Misionero en Haití: entrevista con el padre Rogério Mosimann

En una entrevista especial del portal Jesuitas Brasil, el padre Rogério Mosimann, S.J. habla sobre cómo se volvió misionero lejos de su país, su misión en Haití. Resalta como el ser misionero va más allá de las frontera y se esta acompañado de la experiencia de una Comunión profunda.

Con más de 32 años dedicados a la Compañía de Jesús, el padre Rogério Mosimann da Silva se encuentra de misión en Haití desde hace un año. En una entrevista especial para el portal Jesuitas Brasil, resalta que “ser misionero más allá de las fronteras, sumergido en otra cultura, viene acompañado de la experiencia de una Comunión muy profunda”. Sin embargo, aunque está geográficamente lejos, dice sentirse muy cercano y unido a Brasil, a la familia, a tanta gente amiga, a los compañeros jesuitas y al camino de la nueva Provincia de Brasil. “Estoy inmensamente agradecido por todo lo que tengo, por el gran cariño dedicado no solo a mi, sino al pueblo haitiano y por las oraciones”.

¿Hace cuanto está en Haití? Y ¿cómo se volvió misionero en este país?

Hasta hace poco, nunca había pensado ir a Haití, actuar en otro país. Sin embargo, un día conversando con un compañero jesuita, quien en esa época era responsable del apostolado social de la Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe, contó que acababa de visitar Haití y que quedó muy impactado con la dura realidad del pueblo haitiano. Comentó entonces que nosotros los jesuitas, especialmente en nuestro continente, deberíamos mirar con más atención hacia Haití, disponiéndonos no sólo con una contribución financiera sino también colaborando a través del envío de personas. Esas palabras resonaron en mi y a partir de ese momento, ese llamado pasó a habitar mi corazón. Esta conversación fue a finales de 2009. Un mes después, fue el gran terremoto de enero de 2010. Cuando escuché la noticia, la viví como la confirmación de ese llamado. Después de esa primera semilla, fue necesario disponer de un fructífero tiempo de espera. Pasaron cinco años hasta que recibí la destinación del padre provincial, tiempo de maduración y de discernimiento, periodo necesario para terminar los estudios que venía realizando y para cumplir con la misión que había recibido antes de la de Haití, lugar donde desembarqué el 28 de abril de 2015. La previsión es que permanezca en el país “tres años, renovables por otros tres”.

Así, por la forma en que todo se dio, no puedo dudar que esto es algo de Dios en mi vida y veo ese proceso vivido, como una fuerte señal de que es el Señor quien me está llamando. Y es eso lo que da una especie de tranquilidad, de confianza para seguir adelante, porque estoy seguro de que no se trata de una invención mía, de un simple sueño personal, ya que mi viaje a Haití brota de esa experiencia espiritual, que entiendo como iniciativa divina; acción de Gracia que trabaja en y por medio de nuestra fragilidad humana y de mi debilidad personal; un profundo sentido de Gratitud ante la ausencia de poder, ante el margen de intervención que se muestra tan limitado ante la dura realidad y echa por tierra cualquier pretensión de omnipotencia.

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Fotografía: Flickr - Dani Villanueva. Licencia Creative Cominos.

Un sentido de relatividad de las cosas creadas –de tanta cosa que de hecho no necesitamos-, y de lo absoluto de Dios. Y cuando miramos alrededor, vemos realmente mucha diferencia, vemos cómo corremos detrás de tanta banalidad, tantos señuelos vacíos, imperando tantas veces la pauta de la élite, de quien está completamente ajeno al mundo de los Pobres… De esta manera, voy vivenciando mi experiencia internacional, que coincide con la de la universalidad de la Compañía de Jesús. Pero lo vivencio desde la periferia, el reverso, desde el lado contrario de la globalización; en línea con lo que enseñaba el maestro Pe. Juan Batista Libânio acerca de la doble modernidad: la rica y la pobre, una derivada de la otra.

