Los desafíos de la nueva izquierda chilena. Entrevista a Beatriz Sánchez

Una nueva izquierda crece en Chile. Beatriz Sánchez explica cómo se desarrolla el Frente Amplio y cuáles son sus perspectivas frente a un gobierno de derecha y la crisis del espacio progresista tradicional. Nota de Claudia Detsch para Nueva Sociedad.

En Europa se está asistiendo a un momento de crisis de los partidos tradicionales y de surgimiento de nuevas fuerzas políticas. ¿Eso está sucediendo en Chile? ¿Cómo se vincula la experiencia del Frente Amplio con estos procesos?

Lo que pasó en estos últimos cinco años en Chile es, efectivamente, lo mismo que está sucediendo en otras partes del mundo. Se está produciendo una irrupción de nuevos partidos que provienen de distintos tipos de movimientos sociales importantes. Yo represento a una coalición grande de muchos movimientos pequeños que se llama Frente Amplio. El Frente Amplio no se entiende sin la base de la gran movilización estudiantil de 2011. Coincide con la Primavera Árabe, con el movimiento de los indignados en España, con Occupy Wall Street, y con otros tantos. El movimiento estudiantil chileno, del que el Frente Amplio es deudor, tenía dos eslóganes: «Fin al lucro» y «Educación pública, gratuita y de calidad». Porque en Chile, incluso para la educación pública, se paga mucho. Sin embargo, los estudiantes no solo lograron movilizar al país por la cuestión educativa. Lograron tocar algo muy sensible dentro de la sociedad: por primera vez se cuestionó si en Chile todo hay que pagarlo. Por primera vez se cuestionó quién hace negocios con nuestras vidas. Eso generó una explosión social a la que en Chile, a diferencia de países como Argentina, no estamos habituados. Hoy, según la Organización Mundial de la Salud, tenemos la tasa más alta de suicidio en el mundo: esa es nuestra forma de explosión social. El movimiento estudiantil, por ende, canalizó algo en Chile. Los líderes estudiantiles se transformaron en parlamentarios y, algunos de ellos, formaron el Frente Amplio.

En este sentido, el Frente comparte características de origen con Podemos en España. Vino a desafiar a un bipartidismo instalado desde la vuelta a la democracia: ese que tenía por un lado a los partidos de derecha y, por otro, a los de centro-izquierda agrupados en la Concertación. Esta nueva fuerza de izquierda desafía, por tanto, a la izquierda tradicional. A ese conglomerado que, si bien se decía de centro-izquierda, gobernó con las mismas ideas que la centro-derecha. Si bien hizo grandes avances en Chile para terminar con la pobreza más profunda y para subir el estándar de vida, la desigualdad se fue profundizando de manera abismal. Lentamente se ha ido entendiendo que las fuerzas tradicionales no harán los cambios que hay que hacer. Entonces surge esta gran nueva coalición, que se instala y rompe el bipartidismo. Ahora hay tres bloques políticos en Chile. El bloque de la derecha, el de centroizquierda representado por la Nueva Mayoría (que reemplazó a la vieja Concertación), y el de la izquierda en el que está el Frente Amplio. Hoy, la Nueva Mayoría no tiene liderazgos. Los partidos, en términos generales, están en una condición muy desastrosa. Hay una descomposición que no tiene que ver con nosotros. De hecho, somos más bien la consecuencia de la descomposición de esa centro-izquierda. ¿Quién termina votando por el Frente Amplio? Los ciudadanos que siempre votaron por la centro-izquierda. Esa vieja Concertación se instaló en el modelo neoliberal. No cuestionó el modelo.

¿Cómo analiza las experiencias de Correa, de Morales, de los Kirchner en Argentina, incluso la de Venezuela? ¿Considera que la década progresista fue exitosa? ¿Se iniciaron cambios estructurales o, en realidad, ese momento virtuoso se vinculó más con los precios altos de los commodities?

