Promover la reconciliación sin debilitar la exigencia de la justicia como lo hizo monseñor Romero

Compartimos el texto del jesuita mexicano Rafael Moreno Villa sobre los aportes de monseñor Romero en la búsqueda de la justicia.

Al día siguiente de la canonización de Mons. Romero, la Conferencia Episcopal de El Salvador le propuso al Papa Francisco que declarara a San Romero, Doctor de la Iglesia Universal. La propuesta me pareció muy importante y sugerente pues no cabe duda que el que fuera Arzobispo de San Salvador, con su ejemplo, predicación, sus cartas pastorales, tiene mucho que enseñarnos a todos y a todas. Un ejemplo de su aporte iluminador es cómo Mons. supo ser implacable en la defensa de la justicia, promoviendo al mismo tiempo la reconciliación, en una coyuntura nacional cada vez más polarizada y violenta.

El tema es de especial actualidad para el cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús porque su máxima instancia de Gobierno, la Congregación General 36, actualizó su misión definiéndola como promover la reconciliación con Dios, entre la humanidad y con la naturaleza, en base a la justicia. El envío está claro, lo que no es tan fácil de poner en práctica es cómo reconciliar urgiendo justicia. Se corre el riesgo de absolutizar la reconciliación diluyendo o subordinando la exigencia de la justicia o de absolutizar la justicia haciendo inviable la reconciliación.

Existen innumerables citas de sus homilías, de sus cartas pastorales, y de su correspondencia que fundamentan por un lado que Mons. Romero fue un reconciliador y, por otro, que fue un profeta defensor de la justicia. También hay muchos hechos que confirman que desempeñó ambas funciones.

A continuación voy a tratar de:

  • Identificar cuáles son los dos criterios irrenunciables que guiaron al Arzobispo de San Salvador en la integración de estas dos funciones en una situación de creciente confrontación.
  • Explicitar dónde está la clave que le permitió a Monseñor integrar reconciliación y exigencia de justicia.
  • Sistematizar cuáles son los componentes de su modo de proceder que le permitieron hacerlo, sin querer decir que Monseñor. haya explícitamente preconcebido, sistematizado y aplicado este esquema, como su estrategia de profeta-reconciliador.

Para ello, me basaré en algunos textos de sus homilías recopilados por el P. Brockman en su libro La violencia del amor[1], y en la información recopilada en la biografía de Monseñor escrita por Roberto Morozzo[2], así como en el privilegio de haber sido uno de sus colaboradores cercanos durante su etapa como Arzobispo. Los textos escogidos no necesariamente son los más apropiados, son simples ejemplos que fundamentan lo que trato de sistematizar.

Sin duda toda la vida de San Romero nos invita a dejarnos afectar por el clamor de las víctimas de la violencia, de los empobrecidos, a estar abiertos personalmente a cambiar, a evolucionar, a radicalizarnos, a dar la vida para responder desde el seguimiento de Jesús a dichos clamores. También nos mueve a encarnar el mensaje del Evangelio, a historizar nuestro aporte en la construcción del Reino de Dios. Todo ello lo presupongo como el horizonte indispensable de lo que he llamado el modo de proceder de Monseñor como reconciliador y promotor de la justicia.

En primer lugar hay que tener en cuenta que para Mons. Romero no había incompatibilidad entre reconciliación y promoción de la justicia porque estaba convencido, por una parte, de que “el verdadero amor comienza por exigir entre las relaciones de los que se aman lo justo” (Homilía del 12 de abril de 1979), y, por otra, que /“sin amor, la justicia no es más que espada. Pero con amor la justicia misma se torna en abrazo de hermano”// (10 de septiembre 1978). Además creía firmemente que no podía haber una paz duradera sin verdad y sin justicia, entendida como menos desigualdad, pleno respeto a los DD HH, sanción a los culpables, resarcimiento, dignificación de las víctimas, perdón, reconciliación (reconocimiento de que somos hermanos)

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Los criterios irrenunciables que guiaron a Mons. para integrar la promoción de la reconciliación y la exigencia de la justicia