“[…]por la forma en que todo se dio, no puedo dudar que esto es algo de Dios en mi vida y veo ese proceso vivido como una fuerte señal de que es el Señor quien me está llamando”

Esta misión también corresponde a la necesidad apostólica del país, y es al mismo tiempo una prioridad de la CPAL (Conferencia de los Provinciales Jesuitas de América Latina), por lo tanto, de la Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe. Y claro, se trata de una misión recibida desde la Compañía de Jesús por medio del provincial. Sabemos que no tenemos gente de sobra en nuestro país, sobre todo en este contexto de transición hacia la nueva Provincia de los Jesuitas de Brasil, y por eso, me consuela mucho nuestra capacidad de dar desde nuestra pobreza, para el beneficio de otras regiones aún más necesitadas. Es bonito saber que no se va de forma solitaria, sino conducido, y de cierta forma, en nombre de tanta gente que no está físicamente en Haití, pero que me acompaña en esta misión.

A quien se preocupa por mi debo decir: estoy bien. Físicamente saludable y en el plano espiritual, especialmente consolado, contento, confirmado por el Señor en la misión que me da en este momento. Eso no contempla ingenuidad, pues los percances igualmente se interponen. Sin embargo, cuando a veces nos invade aquella especie de Alegría interior, en medio de desafíos y dificultades, sin que esto signifique masoquismo o problemas con la autoestima, sabemos que se trata de algo que está por encima de nosotros, que es acción de Quien, de modo invisible, nos está guiando.

¿Cómo es su misión en Haití?

Como dije anteriormente, estoy en Haití apenas hace un año. Por eso mi misión en estos primeros tiempos es, inevitablemente y antes de todo, sumergirme en la cultura del país, comprender sus dinámicas, establecer relación con las personas y grupos. ¡Y tanto que hay por aprender! Así que voy viviendo mi experiencia de extranjero blanco en un país negro, ministro católico en esta nación también en gran parte católica, pero igualmente marcada por la religión vudú. Es necesario ir aprendiendo cada día a renunciar a los juicios previos, prejuicios en sí, para acoger un horizonte diverso, otra sensibilidad, otras costumbres, una manera diferente de enfocar el conocimiento, de vivenciar los valores, etc.

La cuestión del vudú es típica: una religión de origen afro, que impregna el alma del pueblo y la identidad nacional (la explosión de la rebelión negra fue concretada durante una ceremonia vudú en Bwa Kayman), pero que ya fue condenada oficialmente, relegada a la proscripción y, aún hoy, es frecuentemente vista con desconfianza por la propia Iglesia, como si fuera una mera superstición que hay que combatir.

Yo no vine a Haití para juzgar… No es que no haya retos. Las contradicciones de la sociedad haitiana comparten los desafíos propios de toda convivencia humana.

La iglesia también. Se está haciendo mucho bien, innumerables iniciativas bonitas. Pero usualmente dispersas, desarticuladas entre sí. Y a veces me pregunto: ¿estamos sabiendo leer las señales de los tiempos? ¿Estamos a la altura de nuestra época y lugar? ¿Tenemos debidamente en cuenta el contexto en el que estamos inmersos? ¿Optamos suficientemente por el acercamiento con el pueblo que sufre, lo acompañamos en su proceso y fomentamos su protagonismo?

Si, la realidad se presenta en un punto tan dura que se comprende la tendencia a desviar la mirada, a no encarar, a no mirar de frente. Quien viene de afuera no puede querer forzarse a dar este paso. Sin embargo, el riesgo, o el precio que se paga, es la repetición continua de lo mismo, la situación de opresión que se perpetua indefinidamente; la tentación es preferir las cebollas de Egipto, optar por no arriesgar la exigente y compleja travesía.

Es fundamental aprender la lengua: sí, el francés, pero sobretodo el Kreyòl, la lengua popular haitiana, el idioma de toda la gente, el que el pueblo simple habla. Una lengua bonita, muy plástica y poética, que realmente me encanta. En Kreyòl, por ejemplo, no se utiliza la forma abstracta “contento” y si “kè kontan”, “corazón contento”. De esta forma, Fe y alegría, nombre de la red de escuelas de educación popular, es entonces en Kreyòl: “Fwa ak Kè Kontan”. No se refieren meramente a “Dios”, pues es siempre “buen Dios”; no se invoca sin más la Bendición, sino que se pide “se pou Bondye beni nou byen beni”, que significa “que el Buen Dios nos bendiga bien bendecidos”. O sea, es la manera misma en la que Dios actúa: hacer todo siempre bien y hacer el Bien, poner todo de Si, toda su Bondad, para el Bien de las personas (de las personas Pobres, particularmente).

