Más democracia es la mejor respuesta al populismo

Lo único que importa en el fondo es la defensa a ultranza de la democracia, afirman José Zepeda y Manuel Arias Maldonado, en la conversación publicada en el libro "Nostalgia del soberano".

"Nostalgia del soberano" (Editorial Catarata, abril del 2020) expresa la preocupación por el daño al estado liberal pluralista derivado de la reemergencia de una concepción absolutista de la soberanía, que actualiza el viejo concepto de la soberanía medieval como omnipotencia, como representación total del cuerpo político.

Ese peligro supone una regresión, una marcha atrás en un proceso que ha conocido la mediación del liberalismo político, como modelo imprescindible para el gobierno de sociedades plurales.

José Zepeda: Lo hemos visto aquí y allá, en lectura negativa, durante crisis severas: la pulsión humana sobresaliente es la del súbdito, no la del ser libre. “Yo quiero que venga una mamá, un papá, a poner orden”. El hombre fuerte. Sucede con las crisis económicas, con los emigrantes, con el coronavirus.

La pandemia que padecemos hoy se vincula a riesgos existenciales y aunque la tasa de mortandad se muestra menor de la inicialmente temida, es normal que en una situación como esta el recurso al Estado sea imperativo. Es una reacción atávica.

La crisis de lo político tiene diversas explicaciones, una de ellas es la escasez de vocación política, de solvencia intelectual y voluntad de servicio público. Pero hay excepciones. Ángela Merkel supera -no es muy difícil- el promedio de la mayoría de los actuales políticos. La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, es la política más popular en cien años en su país. Lo mismo puede decirse de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin.

Quiero decir es que en este caso se dan dos circunstancias decisivas: son mujeres e implementan políticas que cuentan con importante respaldo social. Es decir, junto a la democracia, a la angustia sobre el futuro, al miedo sobre la vida y el temor a los otros, hay voluntades capaces de armonizar seguridad y convivencia sin caer en patologías democráticas.

Manuel Arias: Por una parte, no soy partidario de las lecturas de género. Me parece que la cultura política y el talento personal son más determinantes que el sexo, porque también ha habido dirigentes varones que han gestionado bien la pandemia como los de Portugal o Grecia. La primera ministra belga no ha salido muy bien parada. En consecuencia, me parecen comparaciones un tanto frágiles.

Usted ha mencionado a lideresas dotadas de una notable capacidad y con un carisma para transmitir esa idoneidad a sus ciudadanos. La confianza que despierta Ángela Merkel, por ejemplo, tiene poco parangón en Europa. Por lo demás es interesante acotar que no tiene nada que ver con la verbosidad o la disposición al público. Ella solo ha dado una entrevista y un llamado de catorce minutos a la población al comienzo de la crisis. Podríamos considerar que la autoridad gana con la concisión frente a políticos más verbosos que intentan ocupar el espacio mediáticamente.

Dicho esto, la calidad de las élites es motivo de preocupación. Creo que el deterioro se refleja con más claridad en unos países que en otros y de nuevo aquí, la cultura política tiene mucho que ver. No solo ella, también la cultura societal, de respeto a la competencia y la capacidad para evitar mirarlo todo con sesgo partidista y ver al experto como lo que es, y no como representante de un sector, etc. Por eso el contraste en el desarrollo de la crisis en España y Alemania es llamativo. Creo que somos más latinos que europeos en ese sentido.

En sistemas presidencialistas como el norteamericano es más difícil evitar que el líder -que es una celebrity que quizá carece de las competencias adecuadas- llegue al poder. Lo mismo se ha visto en Francia en dónde una figura como Marie LePen? puede alcanzar la última vuelta con Emmanuel Macron, un político muy competente intelectualmente, al margen de que guste más o menos lo que propone. Son consecuencias de un sistema que apela directamente al votante. En el régimen parlamentario este riesgo es menor.

Con la aparición de las redes sociales se manifiesta con meridiana claridad que la política de la imagen es más importante que nunca. Se puede construir un personaje verosímil, capaz de hechizar a los ciudadanos, particularmente en períodos de crisis, en los que el estilo populista genera grandes rendimientos, sin que detrás exista una especial capacidad política en el sentido clásico de la virtud republicana.

