'Los Nuevos Ultramontanistas': ¿Por qué algunos católicos le temen al cambio?

¿Quiénes son los nuevos ultramontanistas? Al igual que en el siglo XIX, el movimiento es diverso, difícil de categorizar y susceptible de exagerar o de estereotipar. Texto de Brian Flanagan para el National Catholic Reporter.

"Cuando el Papa piensa, es Dios quien está pensando dentro de él".
-Louis Veuillot

"Me gustaría una nueva Bula Papal todas las mañanas junto con el Times en el desayuno".
-William George Ward

Estas dos citas parecen impactantes hoy y, de hecho, fueron impactantes para muchos en aquel, su propio tiempo; proceden de dos periodistas del siglo XIX, Louis Veuillot y William George Ward. Veuillot, Ward y otros estuvieron a la vanguardia de un movimiento teológico, cultural y político dentro de la Iglesia Católica Romana llamado "ultramontanismo".

El ultramontanismo miró más allá de los Alpes que separaban a Alemania, Francia, Irlanda e Inglaterra del Papa en Roma, promoviéndolo a él y a una teología particular del papado como un baluarte contra el racionalismo de la Ilustración y contra las fuerzas del cambio en el siglo XIX.

El movimiento ultramontanista fue diverso, descentralizado, juvenil y exitoso, alentado por el primer papa famoso, el Papa Pío IX, y culminando en las definiciones de la primacía papal y la infalibilidad del Primer Concilio Vaticano.

De hecho, podría decirse que el movimiento ultramontanista hizo o formó el papado moderno que conocemos hoy.

La mayoría de los católicos pueden reconocer al Papa inmediatamente; el Papa designa obispos para cada diócesis en el mundo; las encíclicas y otros documentos papales se publican con frecuencia y se leen ampliamente; y siete de los diez papas que comienzan con Pío IX han sido canonizados, beatificados o puestos en camino hacia la canonización --lo que convierte a Pío X, Juan XXIII, Juan Pablo II y, este otoño, a Pablo VI, en los papas más recientes desde que Pío V fue canonizado en 1712.

En una reciente lectura de ”Vaticano I: El Concilio y la Creación de la Iglesia Ultramontana”, el libro más reciente del historiador jesuita P. John O'Malley sobre el Vaticano I, incluyendo su estudio del movimiento ultramontanista en la Europa del siglo XIX, fueron sorprendentes los paralelos entre estos pensadores y autores ultramontanistas y los que yo llamaría los "nuevos ultramontanos/ultramontanistas" de hoy.

¿Quiénes son los nuevos ultramontanistas? Al igual que en el siglo XIX, el movimiento es diverso, difícil de categorizar y susceptible de exagerar o de estereotipar. Pero en la familia de pensadores de los conservadores católicos intelectuales como Ross Douthat y Matthew Schmitz, a las diatribas más ampulosas y parecidas a las de Veuillot de "rad-trads" y otras en el Twitter católico, uno puede ver algunos paralelos fascinantes entre el siglo XIX y los nuestros.

Primero, en ambos períodos fueron los periodistas quienes promovieron con la mayor energía y efectividad estos puntos de vista, en lugar de teólogos académicos o, incluso, al principio, la mayoría de los clérigos u obispos. Veuillot usó su revista L'Univers y William George Ward the Dublin Review; elprimero de ellos frecuentemente estaba a menudo en conflicto con el Arzobispo de París. También la revista La Civiltà Cattolica, ahora conocida por su amplio-centrismo, fue establecida por los jesuitas como un portavoz ultramontanista.

Los ultramontanos de hoy en día también difunden sus ideas no a través del púlpito o la academia, sino principalmente a través de First Things, The New York Times, y la blogósfera y el Twitter católicos. Tienen un alcance mucho más amplio de lo que la mayoría de la teología académica podrá algún día tener; y sin embargo, muchos teólogos criticarían la falta de educación teológica que a veces lleva a una comprensión simplista, subdesarrollada o simplemente errónea de la eclesiología o de la historia de la iglesia.

Para muchas voces en Twitter, su experiencia de la Iglesia Católica durante el largo pontificado de Juan Pablo II es lo que siempre fue la iglesia, y también lo que la iglesia siempre deberá ser. Y como las antiguas polémicas de L'Univers y La Civiltà Cattolica, el veneno o la crítica mordáz, incluso la violencia, dirigida a las instituciones y a los individuos delata una profunda falta de caridad cristiana "al servicio de la verdad".

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Un vitral en la iglesia de Saint-Melaine de Domalain en Domalain, Francia, representa la proclamación del dogma de la infalibilidad papal por el Papa Pío IX. (Wikimedia Commons / GO69)

También es similar la presencia de conversos al catolicismo romano en ambos tiempos y lugares. Algunos conversos, como Ward y Henry Manning (más tarde Cardenal Manning), vinieron a la Iglesia Católica Romana del Movimiento de Oxford en la Iglesia de Inglaterra; otros, como Veuillot, podrían mejor describirse como conversos de un bautismo infantil puramente mínimo o formal a una vida activa en la Iglesia Católica.

Del mismo modo, la prominencia de conversos como Ross Douthat y el P. Richard John Neuhaus entre los intelectuales conservadores católicos ofrece un paralelo interesante. Uno debe andar/pisar con cuidado aquí: nunca me atrevería a juzgar la sinceridad de la creencia de un compañero católico. Especialmente a través del servico prestado por el Rito de Iniciación Cristiana para Adultos, siempre me he regocijado con los nuevos católicos, no solo porque se estaban volviendo católicos, sino principalmente porque casi siempre es un momento bendecido de profundo crecimiento en su relación con Dios.

