciembre): “Las razones del abismo”, Revista Nexos 428, pp. 59-61.
  3. Zizek, Slavoj (2018-Octubre): “El coraje de la desesperanza” Anagrama, Argumentos, CDMX.

Fuente

  • Maritza Barrios y Marcelinio Visbal (Ed.). (2019). Búsqueda de Alternativas Políticas a la Crisis de Venezuela. Seminario Internacional. Caracas, Venezuela: Publicaciones UCAB (2019)
  • Fotografía cortesía de George Castellanos.

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