Retos para el liderazgo y el gobierno en la promoción de la justicia social y la ecología en la Iglesia y en la Compañía

Compartimios este texto sobre el liderazgo y el gobierno en la Compañía de Jesús, del jesuita y antropólogo camerunés Ludovic Lado, publicado en la edición de enero de la revista Promotio Iustitiae.

“Sabéis que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros” (Mc 10,42-43)

Tanto en la Iglesia en general como en la Compañía de Jesús en particular, el liderazgo y el gobierno están al servicio de la misión (CG 36, D 2, n. 1). Esta misión considera en la actualidad la promoción de la justicia social y de la conciencia ecológica una prioridad apostólica. Estas dos problemáticas centran asimismo las preocupaciones de la comunidad internacional, que deviene cada vez más consciente de la magnitud de las desigualdades sociales y de la crisis ecológica, así como de los riesgos que conllevan para el desarrollo sostenible. Pero, aunque tengan una dimensión universal, los problemas de justicia social y de ecología se manifiestan siempre localmente y reclaman soluciones que conjuguen de modo fecundo lo global y lo local. Aquí radica, en mi opinión, un reto principal para el liderazgo y el gobierno en la promoción del bien común en la Iglesia y la sociedad. La Compañía de Jesús subraya con razón la necesidad de “establecer un sano equilibrio entre la autoridad y la iniciativa local” (CG 36, D 2, n. 8).

Por otra parte, es evidente que la reciente crisis de los abusos sexuales en la Iglesia ha dañado seriamente la credibilidad de la Iglesia institucional como autoridad moral en el mundo. Hoy se reconoce que tanto estos abusos como su desafortunada gestión son manifestaciones de la perversión del clericalismo. La Iglesia tendrá entonces que extraer de ahí todas las lecciones pertinentes. La presente reflexión sostiene, por consiguiente, que en materia de liderazgo y de gobierno tanto la Iglesia como la sociedad se enfrentan al reto de hacer valer la primacía de la promoción del bien común[1] en una sociedad globalizada, en la que el individualismo se asocia con frecuencia a egoísmos individuales o colectivos. Esta preocupación por el bien común pasa necesariamente por la creación de instituciones de gobierno que favorezcan el control efectivo del ejercicio del poder por parte de los gobernantes, pues la Iglesia jeráraquica debe aprender de nuevo a rendir cuentas a los fieles de su gestión de este bien común que es la Iglesia, al tiempo que trabaja por hacerla más inclusiva y participativa. Justamente predicando con el ejemplo es como tendrá la autoridad moral necesaria para desempeñar su papel profético con vistas al perfeccionamiento del gobierno en la sociedad.

Una Iglesia encarnada en la sociedad

El paradigma clave de la presente reflexión es el misterio de la encarnación, que pone de manifiesto el interés del Dios trinitario por la salvación de la humanidad. La contemplación de la encarnación en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio invita a contemplar “cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo, viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar al género humano” (EE 102). El Verbo, encarnándose, haciéndose solidario con la condición humana, privilegia el modelo de proximidad en materia de liderazgo. En esta perspectiva, la Iglesia, como ‘cuerpo de Cristo’, no puede, por tanto, comprenderse a sí misma ni asumir auténticamente su misión redentora sino como una Iglesia encarnada en la sociedad.

Así pues, para hablar de liderazgo y de gobierno en la Iglesia y la sociedad, partimos del postulado de que se trata de una Iglesia encarnada en la sociedad que aspira a transformar mediante los valores evangélicos. En efecto, como comunidad histórica y cuerpo social, la Iglesia no está fuera de la sociedad, sino dentro de ella, pues sus miembros pertenecen siempre a una sociedad concreta que están llamados a transformar testimoniando los valores evangélicos. Para Jesús, la Iglesia, en cuanto comunidad de sus discípulos, debe estar en el mundo, en la sociedad (cf. Jn 17,14-16). Pero esta encarnación, este enraizamiento de la Iglesia en la sociedad, que es una exigencia de la misión redentora, conlleva también riegos. Pues en el mundo la Iglesia corre siempre peligro de llegar a ser del mundo. Cristo invita a la comunidad de sus discípulos a desmarcarse de las prácticas de dominación propias del mundo haciéndose servicio, don de sí a los otros (cf. Jn 10,42-45). La mística del servicio como don de sí a los otros se perfila, en consecuencia, como el valor cardinal del modelo de liderazgo y gobierno que Jesús recomienda a la Iglesia. Pero para afrontar este reto de un liderazgo ético y evangélico que pueda erigirse en ‘sal de la tierra’ (Mt 5,13) y ‘luz del mundo’ (Mt 5,14), la Iglesia no solamente debe exorcizar las patologías del clericalismo como matriz del ejercicio de poder en su seno, sino que también tiene que situarse en la perspectiva de un gobierno centrado, desde una permanente disposición a la rendición de cuentas (accountability), en la gestión del bien común tanto en la Iglesia como en la sociedad.