Creo que en cierto modo estamos en manos de la opinión pública, es decir, la democracia liberal, en ambos sustantivos que la constituyen, implica una cierta vulgarización. Es inevitable esta fase de las sociedades humanas, porque se abren a la opinión pública en su sentido más amplio. Y aquí será la calidad de la esfera pública, la independencia de los medios de comunicación, las que marquen la tendencia en cada país.

No hay una solución sencilla para esto porque los partidos políticos facilitan lo que se llama la selección negativa de las élites. Sube el que está más tiempo, el que tiene menos escrúpulos. No el más capaz, que, por lo general, sale derrotado de la experiencia y se marcha al sector privado o al académico.

JZ. Hablemos del populismo. Pareciera que los déficit democráticos crean vasos comunicantes entre la fragilidad libertaria y el crecimiento del populismo y del nacionalismo, como si la bandera de la soberanía popular fuese siempre la existencia real o figurada de un pueblo virtuoso y una élite corrupta e incapaz. Da la impresión de que al déficit democrático lo acompaña una crítica que tiene cuotas de verdad que fortalece al populismo y en menor medida al nacionalismo.

MA. Se trata de un tema complejo, porque hay diversas formas de expresión de esta corriente, en forma de partidos, movimientos, discursos. Por lo demás hay un estilo populista que puede ser adoptado por partidos que en principio no lo son. El propio nacionalismo catalán puede definirse, en su deriva independentista, como un nacionalpopulismo. La coincidencia temporal de esa crisis no es ni mucho menos una casualidad.

El encanto del populismo, su capacidad de atracción es grande porque narra un cuento atractivo para el ciudadano: “La culpa es de los malos y nosotros somos los buenos”. Electoralmente la sentencia no puede ser más rentable.
Por otra parte, el populismo enarbola la ideología de la democracia. Es el discurso de la democracia para legitimarse a sí misma como forma preferible de gobierno. Qué dice la democracia: “gobierna el pueblo”. “La democracia es el gobierno del pueblo” Es casi un eslogan, porque llevarlo a la práctica tiene una complejidad obvia. El propio Benjamin Constant ya hizo la crítica a Jean-Jaques Rousseau en estos términos, si el pueblo es soberano no puede gobernarse a sí mismo porque es una entidad que necesita de representantes para ejercer la soberanía.

Lo que dice el populismo es que esta promesa del gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no se ha cumplido nunca, porque el pueblo no gobierna. Es una apelación muy atractiva y es verdad, pero es que el pueblo no puede gobernar en sentido literal. Hay que crear una serie de mecanismos que permitan algo parecido al gobierno del pueblo, y esa es la democracia liberal representativa. Por ejemplo, cuando el populismo dice, es que los presidentes de los bancos centrales no son nombrados por el pueblo. Tienen razón. Pero es que hemos aprendido que es bueno que así sea. Hemos aprendido que un presidente que va a elecciones no puede decirle a la autoridad del banco central que tiene que hacer, porque es malo para el equilibrio macroeconómico.

El conjunto de filtros, garantías, como asimismo los mecanismos de control por sí mismos no garantizan que no haya crisis, que no haya desigualdad, que no haya problemas. Eso es imposible.

Ante toda esa complejidad llega el relato de que la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo y ustedes lo han traicionado. Algo muy seductor. ¿Elimina esto elementos de verdad que pueda haber en parte de la crítica populista? Evidentemente, no. El problema es que el populismo ofrece una crítica diagnóstico, que puede ser válida en algunos aspectos, pero por la vía de las soluciones no ofrece nada demasiado interesante e incluso plantea soluciones que pueden ser contraproducentes. Este es un mal que nos aqueja casi a todos, somos más capaces de describir críticamente la realidad que de ofrecer remedios para los males que la enferman.

JZ. Los impacientes, que son muchos, dicen: “El gradualismo solo nos encamina hacia el desastre, quizá un acontecimiento fulgurante logre redimirnos”. Creo que hay en esta idea radical una conexión directa – dicho sin ironía- con una visión mágica de la vida. La varita mágica violenta o pacífica resolverá de una vez por todas las miserias de la existencia. En ese sentido ¿somos aun del paleolítico?