1. La defensa de la vida humana

  • Nada hay tan importante para la Iglesia como la vida humana, como la persona humana. Sobre todo, la persona de los pobres y oprimidos que, además de ser seres humanos, son también seres divinos, por cuanto en ellos, dijo Jesús, que todo lo que con ellos se hace él lo recibe como hecho a él (16 de marzo de 1980)
  • “La vida es siempre sagrada. El mandamiento del Señor, “No matarás”, hace sagrada toda vida; y aunque sea de un pecador, la sangre derramada siempre clama a Dios” (30 de junio de 1979)
  • “Ante el atropello y la violencia jamás he parcializado mi voz. Me he puesto con compasión de Cristo al lado del muerto, de la víctima, del que sufre; y he pedido que oremos por ellos; y nos unimos en solidaridad de dolor con sus familias. He dicho que dos policías que mueren son dos víctimas más de la injusticia de nuestro sistema que denunciaba el domingo pasado: entre sus crímenes más grandes está lograr confrontar a nuestros pobres (policías y obreros o campesinos, pertenecen todos a la clase pobre), la maldad del sistema en lograr el enfrentamiento de pobre contra pobre. Dos policías muertos son dos pobres que han sido víctimas de otros, tal vez pobres también, y que en todo caso son víctimas de ese dios Moloc, insaciable de poder, de dinero, que con tal de mantener sus situaciones, no le importa la vida ni del campesino ni del policía ni del guardia, sino que lucha por la defensa de un sistema lleno de pecado” (30 de abril de 1978).

2. Su compromiso con los pobres y las víctimas, vivido en cercanía afectiva y efectiva con ellos hasta las últimas consecuencias.

  • “Muchos quisieran que el pobre siempre dijera, es “voluntad de Dios” que así viva. No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada. No puede ser de Dios. De Dios es la voluntad de que todos sus hijos sean felices” (10 de septiembre de 1978).
  • “Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: Todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios” (5 de febrero de 1978).
  • Una Iglesia que no se une a los pobres para denunciar, desde los pobres, las injusticias que con ellos se cometen, no es verdadera Iglesia de Jesucristo” ( 17 de febrero de 1980).
  • Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio que la Iglesia debe prestar al mundo” (17 de febrero de 1980).
  • ”El rico tiene que criticar en su propio ambiente de rico el por qué de su riqueza, y por qué a su lado hay tanta gente pobre. Si es un rico cristiano, ahí encontrará el principio de su conversión, en una crítica personal: ¿Por qué yo rico, y por qué a mi alrededor tantos hambrientos?” (16 de diciembre de 1979)
  • “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige” (11 de noviembre de 1979).

Por el primer criterio, Monseñor priorizó el diálogo sobre la violencia, porque esta iba en contra de la vida humana, pero por el segundo criterio distinguió los distintos tipos de violencia y llegó hasta tolerar su uso cuando era el último recurso para proteger al pobre, a las víctimas.

  • “Aunque la Iglesia no aprueba ni justifica las revoluciones sangrientas, los gritos de odios, sin embargo tampoco los puede condenar mientras no vea un esfuerzo por quitar las causas que producen ese malestar en nuestra sociedad” (12 de febrero de 1978)
  • “Yo no me cansaré de señalar que si queremos de veras un cese eficaz de la violencia, hay que quitar la violencia que está a la base de todas las violencias: la violencia estructural, la injusticia social, el no participar los ciudadanos en la gestión pública del país, la represión. Todo eso es lo que constituye la causa primordial. De allí naturalmente brota lo demás” (23 de septiembre de 1979).
  • “Sí, es cierto que la Iglesia tiene ideales de paz, pero distingue diversas categorías de violencias. Allí [en mi carta pastoral] les recuerdo cómo en la cumbre del Tabor junto a Cristo transfigurado, los cinco hombres que aparecen —Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan— son hombres de carácter violento y cometieron violencias tremendas. Moisés mató a un egipcio; Elías pasó a cuchillo a los profetas que no adoraban al verdadero Dios. Pedro sacó su espada contra Malco para defender a Cristo. Santiago y Juan pidieron a Cristo que lloviera fuego sobre un pueblo que no le quiso dar hospedaje”. (27 de agosto de 1978)

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En la Tercera Parte de la Carta Pastoral de Mons. Romero sobre la Iglesia y las organizaciones populares claramente recuerda:

“La Iglesia permite la violencia en legítima defensa, pero bajo las siguientes condiciones:

  1. que la defensa no exceda el grado de la agresión injusta (por ejemplo, si basta defenderse con las manos no es lícito disparar un balazo al agresor);
  2. que se acuda a la violencia proporcionada sólo después de agotar los medios pacíficos posibles;
  3. y que la defensa violenta no traiga como consecuencia un mal mayor que el que se defiende: por ejemplo una mayor violencia, una mayor injusticia”

La clave que permitió a mons. Romero integrar reconciliación y exigencia de justicia

Como vamos a ver a continuación, el acierto de Mons. Romero está en que supo mantener la exigencia de la justicia, a partir de una actitud personal y desde un contexto, ambos inspirados en la integralidad de la fe cristiana.