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Fotografía: Flickr - Dani Villanueva. Licencia Creative Cominos.

Y existen los refranes y proverbios que pueblan los tap-taps (pequeñas camionetas de transporte urbano), campo vastísimo para la reflexión antropológica y teológica: “chita pa bay”, algo así como “no va parado” y que, literalmente, quiere decir “no se puede ir sentado”); “men anpil chay pa lou”, un equivalente a la idea y la práctica de la minga: “con muchas manos, la carga no es pesada”; y esta perla de sabiduría popular incrustada en el lenguaje, “yon sèl dwèt pa manje kalalou”, que significa “un dedo solo no logra comerse el quimbombó”.

“ […] mi principal misión, recibida desde la Compañía de Jesús, a través mediación del provincial, es la de colaborar en la espiritualidad ignaciana”

Junto con este esfuerzo de inculturación, mi misión principal, recibida desde la Compañía de Jesús, a través de la mediación del provincial, es la de colaborar en la espiritualidad ignaciana. Hago parte de un pequeño equipo, actualmente compuesto por apenas 3 jesuitas, responsable por ese apostolado en Haití. Es allí que colaboro de manera más directa, con retiros ignacianos en sus diferentes modalidades, algún curso, acompañamiento espiritual y actividades relativas. Se llama centro Manresa de espiritualidad ignaciana de Haití, comenzó oficialmente el 23 de enero de 2016, con una conferencia del Pe. Godefroy Midy, un experimentado jesuita haitiano que trató el relevante tema ¿Qué es la espiritualidad hoy para Haití?

¿Cómo es el contexto social de la región?

Sobre Brasil se dice usualmente que es “el país del carnaval y del fútbol” y aunque esa imagen se refleje un poco, sabemos que eso no representa realmente lo que es nuestro país. De la misma forma existe ese estereotipo en relación a Haití: país caracterizado por la miseria (el país más pobre de las Américas) y ahora, por el terrible terremoto del 12 de enero de 2010. Claro que no hay que negar que esos hechos hacen parte de la realidad del país y lo marcan profundamente. Sin embargo, Haití es mucho más que eso y está lejos de restringirse a esos datos del sentido común que, traicioneramente, pueden inducirnos a propagar las adversidades del país, distrayéndonos con ellas, de forma que no vemos los valores reales de este pueblo. No hay por qué concentrar la atención en lo negativo. El llamado es a adoptar una actitud positiva, de acogida, de valorar a la sociedad haitiana, su historia, sus luchas y victorias, su fuerza de seguir siempre adelante.

Eso no evita que escuchemos una señora, como tantas, llevando cargas pesadas sobre su cabeza diciendo: “Lavi a di anpil”, en español: “la vida es muy dura”. Esto también se refleja en los innumerables orfanatos donde conviven niños huérfanos y otros quienes fueron dejados allí por sus padres, vislumbrando en ese lugar un camino para escapar del círculo de penosas necesidades. Los rostros tan concretos del hambre en cada esquina, fenómeno tan diseminado, generalizado. Gente que nos mira, nos pide; el hecho mismo de su existencia nos interpela: ¿por qué usted puede comer y en cambio mis niños y yo tenemos que ir a dormir hoy, una vez más, con el estómago vacío? Ante esos rostros y nombres, honestamente, no encontramos respuesta...

Es en este horizonte que se deben identificar las enormes dificultades y privaciones, la real precariedad en la que el país se ve inmerso: la fragilidad de la economía, la permanente crisis política, la infraestructura que es mínima y la ausencia casi total del Estado en términos de salud, educación, transporte, seguridad, saneamiento, asistencia social y en todos los demás sectores de la vida social.

Entonces nos sorprendemos con el sentido de dignidad de este pueblo: el orgullo por su país y su historia a pesar de todo; la ropa de domingo, los niños con sus trencitas en los cabellos y la juventud impecable en sus uniformes escolares.

¿Qué características del pueblo haitiano resaltaría?

Personalmente, siempre me llamó la atención la alegría del pueblo haitiano, que se manifiesta en el día a día, en medio de la lucha cotidiana por sobrevivir a tanto sufrimiento. Así surge alegría de resistencia, como un buen nombre para designar esa actitud.