No sé del paleolítico, pero sí de la concepción religiosa del tiempo. Piénsese en el tiempo mesiánico, en el que llega una hondonada, el Kairós, que nos permite vivir de otra manera. Es una constante en la historia de las culturas; la idea del paraíso, la de la segunda llegada, son todas manifestaciones de esta creencia mágica, que, en su forma ideológica política, en el siglo XIX, encarna principalmente la revolución. Una revolución que puede ser iniciada voluntariamente por los sectores políticos o que puede ser propiciada por un acontecimiento exterior. De ahí que la crisis de la Covid-19 sea entendida, por algunos comentaristas, como ¡Ya está! Podemos a vivir de otra manera. Se trata de una simple manifestación del deseo de liberarnos de las incomodidades e imperfecciones de la existencia. Pero ni a nivel individual ni colectivo es posible. Pero la promesa vana nos atrae.

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Berlin grafitti, Abril 2020. | Jan Scheunert/PA. All rights reserved.

Una referencia más a la tentación revolucionaria. Todos los atajos en la historia han conducido a las peores pesadillas. De acuerdo. Pero ¿no habría que diferenciar entre objetivo y camino. ¿Sigue siendo válido el principio de transformación del mundo, si este destino se lleva a cabo mediante reformas democráticas?

MA. En Nostalgia del soberano cito a Odo Marquard que dice que quizá lo que toca a nuestro mundo no es transformarlo sino conservarlo, porque los intentos por transformarlo han sido muy dañinos para mucha gente allí donde se ha cogido el atajo revolucionario. Por supuesto que el camino que queda es el de la reforma democrática.

Lo que pasa es que el gradualismo no solo es un medio, también refleja un valor y ese es el pluralismo. El hecho de que no todos estamos de acuerdo a dónde llegar. En uno de sus últimos libros Francis Fukuyama admitía que algo así como que Dinamarca es la sociedad liberal ideal. Pero no todos quisieran vivir en Dinamarca.

Hay quienes desean una sociedad más orgánica, una comunidad nacional distinta, más identitaria, otros son anarquistas. Ponernos todos de acuerdo es muy difícil. Es un proceso que lleva tiempo, exige negociaciones, compromisos. Las sociedades tienden al estatismo, porque quienes están bien instalados no quieren cambiar. De allí que la mudanza social sea difícil y por eso se producen, a veces, erupciones violentas, o pacíficas con ciertos elementos agresivos, como vemos ahora el enésimo retorno de la protesta antirracista en Estados Unidos, que pueden efectos positivos.

Pensemos en #MeeToo?, criticable por la ausencia de garantías a las que se enfrenta, pero, claro, es inevitable que estos movimientos sean así, que lleguen, que se lleven a varios por delante y que después se moderan. En el camino se generan heridas ineludibles. Entonces, la historia se da un poco a trompicones, en la que no todo puede canalizarse mediante el gradualismo democrático, con lo que a veces no queda más remedio que hacer lo que hay que hacer, al menos en términos legislativos, para evitar esencialmente, como ha pasado en Estados Unidos, que a la presidencia de Barak Obama siga la de Donald Trump. Se requiere evitar que estemos haciendo cosas y deshaciéndolas. Por eso es indispensable respetar el pluralismo.

Un último matiz, no todas las sociedades pueden permitirse el ritmo reformista. Hablamos aquí de sociedades democráticas, consolidadas. En muchas otras lo que existe es un régimen semidemocrático en donde puede que se precise una acción pacífica más contundente para propiciar los cambios.

A propósito del pluralismo, que es una de las principales bases de la democracia. Y al mismo tiempo es siempre fuente de discordia y de confrontación. Curioso.

Curioso y lógico. El pluralismo ¿es un bien o es un mal? Las opiniones de los pensadores están divididas. El propio Thomas Hobbes hablaba en esos términos, el pluralismo crea la discordia, el desacuerdo, crea una retahíla de opiniones que dificulta el gobierno. Pero, debemos dar un paso atrás. El pluralismo no es ni un mal ni un bien. Es un hecho sociológico.