Los componentes del modo de proceder de mons. Romero que le permitieron integrar la reconciliación sin diluir la exigencia de la justicia

Pudo hacerlo porque combinó:

A. Una profunda fe cristiana encarnada en la realidad salvadoreña que le permitió:

1. Hacer sus denuncias contra las injusticias desde una perspectiva de esperanza cristiana, basada en la convicción de que Dios nos ama y Jesús es el crucificado RESUCITADO que promovió el reino de Dios: un reino de reconciliación y de justicia.

  • No obstante verse obligado a comentar una situación nacional cada vez más grave, en la que se iban cerrando las posibilidades de una solución política, incrementando las violaciones a los derechos humanos, Monseñor Romero nunca fue evocador de calamidades. Su mensaje generalmente tenía una dosis de esperanza porque El personalmente vivió influenciado por ella.
  • “No nos desanimemos, aun cuando el horizonte de la historia como que se oscurece y se cierra, y como si las realidades humanas hicieran imposible la realización de los proyectos de Dios”. (24 de diciembre de 1977)
  • “No tengamos miedo, hermanos. Vivimos unas horas de difíciles vicisitudes. No sabemos si esta misma tarde estaremos presos o matados. No sabemos qué van a hacer con nosotros las fuerzas del mal. Pero una cosa sí sé, que aun los desaparecidos, aun aquellos que son llorados en el misterio de un secuestro, Dios los conoce y los ama. Y si Dios permite esas desapariciones, no es porque él sea impotente. Él me ama, él sigue amando. Él ama también nuestra historia y sabe por dónde van a salir los caminos de redención de nuestra patria. No desconfiamos de esta gran verdad. Éste es el verdadero tesoro del Reino de Dios: la esperanza.(30 de julio 1978)

2. Promover una liberación integral no solo estructural, también personal; no solo escatológica, también histórica realizada en el aquí y el ahora.

  • “Toda la solución que queramos dar a una mejor distribución de la tierra, a una mejor administración del dinero en El Salvador, a una organización política acomodada al bien común de los salvadoreños, tendrá que buscarse siempre en el conjunto de la liberación definitiva” (23 de marzo de 1980)
  • “El Salvador no tiene que vivir siempre así! Aquí también se arrancará el dolor de tantos hogares que sufren en este domingo el misterio del secuestro de seres queridos o el asesinato o la tortura o el tormento. Eso no es de Dios. El festín de Dios vendrá; esperen la hora del Señor. Tengamos fe; todo esto pasará como una pesadilla de la patria, y despertaremos al gran festín del Señor. Llenémonos de esta esperanza” (15 de octubre de 1978).
  • “Aquel que, con la fe puesta en el Resucitado, trabaje por un mundo más justo, reclame contra las injusticias del sistema actual, contra los atropellos de una autoridad abusiva, contra los desórdenes de los hombres explotando a los hombres sólo ése es auténtico cristiano” (26 de marzo de 1978).

3. Creer que el protagonista de esta liberación es Jesús con nosotros.

  • No somos políticos, para confiar en las fuerzas meramente humanas. Somos ante todo cristianos, y sabemos que, si el Señor no construye nuestra civilización, en vano trabajan todos los que la construyen” (17 de febrero de 1980).
  • “Aquel que, con esta fe puesta en el Resucitado, trabaje por un mundo más justo, reclame contra las injusticias del sistema actual, contra los atropellos de una autoridad abusiva, contra los desórdenes de los hombres explotando a los hombres sólo ése es auténtico cristiano” (26 de marzo de 1978).
  • Ésta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige” (24 de marzo de 1980).

4. Discernir desde el Evangelio tanto los signos de los tiempos como lo que iba a decir o hacer, inspirado en lo que hubiera dicho o hecho Jesús en las circunstancias de El Salvador del Siglo XX.

