Retos y desafíos del liderazgo y gobierno en la promoción de la justicia social y ecología

Compartimos este texto de Yolanda González Cerdeira, para la edición de enero de 2018 de la revista Promotio Iustitiae, sobre el liderazgo y gobierno en las obras jesuitas en América Latina, desde su experiencia de trabajo en ERIC-Radio Progreso de Honduras.

En los últimos años, bajo la inspiración de las últimas Congregaciones Generales y de las propias realidades, en la región latinoamericana se han compartido experiencias, pruebas, errores y aprendizajes, sobre los cambios que se requieren para responder a la misión compartida que los signos de los tiempos nos están interpelando. Los retos y desafíos señalados a continuación nacen precisamente desde una mirada y reflexión que se nutre de diversos niveles y experiencias: con los pies asentados en la realidad una obra social en Honduras (ERIC-Radio Progreso), codo a codo con otros y otras en la Comisión de Apostolado Social de la Provincia Centroamericana y con la mirada más amplia de la Red Jesuita con Migrantes de América Latina y Caribe.

El camino se hace al andar, con un horizonte: la audacia de lo improbable

El primer y necesario punto de partida es el reconocer que este camino ya se ha comenzado a andar y no hay marcha atrás. En muchas obras, dimensiones, provincias, redes y Conferencias se ha avanzado en buscar la mejor manera en que las estructuras y liderazgos responden a la realidad y a la misión en la que se insertan, y vencer la tentación de quedarse acomodados en unas estructuras rígidas e inamovibles.

Y para este camino, no hay mejor horizonte inspirador que el lema que el Padre dominico Bruno Cadoré dejó en la misa inaugural de la Congregación 36, y que recogió el Padre General en su primera homilia: «¡Tengan la audacia de lo improbable, de buscar eso que es difícil, eso que parece imposible!» Esta es una llamada a ser audaces en nuestra forma de pensar, de vivir, de soñarnos, de re-imaginarnos en una forma más radical. ¿Cómo nos soñamos impulsando la justicia social y la ecología? ¿Cómo soñamos la dimensión social de la Compañía de Jesús? ¿Qué cambios hay que hacer en nosotros y nosotras, en nuestras maneras de hacer, en las estructuras, para lograrlo?

La audacia de lo improbable supone también entender que el camino se hace al andar, y debemos tener la valentía de asumir riesgos, de perderle el miedo a equivocarnos, de arriesgarnos a avanzar a base de prueba y error; de salir de nuestras casas, instituciones, modos de hacer “de siempre”; e ir a la calle, al barrio, a la comunidad, y desde esas realidades repensar y actualizar la identidad de la misión apostólica y el carisma ignaciano tanto en el trabajo intelectual, social, espiritual y pastoral. El Papa Francisco nos dejó claras las señales de este camino en la Evangelii Gaudium (EG 42): “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que un aIglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.”

¿Qué desafíos nos plantea la realidad de las personas empobrecidas y excluidas?

El punto de partida del camino también está claro, la opción preferencial por los pobres. Por eso, la pregunta a hacernos es: ¿qué liderazgo y gobierno necesitamos para la promoción de la justicia y la ecología desde y con las personas empobrecidas y excluidas? Esta pregunta así planteada nos lleva a tener cuidado con las tentaciones, asumir desafíos, tomar decisiones y definir prioridades:

Tener cuidado con la tentación de vivir en el encierro, en la bastedad, en el ensimismamiento y en nuestras propias seguridades y zonas de confort. La tentación de pensarnos “en la avanzada” de la Iglesia y no abrir los ojos a los signos de los tiempos. La tentación que supone el quedarse encerrado en grandes estructuras, burocracias, planificaciones estratégicas, como si fueran un fin en sí mismo, e irse alejando, sin querer, de la realidad violenta, incierta y dolorosa de los pobres. El peligro de intentar encajar las realidades tan cambiantes y diversas de nuestros pueblos en nuestras obras y planes apostólicos, y olvidarnos que el sentido de estos últimos es precisamente el ir cambiando para dar un mejor servicio en cada momento de la historia.