El reto del clericalismo en la Iglesia

El clericalismo es la forma pervertida del gobierno clerical. El gobierno supone la existencia de gobernantes y gobernados, de instituciones y de normas que definen un modelo y un estilo de liderazgo. En el plano político, Aristóteles distingue tres formas posibles de gobierno: el gobierno de uno solo, que se conoce como monarquía y cuya forma pervertida es la tiranía; la aristocracía (el gobierno de unos pocos), que puede degenerar en oligarquía; y por último, la república (el gobierno del pueblo), cuya forma pervertida es la democracia. La Iglesia católica es una de las instituciones más antiguas del mundo, por lo que tiene una larga experiencia con diferentes tipos de gobiernos. Aunque es cierto que la Iglesia, en lo que respecta a su modelo organizativo, parece haberse inspirado más bien en la estructura jerárquica de los reinos temporales con los que ha tenido contacto a lo largo de los siglos, también permitió desde muy pronto que en su seno surgieran espacios de prácticas democráticas, principalmente en las órdenes religiosas.[2]

Ello no obsta para que el modelo de gobierno dominante en la Iglesia no sea la democracia, sino más bien una suerte de monarquía descentralizada, en la que las diócesis y parroquias funcionan como unidades descentralizadas. Teniendo en cuenta que el derecho canónico dispone que normalmente hace falta ser presbítero para dirigir una parroquia, obispo para dirigir una diócesis y cardenal para ser elegido papa, existe de hecho un monopolio clerical en el ejericicio del liderzgo en la Iglesia, aun cuando la amplitud de este monopolio varía de una Iglesia local a otra. También cabría hablar de una forma de aristocracia u oligarquía clerical, toda vez que los clérigos que gobiernan la Iglesia no constituyen sino una ínfima minoría de sus miembros.

La forma patológica del poder eclesial es el clericalismo, que se instala cuando la Iglesia jerárquica pierde de vista la misión redentora de la Iglesia, se constituye en su propio fin y se obsesiona por asegurar por todos los medios su pervivencia. Siente entonces la tentación de tomar prestados del mundo atributos, formas y métodos. En un modelo monárquico, el clericalismo adopta la forma de una relación desordenada con el poder y el dinero, que conduce a abusos de todas las clases, los cuales menoscaban seriamente la autoridad moral de la Iglesia. El papa Francisco interpela de continuo a los clérigos católicos en relación con las tentaciones del clericalismo, el carrerismo, el amor al dinero y otras actitudes mundanas que les acechan a diario.

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En estas últimas décadas, la Iglesia católica está cobrando cada vez mayor conciencia del hecho de que ciertos escándalos, como el de la pederastia y el de la mala gestión económica en distintos niveles del gobierno eclesiástico, que han deteriorado gravemente su credibilidad, son, entre otras cosas, síntomas de un gobierno clerical deficiente, síntomas en especial de la crisis de un liderazgo de tipo monárquico que favorece los abusos. El papa Francisco, tras su elección, no ocultó el deseo de reformar la Curia Romana, que es el vértice de la pirámide de gobierno de la Iglesia católica. Para una institución antigua, de más de dos mil años de edad, como es el caso de la Iglesia católica, los escándalos no son nada nuevo. Pero si la Iglesia católica ha sobrevivido a todas las derivas y todos los escándalos que han lastrado su historia, ello se debe a que también ha sabido reformarse en los momentos decisivos de su historia. Parece imponerse un gobierno más trasparente, más colegial y más responsable.

El reto de la colegialidad y la rendición de cuentas (accountability)

La constatación de un monopolio clerical en el gobierno y el liderazgo eclesiales no significa que los laicos no ejerzan responsabilidad alguna. Supone más bien reconocer que a menudo son estructuralmente excluidos de las posiciones de liderazgo y que de hecho no participan de modo proporcional en las instancias de decisión importantes para la vida de la Iglesia. Estas exclusiones afectan a los laicos en su conjunto, pero a las mujeres más en particular, habida cuenta de que en la Iglesia católica el clero es exclusivamente masculino. En tal modelo de monopolio clerical del poder, el descenso de las vocaciones sacerdotales se convierte, a todas luces, en una preocupación principal para el gobierno de la Iglesia. Todo ello suscita el problema de una gestión más colegial e inclusiva de la Iglesia, que es la condición sine qua non de la rendición de cuentas accountability).