  • “Vean cuál es mi oficio y cómo lo estoy cumpliendo. Estudio la palabra de Dios que se va a leer el domingo; miro a mi alrededor, a mi pueblo. Lo ilumino con esta palabra y saco una síntesis para podérsela transmitir y hacerlo a ese pueblo luz del mundo, para que se deje guiar por los criterios, no de las idolatrías de la tierra” (20 de agosto de 1978)
  • “Lo que yo quiero en mi predicación es dejar al alcance de todos, hasta del más sencillo, el gran mensaje del evangelio, no la crónica de la semana, no la crítica al gobierno, no la denuncia del pecado. Eso viene por añadidura, eso viene como la iluminación del evangelio que tropieza con esas realidades. Lo principal que yo quisiera que se llevaran de mi predicación es la luz del evangelio, con la cual ustedes mismos podrán iluminar no los hechos que yo señalo, sino los hechos concretos de ustedes, de su familia, de su vida, de sus amistades, de su empleo. Porque para eso se predica, para que cada cristiano que reflexiona el evangelio ilumine en su vida y desde su vida las realidades que lo rodean, con criterios de Cristo” ( 12 de agosto de 1979).
  • “Si un hombre quiere ver su propio misterio—el sentido de su dolor, de su trabajo, de su angustia, de su esperanza—póngase junto a Cristo. Si realiza lo que Cristo realizó—hacer la voluntad del Padre, llenarse de la vida que Cristo da al mundo—ese hombre está realizándose como verdadero hombre” (24 de diciembre de 1978)
  • “Cuando Cristo reprendía a los de su tiempo, no los odiaba. Los amaba, porque los quería arrancar de las garras de la idolatría, de las falsas posiciones, para buscar el verdadero camino, donde pueden encontrarse con la misericordia que Dios está ofreciendo, para perdonarlos, para justificarlos” (11 de diciembre de 1978).

5. Mantener la esperanza de que podría darse una reconciliación al interior de la Conferencia Episcopal salvadoreña no obstante la agresión creciente que experimentó de sus hermanos obispos.

  • Esa esperanza lo llevó a perdonar las acusaciones calumniosas y ataques que recibió, lo movió a estar siempre dispuesto a compartir con ellos sus iniciativas pastorales, hacerles varias exhortaciones en favor de la unidad. Su disponibilidad sin embargo, nunca supuso tener que renunciar a la promoción de la justicia.
  • “Perfectamente se puede ser nuncio, se puede ser capellán castrense, con tal de estar convertidos al evangelio. Si se realizan esos cargos con verdadero sentido de una Iglesia que quiere ser ante todo fiel al evangelio más que a las ventajas de la tierra, más que a las carreras diplomáticas, más que a las ventajas de orden militar, pues, perfectamente puede y debe de haber quienes la representen en medio del mundo, en ese mundo de la diplomacia y del mundo militar, pero que sean verdaderamente voces del evangelio, voces de la Iglesia. Allí estaría siempre el problema, la conversión al evangelio” (9 de febrero de 1979)

Según Morozzo “Monseñor irradiaba esperanza porque su fe le hacía considerar realista y practicable cuanto hacía”. Una manifestación de ello la recoge citando una respuesta que le hiciera El Arzobispo de San Salvador a una pregunta de un corresponsal, en febrero de 1980. En un momento en que no obstante las partes en conflicto estar opuestas a dialogar, Monseñor se mantuvo optimista y creía “poder hacer la paz”. Admirado de ello, le preguntó cómo podía ponerlos de acuerdo en una situación de muerte, violencia, represión, hambre y miedo; si no era pura utopía. Entonces –comenta el periodista- Monseñor, sonriendo miró y respondió (a todos los que estaban en la rueda de prensa): Perdonen pero, ¿si yo no creyese en la utopía, iría vestido así? (pág. 319-20)

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B. Una perspectiva política, no partidista que le permitió:

1. Predicar y actuar desde el Evangelio, no desde la perspectiva de un partido, fracción política o social.

  • “Predicación que no denuncia el pecado no es predicación de evangelio. Predicación que contenta al pecador para que se afiance en su situación de pecado está traicionando el llamamiento del evangelio. Predicación que no molesta al pecador sino que lo adormece en su pecado es dejar a Zabulón y Neftalí en su sombra de muerte. Predicación que despierta, predicación que ilumina —como cuando se enciende una luz y alguien está dormido, naturalmente que lo molesta, pero lo ha despertado—, ésta es la predicación de Cristo: ¡Despertad! ¡Convertíos!” (22 de enero de 1978).
  • El evangelio es el gran defensor, el proclamador de todos los grandes derechos fundamentales del hombre” (8 de enero de 1978)
  • Para ser buen político no se necesita ser cristiano, pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe en Cristo y usar los métodos que estén de acuerdo con su fe. No todo cristiano tiene vocación política, ni el cauce político es el único que lleva a una tarea de justicia. También hay otros modos de traducir la fe en un trabajo de justicia y de bien común. (6 de agosto de 1978).

2. Identificarse como Pastor, no como político, siendo conciente que la Iglesia no es la organización politica, ni la organización política es la Iglesia; pero la Iglesia tiene una dimensión política.

  • “Yo no soy político, yo no soy sociólogo, yo no soy economista, yo no soy responsable para dar solución a la economía y a la política del país. Ya hay otros, laicos, que tienen esa tremenda responsabilidad. Pero como pastor, sí me toca —y esto es lo que trato de hacer—construir la verdadera Iglesia de nuestro Señor Jesucristo” (25 de marzo de 1979).
  • “La Iglesia, desde su evangelio, apoya los objetivos justos que buscan también las organizaciones, y denuncia también las injusticias y las violencias que pueden cometer las organizaciones. Por eso la Iglesia no se puede identificar con ninguna organización, aun con aquellas que se califiquen y se sientan cristianas. La Iglesia no es la organización, ni la organización es la Iglesia (9 de diciembre de 1979).
  • “Siempre he predicado mi autonomía para poder alabar lo bueno que hay en cualquier ser humano, así como para poder reprochar con toda libertad lo malo e injusto que existe en cualquier ser humano” (20 de mayo de 1979).
  • Los sacerdotes y los laicos llamados a una colaboración jerárquica, es natural que por trabajar en una evangelización encarnada en la realidad del país sientan más simpatías por un partido o por una organización que por otra. Pero sabiendo que la eficacia de la misión de la Iglesia está en ser fieles a su propia identidad, tendrán como primera meta de su trabajo pastoral ser animadores, orientadores, en la fe y en la justicia, y dejarán las tareas concretas que origina la actividad política ordinaria para que la realicen quienes son más expertos en analizar y en encauzar” (6 de agosto de 1978).
  • “Hay que dejar bien en claro que el conflicto es entre el gobierno y el pueblo. Hay conflicto con la Iglesia porque nos ponemos de parte del pueblo. La Iglesia tiene que salvar al pueblo, acompañarlo en sus reivindicaciones. También, no dejarlo ir por los caminos de violencias injustas, de odios y de venganzas. En este sentido vamos acompañando al pueblo, a este pueblo que sufre tanto. Claro, aquellos que atropellan a este pueblo tienen que estar en pleito con esta Iglesia” (2 de junio 1979)

3. No pretender imponer, concentrar poder en El, sacar alguna ventaja personal de sus denuncias y demás iniciativas.

  • Yo no tengo ninguna ambición de poder, y por eso con toda libertad le digo al poder lo que está bueno y lo que está malo; y a cualquier grupo político le digo también lo que está bueno y lo que está malo. Es mi deber” (23 de marzo de 1980).
  • “La autoridad en la Iglesia no es mandato; es servicio. No soy un jefe. No soy un mandamás. No soy una autoridad que se impone. Quiero ser el servidor de Dios y de ustedes” (10 de septiembre de 1978)
  • La Iglesia no quiere imponer sistemas políticos o sociales. No debe; no es su competencia. Pero la Iglesia llama a la libertad de los pueblos para que no se imponga un sólo patrón impositivo, sino para que los hombres promuevan, desde sus conocimientos y sus técnicas, lo que el pueblo merece, lo que el pueblo cree que quiere, artífice de su propio destino, libre para elegir su propia conducción al destino que Dios le señala” (10 de junio de 1979.

“Yo les quiero repetir lo que dije otra vez: El pastor no quiere seguridad mientras no le den seguridad a su rebaño” (22 de julio de 1979.