Yo valoro el intento de buscar un sistema distinto en esa década tan particular. Son proyectos que, en general, dijeron que otra realidad era posible. Pero son realidades distintas. El proyecto de Correa era distinto al de Chávez o al de Evo Morales. Cada cual tuvo sus características. Algunos navegaron mejor que otros. Nadie habla del gobierno boliviano porque es un éxito. Siempre se habla del caso venezolano. Evo Morales ha demostrado resultados espectaculares. Con costos, sí, pero realizando transformaciones sin hipotecar al país. Hubo, por supuesto, conflictos internos. Él venía de los movimientos indígenas y tiene muchos conflictos hoy con esos movimientos. Lo mismo sucedió con Correa. Estaba enfrentado al movimiento indígena, no hubo un movimiento feminista fuerte. Hizo las cosas de una manera muy vertical en la que yo no creo. Pero él también tenía la intención de realizar transformaciones. Cristina Kirchner también fue y es muy vertical. Pero intentó fortalecer el rol del Estado. Esa década demostró que el Estado tiene que estar presente. Antes, en América Latina, el Estado se achicaba. Por eso, su resignificación fue valiosa. Me parece que, en algún momento, América Latina llegó a liderar globalmente la idea de que se puede cambiar el sistema.

El gran ruido lo produjeron los personalismos. A mí me gusta otro tipo de liderazgo. Lo peor que le podría pasar a una fuerza como el Frente Amplio sería concentrar el liderazgo en una sola persona. Por eso yo miro mucho a Uruguay. Me gusta mucho la forma uruguaya, que tiene que ver con proyectos y no tanto con personas. Esa es mi crítica a lo que sucede en América Latina. Pero, sin duda, América Latina lideró la posibilidad de cambios estructurales frente al neoliberalismo.

¿Considera que los nuevos gobiernos de derecha serán algo permanente? En Argentina los peronistas tienen buenas posibilidades de ganar las próximas elecciones. En Brasil, Bolsonaro tiene una retórica muy fuerte pero pésimos resultados. ¿Estamos frente a una nueva década neoliberal o frente a una nueva década de cambio político?

América Latina siempre estaba en la derecha. Por lo general, no contaba con gobiernos progresistas, sino con gobiernos de las élites. En ese sentido, creo que hay cambios en formas distintas. Cambios en lo que busca la ciudadanía. La gente está buscando otro tipo de liderazgo. La genta busca una horizontalidad que no buscaba antes. Eso no significa que vamos a un progresismo que se identifique con «más apertura». ¿Hay un repunte conservador? ¿Estamos viendo una resaca momentánea con el regreso de las derechas, pero el cambio, en realidad, no se detuvo? ¿El momento progresista de cuestionar el modelo fue solamente un paréntesis? Yo tiendo a pensar que el cambio continuará por la vía de las izquierdas. Pero los cambios no son inmediatos.

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Su movimiento tiene un enfoque en el tema del cambio climático. En Europa la lectura es que los partidos tradicionales no pusieron suficiente énfasis en eso y ahora la juventud tiene la impresión que estos partidos no son aptos para liderarles al futuro.

Creo que en América Latina estamos más atrasados en esta cuestión. Se habla mucho del cambio climático, pero todavía no hay una conciencia tan clara de que el cambio climático no tiene que ver con los hippies, con verdes que abrazan los árboles. No hay una conciencia clara de que tiene que ver con un estilo de vida completo, con el modelo económico. Hay un desacople del tema.

Podemos hablar también del tema de la corrupción. Los partidos políticos, las grandes empresas y, en general, toda nuestra élite, está corrupta. En el Frente Amplio nadie proviene de la élite. Tenemos esta ventaja. Pero creo que, todavía, la conversación chilena con respecto a la política está muy instalada por la pregunta sobre quién es corrupto y quién no. Tenemos todos los temas muy desacoplados. Hablamos de cambio climático, hablamos de escasez de agua, hablamos de precarización laboral, como si fueran temas separados, en lugar de verlos como aristas del modelo neoliberal extractivista en el que estamos.

¿Qué pasa con la cuestión sobre el rol del Estado y su fortalecimiento? ¿Qué se está discutiendo en Chile para que el Estado retome un mayor control sobre ciertos ámbitos económicos?