No podemos atacarlo con recursos políticos destinados a asfixiarlo mediante -como ha sucedido en Cataluña- concepciones identitarias, nacionalistas, que pueden tener un relativo éxito silenciando a una parte de la sociedad civil. Ello solo es factible con medios a tu servicio, con poder. Puedes hacerlo, aunque no sea democrático llevarlo a cabo.

La dificultad estriba en llegar a acuerdos colectivos con respeto al pluralismo. ¿Cuál es el obstáculo? Y para esto no hay solución, la competencia partidista. Los partidos hipertrofian determinadas identidades políticas, estimulan el tribalismo moral. El conflicto entre esas identidades hace muy difícil el camino del consenso.

Ahora que tenemos redes sociales y la campaña electoral es permanente se agravan las dificultades. No podemos eliminar la competición entre los partidos porque nos quedamos sin democracia. Es un círculo vicioso que, probablemente -dicho irónicamente- en sociedades menos consensuadas, sea factible hacer reformas significativas a través de la catástrofe. Es decir, la crisis económica, la debacle sanitaria, etc. Enfrentados a una realidad insoportable no hay más remedio que hacer aquello que no hay más remedio que hacer. Esto es triste, pero me parece que estamos en esa dinámica.

JZ. Si hay algo que acompaña al hombre desde los tiempos de las cavernas es la fantasía. Primero como expresión religiosa y a la vez como fuente de inspiración artística. Hoy la fantasía asume, aquí y allá, un papel central en política.

Para el fantaseador, la fantasía es una realidad psíquica. Así, es tan real como la realidad. Si esto es así, parece muy difícil sino imposible que cambie de opinión. Lo que conduce a consecuencias que pueden ser trágicas. Trump puede ser reelegido. Bolsonaro puede contar con un porcentaje importante de brasileños que creen todo lo que dice su presidente. Los populistas pueden esperar crecer de forma exponencial si se prolongan las crisis.

MA. Voy a agregar otro ejemplo a la lista. En España somos uno de los primeros países en número de muertes por la Covid-19 por cien mil habitantes. Hay muchos ciudadanos que han comprado una camiseta con la cara del director del centro de epidemias, el doctor Fernando Simón, quien dijo, por allá por el mes de febrero, que en España habría como mucho una docena de casos.

Es una fantasía también, la del experto, que lo ha hecho mal, pero como es de los nuestros, creemos que lo ha hecho bien. Lo digo para no circunscribir el problema de la posverdad y la fantasía a los líderes populistas de derecha. La matización es conveniente porque hoy casi todos los gobiernos utilizan estos recursos, en mayor o menor medida.

La fantasía se relaciona con el pluralismo porque si algo hemos comprendido en los últimos años, leyendo a psicólogos, psiquiatras, es que, en buena medida, habitamos mundos paralelos en los que la percepción está condicionada por las creencias. Entre esas creencias se encuentra la fantasía que integramos a nuestra realidad. Por eso, el nacionalista radical vive de la fantasía de un pueblo puro que no ha sido contaminado por otras colectividades y cree poder conformar una comunidad basándose en esa identidad incontaminada. También está la fantasía anticapitalista que cree que podemos ir hacia una sociedad sin clases y recuperar el ideal comunista.

Conciliar o aunar esas concepciones divergentes que defienden fantasías incompatibles entre sí, es el problema del pluralismo.

¿Qué remedio tiene esta discordancia? Solo uno y depende de los actores políticos y sociales. Se trata de mantener en pie el edificio institucional de la democracia representativa. Es lo esencial de las reglas, los procedimientos, de los organismos independientes, porque sin ellos estamos perdidos. Por eso decisivo impedir la deriva iliberal hacia regímenes híbridos, no del todo democráticos. De ahí que sea recomendable evitar que los dirigentes y sus partidos colonicen las instituciones, hace falta una prensa que denuncie esos abusos, hacen falta organizaciones cívicas y sociales que denuncien y protesten, con el respaldo y la acción de una ciudadanía dispuesta a hacerlo.