Morozzo en la biografía de Monseñor, concluye con razón: “Esta es la paradoja de Romero: no era un político, no sabía de política, no quería hacer política, pero terminó siendo un personaje clave en la política de su país” (pág. 271)

C. Una visión integradora e incluyente de la promoción de la justicia y de la reconciliación por estar fundada en el amor lo que le facilitó:

1. Ejercer su función de profeta no sólo personalmente, sino como pueblo profético:

  • No es que me crea profeta. Es que ustedes y yo somos un pueblo profético; es que todo bautizado ha recibido participación en la misión profética de Cristo” (8 de julio de 1979).
  • Si alguna vez nos quitaran la radio, nos suspendieran el periódico, no nos dejaran hablar, nos mataran a todos los sacerdotes y al obispo también y quedaran ustedes un pueblo sin sacerdotes, cada uno de ustedes tiene que ser un micrófono de Dios, cada uno de ustedes tiene que ser un mensajero, un profeta. Siempre existirá la Iglesia mientras haya un bautizado, y ese único bautizado que quede en el mundo es el que tiene ante el mundo la responsabilidad de mantener en alto la bandera de la verdad del Señor y de su justicia divina” (8 de julio d 1979)

2. Buscar al que se equivoca, al agresor para ganarlo,

  • “El pueblo profético, como dice el evangelio de hoy, busca al que se equivoca para ganarlo para Dios; Por eso, queridos hermanos, sobre todo ustedes que creen que yo estoy predicando la violencia y me calumnian y saben que no es así, ustedes que tienen las manos manchadas de crimen, de tortura, de atropello, de injusticia: ¡Conviértanse! Los quiero mucho” (10 de septiembre de 1978)
  • “Queridos hermanos poderosos de lo económico, es probable que en estos momentos, ante la amenaza de una reforma agraria, haya en ustedes desánimo, temor y quizá odio, y hasta la decisión de oponerse por todos los medios posibles a que se lleve a cabo esa reforma. Probablemente hay algunos que aun prefieren destruirlo todo, dañando radicalmente la economía del país con tal de no compartirlo con quienes por muchos años se han aprovechado de su fuerza de trabajo. La Iglesia, que les ha servido tanto, les dice hoy: Éste es el momento de manifestarse como cristianos generosos y de amar como Jesús nos ha amado, el cual, siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (16 de diciembre de 1979)
  • “Un llamamiento a la oligarquía: No me consideren juez ni enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo, que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias. Y en nombre de esas voces yo levanto mi voz para decir: No idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Hay que compartir para ser felices” (6 de enero de 1980).
  • “Me da más lástima que cólera cuando me ofenden y me calumnian. Me da lástima de esos pobres cieguitos que no ven más allá de la persona. Que sepan que no guardo ningún rencor, ningún resentimiento, ni me ofenden todos esos anónimos que suelen llegar con tanta rabia (16 de marzo de 1980)

3. Denunciar abiertamente la injusticia no para fomentar odio ni venganza sino conversión, perdón, fraternidad, reconciliación.

  • “Queridos hermanos, sobre todo ustedes que tienen tanta sensibilidad social, ustedes que no toleran esta situación injusta de nuestra patria: está bien, Dios les ha dado ese sentido de sensibilidad; Pero miren: no pierdan esa sensibilidad política y social únicamente con odios, con venganzas, con violencias de la tierra” (15 de abril de 1979).
  • “No nos cansemos de predicar el amor, aunque veamos que olas de violencia vienen a inundar el fuego del amor cristiano. Tiene que vencer el amor. Es lo único que puede vencer” (25 de septiembre de 1977). “Me da más gusto que me escuchen los enemigos. No los odio, no deseo venganza, no les deseo males. Les pido que se conviertan” (15 de enero de 1978)
  • ¿Quién sabe si me está escuchando aquel que tiene la mano sangrienta por haber matado al Padre Grande, aquel que disparó contra el Padre Navarro? Aquel que ha matado, que ha torturado y ha hecho tantas maldades, óigalo allá en sus antros de criminal, tal vez ya arrepentido: Tú también estás llamado al perdón” (18 de diciembre de 1977).
  • “A todos ellos les digo: No importan tus crímenes. Son feos, horribles; has atropellado lo más digno del hombre; pero Dios te llama y te perdona” (24 de septiembre de 1978)

4. Estar dispuesto a dialogar con todas las partes en conflicto.

  • De hecho habló con empresarios, terratenientes, comerciantes, periodistas, otras iglesias, políticos, diputados, jueces, sindicalistas, miembros de organizaciones populares, militares, miembros de orden, miembros de organizaciones populares político militares. Embajadores, etc.