Admiro igualmente el espíritu de acogida de la gente haitiana, lo he vivido personalmente. Hay toda una tradición cultural: la música, la danza, las artesanías. A pesar de ser un país devastado, desde los primeros tiempos de la invasión colonial, para la implantación del monocultivo azucarero; existe una naturaleza con lugares de gran belleza. Hay una enorme capacidad de improvisación, la gran y bonita creatividad de los pobres.

“Personalmente, siempre me llamó la atención la alegría del pueblo haitiano, que se manifiesta en el día a día […]”

También la dimensión histórica: Haití es el primer país en proclamar, al mismo tiempo, la independencia del poder colonial y el fin de la esclavitud. Eso en 1804, casi 20 años antes del grito de Ipiranga y 84 años antes de la abolición de la esclavitud en Brasil. Sin embargo, el país pagó caro por su osadía: las potencias colonizadoras impusieron embargos e indemnizaciones; de forma que existen todos esos terremotos históricos.

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Fotografía: Flickr - Dani Villanueva. Licencia Creative Cominos.

El temblor geológico solo agravó esa herencia injustamente impuesta desde los orígenes de la nación haitiana. Lo peor es que, hasta el día de hoy, las potencias colonizadoras nunca se arrepintieron, nunca reconocieron, ni asumieron, ni repararon el mal cometido, nunca se disculparon y siguen demostrando que no están dispuestos a mover un dedo en esa dirección. En una visita a Haití en 2015, el presidente francés declaró no reconocer la deuda de su país (la indemnización cobrada por los perjuicios causados por la declaración de independencia y la abolición de la esclavitud) que durante todo el siglo XIX y hasta mitad del siglo XX siguió inviabilizando el desarrollo de la joven nación. Es verdad que también existen ambigüedades: los líderes negros revolucionarios se dividieron, a veces cedieron a la tentación del lujo de las cortes imperiales y se transformaron en una élite que, inclusive, usó esclavos.

En Puerto Príncipe, la capital del país, los tap-tap (transporte popular) son coloridos y llaman la atención. ¿Cuáles son las consecuencias de esos hechos en el día a día haitiano?

La vida no garantizada diariamente y la inseguridad, generan consecuencias: en ocasiones eso afecta la salud mental y para mucha gente se vuelve extremadamente difícil atravesar esa situación; por ello, sucumben o a la depresión o a un sinsabor, una desesperanza, una falta total de perspectivas. Pienso que por eso, se oscila entre una autoestima personal y un sentimiento difuso e interiorizado de que para el país no hay solución, que Haití no tiene arreglo. Es por esa brecha que penetra la pseudo solución de irse del país, y con ello la renuncia a construir un proyecto histórico autónomo.

Paradójicamente, porque yo vengo de afuera, pienso que hay demasiados extranjeros en Haití: las tropas de la ONU, ONGs, y la así llamada (mal y eufemísticamente) comunidad internacional… Gente y grupos que muchas veces no favorecen la soberanía y que terminan, una vez más, culpando a las propias víctimas.

Hay una mezcla de buenas intenciones mal enfocadas y mal administradas, con intereses mezquinos y la manipulación de la miseria de Haití, aprovechada por algunos como una oportunidad para obtener lucro y otros beneficios para si mismos. En un pequeño texto titulado Haití, país ocupado, Eduardo Galeano nos legó un fino análisis de esas vicisitudes.

Si entramos en una perspectiva comparativa, la tradición brasilera del “jeitinho” es lo que sobresale en Haití. En tierras haitianas no hubo acuerdos, no se hicieron contemporizaciones. Por el contrario, a la brutal violencia colonizadora y esclavista, la población negra pisoteada respondió con una guerra revolucionario-libertadora, una guerra sin prisioneros, pero con un inmenso número de haitianos muertos y también franceses; aquellos que no lograron huir, dejaron por las montañas y caminos sus cadáveres.

En ese sentido, me parece que se forjó una matriz de violencia que permanece activa en la cultura del país como propuesta de resolución de conflictos. Esto se expresa abiertamente en las manifestaciones callejeras y en la intimidad de las relaciones intrafamiliares, como la violencia contra las mujeres y contra los niños, las relaciones de vecindad, etc. No soy especialista en ese campo, pero pienso que algo de eso existe y esa realidad se constituye en uno de los grandes desafíos culturales de Haití: superar esa ambigüedad, apostar por el camino del diálogo, edificar su democracia.