JZ. Nostalgia del soberano es un libro plagado de aforismos. El primero que llama la atención es el que dice “¿Hay algo peor que no tener futuro?” Y, sin embargo, pareciera que vivimos en un presente continuo.

MA. Sí. Esa es también la tesis de Hans Gumbrecht, que habla de un presente extendido. Hemos dejado de creer en el futuro como un lugar de bienaventuranza. Creo que esta falta de fe en el futuro tiene un elemento positivo y es que abandonamos, aunque sea por la vía del desencanto, la creencia infantil en el mañana pleno y perfecto. Un lugar en donde desaparecen los conflictos. Esto no es factible y está bien saberlo. Es como representarse a Dios con una barba blanca subido a una nube. El problema es cuando se sustituye esta creencia por la desesperanza. Por una concepción nihilista del futuro, de acuerdo con la cual éste no existe. Eso tampoco el del todo exacto.

Por supuesto la humanidad, a larguísimo plazo, no tiene futuro. Es que un día el sol se apagará, y pese a todo seguimos almorzando como decía un personaje en Calígula, de Albert Camus.

Lo bueno ahora, a pesar del desencanto, es aproximarse a una concepción madura del progreso, porque lo hay. Lo que pasa es que es imperfecto, sincopado, registra marchas atrás. Quiero hablar de esto en mi próximo libro, avanzar hacia una ilustración pesimista, que no sea ingenua, consciente de que vienen dificultades por el camino, pero que podemos enfrentarlas con cierta confianza.

JZ. Otro aforismo: “El populismo habitación del pánico para los privados de futuro” ¿Quién robó el futuro?

MA. Nos lo robamos nosotros mismos, creyéndonos dotados de la varita mágica de diseñarlo prêt-à-porter, a nuestra medida. Tuvimos excesiva confianza en esa capacidad. Incluso podríamos decir que el idealismo político entra en una fase triunfal después de la caída del Muro. Y la última utopía liberal, al estilo Dinamarca, como dijimos, se ve refrenada por una crisis económica de proporciones en el 2008.

JZ. Último aforismo: “Jamás fuimos dueños de la historia” ¿Y si la realidad fuese menos fatalista culturalmente? El Estado de bienestar al final de la gran guerra es historia en manos de sus creadores. El triunfo sobre la dictadura de Pinochet y los posteriores gobiernos democráticos. Lo mismo puede decirse de la transición española. Es verdad que la distopía estaba siempre al acecho, pero nada le quita a los protagonistas su capacidad para guiar el barco de la historia. ¿O es demasiada apología de mi parte?

MA. Estoy de acuerdo con usted. Por eso digo que los logros son tangibles y es importante subrayarlos. Lo que me parece es que hay diferenciar entre la capacidad para generar distracción -como decía Emmanuel Kant en su famoso opúsculo, y el don hiper-racionalista para diseñar futuros perfectos.

Eso que usted señala es lo que hay que destacar frente a quienes operan con la lógica binaria de todo o nada. Si algo está mal todo está mal. Mire usted, no es así. La modernización tiene una virtud, y es que crea un patrón al que pueden ajustarse distintas sociedades.

JZ. A propósito, hay gente que dice que vamos a salir muy ennoblecidos de este drama. Y sin embargo -no puedo impedir ceder a la tentación- deseo dar una opinión: No creo en absoluto que vaya a ser así. Porque tengo la certeza que el miedo es siempre transitorio, y superado regresa la condición humana.

MA. Tiene razón. La crisis no va a cambiar nada. Habrá cierto reforzamiento de los vínculos familiares temporalmente, una cierta resoberanización nacional, pero una vez que la crisis sea historia, por una vacuna o el virus se marche, la condición humana prevalece.

JZ. ¿Puedo resumir Nostalgia del soberano diciendo que esto lo escribió el profesor Manuel Antonio Maldonado para después del análisis histórico y sociopolítico, y que lo único que importa en el fondo es la defensa a ultranza de la democracia?

MAM. Es un buen resumen. Estoy de acuerdo conmigo mismo.

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