Asumir el desafío de entendernos y construirnos hoy de la manera más sencilla de ser Iglesia, y sabiendo ser conciencia crítica y propositiva en una sociedad pluralista, violentada y compleja. ¿Qué rasgos ha de tener esta Iglesia para saber situarse con sencillez, pero con firmeza, en el centro de las tormentas sociales, políticas y culturales de nuestro tiempo?

Tomar decisiones y definir prioridades que promuevan la opción preferencial con las personas empobrecidas nos lleva a preguntarnos por la sostenibilidad de las obras que están en mayor cercanía e inserción. ¿Este es solo “un problema” de cada obra? ¿Es un problema de las parroquias rurales, de las obras en las zonas marginales, de las iniciativas de trabajo con los sectores excluidos, que suelen ser las que obtienen menos recursos económicos y humanos, y las menos respaldadas? ¿O es un desafío que debe asumir la Compañía de Jesús en conjunto, y concretarse en las prioridades a apoyar e impulsar desde las estructuras de gobierno? ¿Cómo se concreta la dimensión social de todas las obras de la Compañía de Jesús, de las Universidades, de los colegios? ¿Se le da prioridad suficiente a la cercanía e inserción con los empobrecidos en los planes de formación, en los destinos, en las planificaciones, en los recursos...?

¿Qué desafíos nos plantea el querer contribuir a cambiar esa realidad?

El primer desafío que nos plantea esta pregunta es el de la despolitización o el miedo a “lo político”. ¿Cómo se redefine hoy el papel de la Compañía de Jesús en anunciar y proponer transformaciones? Esto supone redefinir la relación de la fe con la política y el poder; la relación con los movimientos sociales y los partidos políticos. ¿Cuál ha de ser nuestro lugar y nuestro aporte dentro de las luchas sociales y políticas para las transformaciones? ¿Cuáles son los canales actuales para nuestro compromiso político, con nuestro compromiso con la construcción de lo público? ¿En qué espacios nos podemos hacer estas preguntas?

No podemos transformar solos, necesitamos abrirnos a otros sectores, personas, organizaciones. Y para ello, necesitamos actitud de humildad, escucha y espíritu de servicio, sin protagonismo, pero con decisión. Debemos estar atentos y atentas a la inercia en la que nos podemos ver atrapados, de pensar que solo entendiéndonos con las cúpulas dirigentes se logran las transformaciones. Sin desechar la importancia de lograr impacto en los espacios donde se toman las grandes decisiones, no nos podemos olvidar que la legitimidad y el sentido vienen dados por la cercanía con la realidad sufriente, a partir de la cual se reflexiona, se construyen propuestas con otros y se busca incidir sobre ella.

1

Cuerpo, Sujeto, colaboradores... Somos compañeros y compañeras de camino

Una de las prioridades del Plan Apostólico Común (PAC) de la Conferencia de Provinciales de América Latina y Caribe (CPAL) es precisamente el fortalecimiento del cuerpo apostólico y la colaboración en la misión, cuya idea central es “adecuar nuestras estructuras, estilos de gobierno y de gestión para la misión en colaboración con otros”. En la revisión que se hizo del PAC en marzo de este año, se reconoció que vamos caminando en la construcción de este cuerpo apostólico nuevo. Y también se identificaron varios desafíos: La necesidad de mayor reflexión y claridad sobre lo que significa la “colaboración” desde las distintas vocaciones, identidades y realidades. De profundizar en el cuidado de las personas, el sentido de la comunidad y el discernimiento en común, y de avanzar en la corresponsabilidad en la gestión de las instituciones.

En mi experiencia del día a día, como mujer laica, se trata, ni más ni menos, de cómo irnos haciendo compañeras y compañeros de camino. Que hombres y mujeres, jesuitas y laicado, jóvenes y personas adultas, pongamos nuestros talentos y carismas, diversos y complementarios, al servicio de la Misión Compartida. Que partamos de que nadie sabe más que nadie sobre la vida en comunidad, sobre la espiritualidad y el compromiso, sino que cada uno lo vive desde sus diversas realidades. Que podamos compartir nuestros proyectos de vida, e interpelarnos mutuamente de cara a la misión conjunta. Porque en esta diversidad, lo que nos une es el compromiso con los empobrecidos y excluidos.