Pero así como la biografía de cualquier teólogo nos ayuda a entender quiénes son y por qué piensan lo que hacen, la presencia e importania pública de los nuevos católicos en los movimientos ultramontanos de entonces y de ahora plantea la pregunta: ¿qué de la Iglesia Católica --o qué particular comprensión de la Iglesia Católica-- los atrajo y ahora subyace en su cosmovisión?

Muchas voces en Twitter, como la de Veuillot, son "convertidas" de un catolicismo nominal o desganado de su juventud a un catolicismo visible y musculoso que va más alla del entusiasmo a los ataques abusivos o las órdenes para "arrepentirse y someterse al Papa", y lamentablemente reflejan algunos de los peores tópicos de masculinidad tóxica y la falta de caridad de otras áreas en las redes sociales.

Y eso me lleva a un tercer paralelo, donde parece que la etiqueta "ultramontanista" encuentra un mal ajuste. Los que yo he denominado los "nuevos ultramontanistas" no son particularmente fanáticos del Papa Francisco.

En piezas intelectualmente sofisticadas como editoriales en First Things o en el libro de Douthat ”To Change the Church: Pope Francis and the Future of Catholicism”, o en diatribas mucho menos informadas dirigidas a Francisco, cardenales u obispos como las propagadas regularmente por sitios web como LifeSiteNews? y Church Militant, las acciones y la enseñanza de Francisco se encuentran con inquietud, desacuerdo y, a veces, disidencia activa. El anuncio del 2 de agosto de la modificación del Catecismo de la Iglesia Católica para declarar la pena de muerte "inadmisible" provocó aún más un aullido de ruido anti-Francisco, especialmente entre los católicos estadounidenses cuyo apoyo político a la pena de muerte parece estar cada vez más en contradicción con la enseñanza autorizada.

Entonces, ¿cómo se puede describir esto como ultramontanismo? ¿No es el ultramontanismo antipapal una contradicción de términos?

El eslabón perdido que conecta los dos movimientos no es apoyo para un papado en particular, sino oposición al cambio. Leer el libro de O'Malley y retomar algunas de las fuentes principales, por un lado, manteniendo el Twitter abierto en mi computadora, por el otro, me ha hecho ver más claramente que, tanto en el siglo XIX como hoy, la posibilidad de que la iglesia cambie es el monstruo que se esconde debajo de la cama (o del banco de iglesia) para muchos de estos pensadores.

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Una ilustración inglesa de 1869 satiriza el debate sobre la infalibilidad papal durante el Primer Concilio Vaticano. (Biblioteca de Wellcome, Londres)

Que la iglesia cambie --el "pequeño secreto sucio" como lo llamó Garry Wills en la década de 1970 y como el padre jesuita Mark Massa lo revivió en su estudio sobre el catolicismo de la década de 1960-- sería una contradicción de términos tanto para Veuillot como para sus contemporáneos equivalentes. Esto quizás puede explicar algunos de los paralelos.

Cualquier teólogo o historiador de la iglesia sabe cuán a menudo y cuán radicalmente ha cambiado la iglesia en el pasado, conocimiento que algunas lecturas adicionales en teología podría beneficiar a la media rad-trad en Facebook.

El magistral tratado de John Noonan “ A Church Thata Can and Cannot Change: The Developmento of Catholic Moral Teching” es con seguridad el tratamiento más completo de cómo -en relación con la esclavitud, la usura y el matrimonio-- la doctrina sobre la moral de la iglesia ha cambiado, a veces radicalmente, en el pasado. Y para los conversos al catolicismo, para quienes el conservatismo y la estabilidad de la época de Juan Pablo II y de Benedicto XVI fueron el refugio al que huyeron de las convulsiones y el relativismo de los últimos cuarenta años, la actual experiencia de desarrollo eclesial, por menor o gradual que sea en los horizontes más amplios de la historia de la iglesia, será una prueba profunda de fe.

Pero si estoy en lo cierto y si el verdadero corazón del ultramontanismo, nuevo y antiguo, no es simplemente el papado, sino cómo entender la realidad histórica de la iglesia, entonces nos espera un viaje lleno de baches.

Aquellos de nosotros que pudimos haber pensado que el tema de la naturaleza histórica de la iglesia se resolvió en el Concilio Vaticano II, debemos ser alertados de nuestra complacencia para hablar y enseñar sobre el fenómeno del cambio eclesial. Y debemos recordar que fueron Veuillot y Ward quienes ganaron el día gracias a su hábil uso de los medios, no el Arzobispo de París o las élites teológicas que discutieron con ellos en las revistas teológicas.

El populismo juvenil del ultramontanismo anterior nos advierte contra la subvaloración de movimientos similares hoy en día, particularmente en relación con el mundo de agitación e incertidumbre que amenaza a muchos jóvenes católicos educados, endeudados y económicamente vulnerables.

Y, sin embargo, como famosamente escribió John Henry Newman: "Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado a menudo". Continuar compartiendo las buenas nuevas de la vida de la iglesia, una vida que implica el cambio, es una tarea adicional para los teólogos y los líderes de la iglesia en esta época de nuestra historia.

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