En Chile, la conversación sobre el rol del Estado sigue siendo tabú. La dictadura instaló la idea del achicamiento del Estado. Y eso tuvo, aunque con matices distintos según el signo político, una continuidad. Por eso, hoy se necesitan cambios muy grandes en Chile para reformar el Estado. Tenemos un Estado que es subsidiario. Por ser subsidiario, el Estado en no está autorizado para hacer cualquier negocio. El Estado solamente interviene cuando no hay interés privado. Eso está marcado por la propia Constitución. Entonces, el Estado tiene las manos atadas. Tampoco está dada la posibilidad de que el Estado crezca. El Estado está muy burocratizado. En definitiva, nadie quiere entrar en este debate. Una reforma del Estado demanda mucho tiempo. Hay que hacer una reforma constitucional. Nosotros creemos en eso.

El movimiento feminista ganó mucha fuerza en los últimos anos. Pero ahora parece concitar un gran rechazo por parte de fuerzas conservadoras que utilizan expresiones como la de «ideología de género». ¿Cómo ve la situación del feminismo actualmente en Chile y en América Latina?

En Chile y Argentina los movimientos feministas son muy fuertes. Cuando era candidata presidencial, dije que quería hacer un gobierno feminista. Hubo una reacción muy dura. Los medios internacionales lo destacaron mucho más que los nacionales. Lo importante era instalar este tema de un modo en el que nunca ha estado. Si bien el movimiento feminista sigue creciendo en Chile, también lo hacen los grupos de ultraderecha. De hecho, tenemos a nuestro propio Bolsonaro.

La marcha del último 8 de marzo fue histórica. Siempre nos dicen que el feminismo es algo secundario y menos importante, que los verdaderos problemas son la pobreza y la seguridad pública. Acusan al feminismo de ser algo menor, vinculado al mundo urbano y universitario. Sin embargo, cada vez se comprende más fuerte de que en Chile el feminismo tiene que ver con la crítica al modelo neoliberal. Las mujeres somos la llave perfecta para este modelo: lo hacemos andar gratis. Hoy, el feminismo crece porque comprendemos esto. No se produce solo un crecimiento entre la población urbana y universitaria, sino que emerge un feminismo campesino, un feminismo más poblacional, un feminismo de sindicatos. Ninguna siente que tiene que darle lecciones a la otra. Al principio, la extrema derecha intentó burlarse, pero la reacción contra ellos fue tan fuerte e inmediata que hoy están en silencio. Cuando el senador de la extrema derecha, José Antonio Kast, mostró una foto de la selección femenina de fútbol diciendo que esas son las mujeres que representan a Chile y no las «feministas que están siempre enojadas», hubo una reacción instantánea contra él de parte de las mismas futbolistas. Las integrantes del equipo de futbol le contestaron diciendo: «no nos use a nosotras. Todas somos feministas». Eso a mí me marca los éxitos que ha tenido la movilización feminista. La derecha ataca hoy a otros sectores, pero no al movimiento feminista. Entre otras cosas, porque este movimiento demuestra mucha fortaleza. Eso es distinto Exceptuando a Argentina (donde se ha avanzado en la lucha por la legalización del aborto), en el resto del continente no sucede lo mismo. Para Chile, el ejemplo de Argentina es formidable. Hasta 2017, en Chile éramos uno de los seis países del mundo que carecíamos de cualquier tipo de Ley del Aborto. Estaba prohibido en todas sus formas desde el último año de la dictadura de Pinochet.

¿Cómo analiza las relaciones geoestratégicas de América Latina en este momento? El gobierno de Trump realizó un giro bastante paternalista frente a América Latina. También vemos que Rusia y China están aumentando su presencia en la región. ¿Como se discute la relación con Europa? ¿Es algo ya del pasado?

Chile habla poco de sus relaciones internacionales. Se habla de las relaciones comerciales. El país reduce el debate sobre las relaciones internacionales a las cuestiones vinculadas a los tratados de libre comercio. Desde el Frente Amplio hicimos la propuesta de cambiar totalmente la mirada sobre este tema. Hay que volver a mirar a América Latina. Eso es lo primero y lo fundamental. La Unión Europea marcó una forma. Chile no es un país proactivo. Eso debe cambiar.

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