5. Promover como vía de solución política la participación de todas las partes siempre y cuando sustituyan sus intereses particulares por bienes más universales: el amor a la patria, el bien común.

  • “El bien para todos, el bien común, tiene que ser un impulso, como la caridad para el cristiano. Tengan en cuenta el derecho de participación que todos anhelan, porque cada uno puede aportar algo al bien común de la patria. Es responsabilidad de todos, converger, a pesar del pluralismo de opiniones y hasta de oposiciones al bienestar de la patria. Den oportunidad de organizarse al pueblo, deroguen las leyes injustas, den amnistía a quienes han transgredido leyes que no son del bien común, cese el amedrentamiento del pueblo, principalmente en el campo. (6 de enero de 1978)

6. Llegar hasta Incluir ocasionalmente en su promoción de justicia y de reconciliación la dimensión ecológica

  • “Ustedes saben que está contaminado el aire, las aguas, todo cuanto tocamos y vivimos; y a pesar de esa naturaleza que la vamos corrompiendo cada vez más, y la necesitamos, no nos damos cuenta que hay un compromiso con Dios de que esa naturaleza sea cuidada por el hombre. Talar un árbol, botar el agua cuando hay tanta escasez de agua, no tener cuidado con las chimeneas de los buses, envenenando nuestro ambiente con esos humos mefíticos, no tener cuidado donde se queman las basuras —todo eso es parte de la alianza con Dios” (11 de marzo de 1979).
  • “Hay un sentido teológico entre la reconciliación y la tierra. Y yo quiero subrayar esta idea, hermanos, porque me parece muy oportuna. No tener tierra es consecuencia del pecado. Adán saliendo del paraíso, hombre sin tierra, es fruto del pecado. La tierra tiene mucho de Dios, y por eso gime cuando los injustos la acaparan y no dejan tierra para los demás. Las reformas agrarias son una necesidad teológica; no puede estar la tierra de un país en unas pocas manos. Tiene que darse a todos, y que todos participen de las bendiciones de Dios en esa tierra, que cada país tiene su tierra prometida en el territorio que la geografía le señala. Pero debíamos de ver siempre—y no olvidarlo nunca—esta realidad teológica, de que la tierra es un signo de la justicia, de la reconciliación. No habrá verdadera reconciliación de nuestro pueblo con Dios mientras no haya un justo reparto, mientras los bienes de la tierra de El Salvador no lleguen a beneficiar y hacer felices a todos los salvadoreños” (16 de marzo 1980).

No cabe duda que este modo de proceder de Mons. Romero que he tratado de sistematizar no hace más que actualizar el de Jesús, que como dice Pagola en su comentario al Evangelio de Juan 18, 33-37 “la trayectoria profética de Jesús se caracterizó por su voluntad de vivir en la verdad de Dios. Jesús no solo dice la verdad, sino que busca la verdad, y solo la verdad de un Dios que quiere un mundo más humano para todos sus hijos. Por eso Jesús habla con autoridad, pero sin falsos autoritarismos. Habla con sinceridad, pero sin dogmatismos. No habla como los fanáticos, que tratan de imponer su verdad. Tampoco como los funcionarios, que la defienden por obligación, aunque no crean en ella. No se siente nunca guardián de la verdad, sino testigo. Jesús no convierte la verdad de Dios en propaganda. No la utiliza en provecho propio, sino en defensa de los pobres. No tolera la mentira o el encubrimiento de las injusticias. No soporta las manipulaciones. Jesús se convierte así, como dice Jon Sobrino, en «voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz»”.

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Notas

  1. Libro electrónico publicado por The Bruderhof Foundation, Inc., Farmington, PA 15437 USA y The Bruderhof Communities in the UK, Robertsbridge, East Sussex, TN32 5DR, UK, 2004.
  2. Roberto Morozzo della Rocca, Primero Dios, Vida de Monseñor Romero, Edhasa, Buenos Aires, 2010

Fuente

  • El jesuita mexicano Rafael Moreno Villa actualmente trabaja por los migrantes centroamericanos con la Red Jesuita con Migrantes.
  • Fotografías Beatificación Monseñor Romero. Flickr - Presidencia El Salvador. Licencia Creative Commons.

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