El principio de la colegialidad no debe aplicarse solo a las relaciones entre los obispos y el papa, sino a toda la Iglesia llamada a abrirse a un gobierno más participativo que confíe responsabilidades a los laicos. Como ha recordado el papa Francisco, “no hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal, ‘nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad’ (Juan Pablo II, Christifidelis laici 51). El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del bautismo, que es accesible a todos. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza –es decir, como fuente capital de la gracia– no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia, las funciones ‘no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros’ (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem 27)” (EG 104). Pero esperar de los clérigos que ejerzan espontáneamente su poder en forma de servicio puro es algo utópico. El Catecismo de la Iglesia católica afirma que “ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (CEC 407). Para un mejor gobierno pastoral, hacen faltan contrapoderes eficaces. Se precisan reformas jurídicas para reforzar las estructuras de control del poder clerical.

El reto de la contribución de la Iglesia al gobierno en la sociedad

La Iglesia debe responder a este reto predicando sobre todo con el ejemplo. En su exhortación apostólica Africae Munus (AM) de 2009, dirigida a la Iglesia en África, Benedicto XVI no dejó de recordar que el servicio de la reconciliación, la justicia y la paz debe comenzar en el seno mismo de la Iglesia: “ La Iglesia, por su parte, se compromete a promover en su seno y en la sociedad una cultura muy atenta a la primacía del derecho ejemplares en vuestra vida y conducta. La buena administración de vuestras diócesis requiere vuestra presencia. Para que vuestro mensaje sea creíble, haced que vuestras diócesis sean modélicas, tanto en el comportamiento de las personas como en la transparencia y buena gestión financiera. No tengáis miedo de recurrir a la experiencia de los auditores contables para dar ejemplo también a los fieles y a la sociedad en su conjunto” (AM 104). En otras palabras, la Iglesia no puede dar lecciones de buen gobierno a la sociedad si ella misma no es modélica en la materia.

En lo que atañe al púbico de la Iglesia, Gaudium et spes privilegia el liderazgo de los laicos en el gobierno de la sociedad desalentado la intervención directa de los miembros del clero: “Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares… A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es esta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del magisterio” (GS 43, §2). Los pastores no son, pues, ‘guías políticos’, sino religiosos, por lo que deben dedicarse principalmente a la formación espiritual de los laicos, a fin de que estos contribuyan con su fe a la santificación del orden temporal. Según el papa Benedicto XVI, “una de las tareas de la Iglesia… consiste en formar conciencias rectas y receptivas a las exigencia de la justicia, para que sean cada vez más los hombres y mujeres comprometidos y capaces de realizar ese orden social justo por medio de su conducta responsable” (AM 22). Pero la visibilidad del compromiso de los laicos en la vida política y pública sigue constituyendo un reto en el mundo actual.

De esta reflexión resulta que, mientras que en la Iglesia el gobierno se halla dominado por el liderazgo clerical con sus peligros, en la sociedad la Iglesia asigna la prioridad a los laicos en materia de participación política. Ya se trate de la Iglesia o de la sociedad, hoy vivimos en un mundo en el que el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación obligan a las instituciones a incorporar una mayor transparencia, inclusividad y rendición de cuentas (accountability) en el gobierno y el ejercicio del liderazgo. ¡No nos queda más remedio que adaptarnos!

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Notas

  1. La encíclica Laudato Si’ del papa Francisco utiliza la feliz expresión ‘nuestra Casa Común’. La naturaleza es percibida en ella como un bien común.
  2. El ejemplo de san Ambrosio, elegido por aclamación obispo de Milán en 374, cuando aún era un catecúmeno, muestra bien que hubo una época en la que el pueblo de Dios elegía democráticamente a sus líderes. Y hasta hoy el obispo de Roma es elegido democráticamente por los cardenales de todo el orbe cristiano. En la Compañía de Jesús, al igual que en muchas otras órdenes y congregaciones religiosas, el Superior General es elegido democráticamente por delegados que representan a los jesuitas del mundo entero. La Congregación General 35, hablando del gobierno, afirma que el derecho de la Compañía “promueve firmemente un enfoque participativo y en discernimiento” (CG 35, D. 5, n. 28).

Fuente

  • Promotio Iustitiae No. 125 - Enero de 2018.
  • Original en francés. Traducción al español de José Lozano.
  • Fotografías: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

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