Y en este sentido, hay un llamado a preguntarnos, jesuitas, laicas y laicos, ¿somos testimonio de compromiso, mística, para responder a los desafíos de la historia que emergen desde la marginalidad de las víctimas? ¿La formación a la juventud, jesuita y laica, despierta este espíritu y testimonio? ¿esta formación y acompañamiento ayuda a concebir el poder y los cargos desde el servicio, la humildad, la competencia y la responsabilidad? ¿Los procesos que llevan los jóvenes jesuitas promueven el fortalecimiento del cuerpo apostólico, con relaciones de cercanía e igualdad en la diversidad? Por otro lado, es un hecho que la involucración de los laicos y laicas en la respuesta a los desafíos apostólicos ha aumentado. Pero no siempre esa colaboración, que quiere ser horizontal, encaja con las estructuras y dinámicas tradicionales verticales.

Por otro lado, una de las grandes tareas pendientes, y a menudo invisibilizada, es el reconocer que la Compañía de Jesús, como parte de una sociedad patriarcal, debe avanzar a buscar a lo interno las maneras de construir nuevas relaciones de género. Hay experiencias positivas y prometedoras, como el proceso que ha comenzado en la Provincia Centroamericana, para identificar los cambios y mejoras internas que permitan alcanzar la justicia de género, y que comenzaron de la mejor manera: escuchando a las mujeres.

En REDarnos, la apuesta de la CPAL

Una de las apuestas más claras de la CPAL en cuanto a los modos de proceder se refiere a la necesidad de profundizar en la colaboración entre obras para poder atender a unos retos apostólicos que cada vez son más complejos y necesitan ser abordados de forma conjunta y complementaria, con modelos apostólicos integrales. Y en este sentido, ya desde hace un tiempo se ha priorizado el impulso del trabajo intersectorial y de las redes, y se ha avanzado en la creación y consolidación de redes y alianzas intersectoriales.

Este es un recorrido de largo aliento, en que hay que ir reflexionando sobre la práctica y buscar aprendizajes que permitan mejorar y atender los desafíos que plantean. Precisamente, una de las conclusiones de la revisión de medio término del PAC en marzo de 2017, fue la necesidad de seguir revisando las estructuras de gobierno, para gestionar de forma creativa las tensiones lógicas entre lo local (provincial) y los regional/global (CPAL), que permitan mantener la vitalidad enraizada en cada contexto al tiempo que se crece en la articulación en red.

El apostar por la colaboración y el trabajo en red supone también un cambio de lógica en los liderazgos, empezando con los cambios de lenguaje, que se producen, por ejemplo, cuando dejamos de “dirigir” una obra, con línea de autoridad, y pasamos a “coordinar” una red o un proyecto intersectorial, que implica impulsar propuestas sin línea de autoridad, basada en lograr consensos, coordinaciones colegiadas y trabajo en equipo, con capacidad para mantener el equilibrio entre lo local y lo global, y para identificar los retos apostólicos compartidos, y por lo tanto, los logros y los fracasos colectivos. Se trata de romper la lógica individual, para pensar en sujetos colectivos.

Cambio de sentido, en todos los sentidos

Como dicen que es mejor dejar lo mejor para el final, tal vez nada de lo escrito sirve sin tener claro que la condición de posibilidad es asumir que es necesario realizar, desde el corazón y la razón, un cambio de sentido. Y que esto no es fácil. Estamos acostumbrados, en nuestras sociedades, y también en la Compañía de Jesús, en pensar “de manera individual, vertical y de arriba hacia abajo.” El gran reto es sentir y pensar de manera colectiva, horizontal, y de abajo hacia arriba. Para transformar, hay que transformarse. No podemos buscar una sociedades democráticas y solidarias y no avanzar hacia obras democráticas y solidarias. No podemos buscar transformaciones si nos dan miedo los cambios hacia dentro.

2

Fuente

Comentarios