Infelizmente, la configuración de nuestro mundo hoy en día, con la globalización de la indiferencia a la que se refiere el papa Francisco, acarrea el gran abandono del pueblo haitiano, -ovejas sin pastor, como dijo Jesús, revolviéndose las entrañas de Misericordia: tengo compasión de este pueblo. Cuando no se vislumbra una salida, una situación de las más punzantes es constatar que este pueblo va siendo empujado hacia esa solución, muchas veces ilusoria, de migrar, de dejar el país por una absoluta falta de perspectiva. Como nunca antes, pienso que es necesario cultivar y nutrir la virtud de la Esperanza, creer en lo que no se ve y seguir yendo en el camino de esa decisión de ayudar a que las personas tengan más Vida (cf. Jn 10,10) y confiando en la posibilidad de sembrar, junto con nuestros hermanos y hermanas, un futuro más justo y más humano. Como describí anteriormente, hace décadas Haití enfrenta problemas económicos y sociales agravados por el terremoto de 2010.

¿Pero cómo está el país hoy?

Antes de venir a Haití leí que un año después del sismo, habían levantado menos del 5% de los escombros. Hoy, todavía podemos ver señales de los daños y todavía falta mucho por reconstruir. Sin embargo, mejor que los fríos datos estadísticos, la vida de una familia nos puede dar noción de la situación del país. Un señor que conocí, sufrió un accidente de trabajo: al levantar peso, lastimó gravemente su columna. Desasistido por los médicos, sin poder contar con un sistema de salud público, pasó un largo año de dolor y abandono sobre el catre. Cuando por fin lograron llevarlo a un hospital, con la esperanza de un tratamiento, la respuesta fue tan sobria, fría, fatal: llegaron tarde; ya no hay nada que hacer. Y en efecto, ese Pobre falleció pocos días después, dejando una viuda e hijos pequeños. Buenos teólogos de América Latina (Gustavo Gutierrez, Jon Sobrino) ya nos advirtieron y lanzaron cuestiones: Pobre es quien muere antes de tiempo, sin necesidad (porque no hubieran muerto si hubiera justicia). El patrón de vida de las clases y de los países de la abundancia, lejos de ser la norma, es la excepción; ¿cómo demostrar a esa multitud empobrecida y abandonada que Dios los ama? San Romero de América (y de todas las partes del mundo) nos enseña: el lugar del pastor es dónde está el sufrimiento; no abandonaré mi pueblo, tomaré junto a él todos los riesgos que mi ministerio exige. Y nos proporciona el criterio mayor: siempre el Bien para los Pobres.

¿Cuáles son las principales actividades sociales y religiosas de la Compañía de Jesús en Haití?

Los jesuitas hicieron una larga y movida historia en Haití. Llegaron a la región en 1704, instalándose alrededor del entonces Cap Français (que con su liberación, los negros renombraron como Cap Haïtien). Fueron expulsados dos veces del país. La primera en 1763, época de la supresión de la Compañía. A ello siguió un largo periodo de ausencia, pues los jesuitas volvieron solo casi 200 años después, en 1953. Su permanencia, sin embargo, no se prolongó por mucho tiempo, pues un nuevo exilio les fue impuesto en 1964 durante la dictadura. Algunos pocos lograron mantenerse en la clandestinidad, pero la existencia como Compañía sólo fue readmitida en 1986.

Actualmente, somos poco más de 50 jesuitas en territorio haitiano (que, por ahora, todavía hace parte de la Provincia del Canadá Francés): unos cinco extranjeros y los demás todos haitianos, la mayoría jóvenes. Casi la mitad está en otros países (cursando el Juniorado, la Filosofía, la Teología, o en la tercera Probación y en estudios especiales). Además de la formación en el país (acompañamiento de los candidatos, Noviciado y la etapa del Magisterio), la Compañía de Jesús saca adelante una red de casi 20 escuelas de Fe y Alegría; se encarga de una Parroquia; coordina un centro de reflexión, investigación y acción social; hace presencia en el ambiente universitario; algo en el campo de la animación rural y la ecología; y presta un importante servicio a los migrantes y refugiados. Además, recientemente, se articularon mejor los esfuerzos ya existentes en el área de la espiritualidad ignaciana, con la creación del Centro Manresa, del que traté anteriormente.

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