Rol de la Iglesia y de la Compañía de América Latina en la solidaridad con el cambio venezolano

Compartimos el texto del jesuita venezolano de origen español, Pedro Trigo, sobre las acciones posibles de la Iglesia y de los jesuitas para superar la crisis venezolana.

1. Qué cambio queremos y a qué cambio convocamos

Antes de desarrollar el tema, digamos de entrada que el cambio por el que trabajamos y para el que pedimos solidaridad, no consiste meramente en salir de Maduro y más en general de los chavistas. Eso sería radicalmente insuficiente. Chávez instauró un régimen totalitario, aunque fue fallido. Ahora lo que tenemos es una dictadura, pero con métodos totalitarios[1]. El problema es que como una fuente de su totalitarismo (además de su mentalidad castrense que sólo concebía una conducción no deliberante y de su aceptación del comunismo) fue su capacidad monstruosa de sugestionar a la gente para que se entregaran a él, que supuestamente conocía y quería su verdadero bien. Esas personas, que llegaron a ser la mayoría de los venezolanos, perdieron su condición de sujeto y su responsabilidad. Por eso decían con orgullo: “yo soy Chávez”, sin percibir la alienación que entraña esta confesión. Y también coreaban: “todos somos Chávez”, con lo que confesaban que habían perdido la subjetualidad social.

La base del cambio, para que sea superador, consiste, pues, en recuperar la condición de sujeto con la responsabilidad que entraña. Tanto de sujeto personal, como social y comunitario. Eso implica dejar de depender síquicamente y ser responsable de su vida y ejercer humanizadoramente esa responsabilidad recuperada. Es, por tanto, dejar también de aprovecharse de la situación. Es además lograr que las comunidades, grupos y organizaciones sean realmente de base y no correas de trasmisión de los dictados del gobierno. Es logar una genuina democracia: poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y no, poder del caudillo y sus secuaces y quienes pactaron con ellos, ejercido discrecionalmente y a su servicio. Pero tampoco, como sucede en la mayoría de los países de América Latina y del mundo, para el provecho de los de arriba. Este es el peligro inminente que se nos viene encima y si se concreta, volverá el chavismo porque al pueblo le irá tan mal como ahora. Como se ve, no es un cambio meramente político, sino que entraña la reconstrucción del tejido social y, más al fondo todavía, de la humanidad de los seres humanos y la recuperación de la responsabilidad y de la democracia real y no meramente procedimental.

A estas alturas nuestro mayor temor, por los aliados venezolanos que hacen lobby con Trump y sus socios latinoamericanos, que son la extrema derecha, es que quienes nos han apoyado y hasta cierto punto sustituido, porque ahora sí es verdad la guerra económica que invocaban retóricamente Chávez y sus epígonos, nos la cobren exigiendo que les entreguemos nuestros recursos, no sólo el petróleo, en asociaciones con corporaciones en condiciones desventajosas para el país. Y no sólo eso, también tememos que presionen para que el Estado sea de mínimos y por eso, de hecho, ampare a las grandes empresas y deje al pueblo más desamparado que ahora.

Para que sea un cambio humanizador, el sujeto del cambio tenemos que ser ante todo los seres humanos venezolanos y luego los solidarizados de otros países. Por tanto, queda excluida una intervención militar extranjera, por la que suspiran no pocos de clase media y, más aún, alta. Y más generalmente quedan excluidos los métodos incompatibles con la dignidad del ser humano. En primer lugar, la salvación por el uso de la fuerza. El modo de producción determina el producto: acabar con una dictadura que emplea métodos totalitarios usando unos métodos no democráticos, no conducirá nunca a una genuina democracia. Nos distanciamos, pues, absolutamente de los partidos que se la juegan toda en salir de esto a como dé lugar.

Con esta caracterización sumaria del cambio por el que trabajamos, hemos direccionado ya la solidaridad que pedimos.

2. Qué implica cristianamente ejercer hoy la solidaridad

Conllevarse mutuamente (cf Col 3,13), según Jon Sobrino[2], es el contenido de la solidaridad cristiana. Puede que no haya correspondencia, pero en la intención del solidario, la aspiración es a la reciprocidad. No por ningún egoísmo. La solidaridad nada tiene de común con el do ut des (te doy para que me des) romano, que sigue siendo el paradigma del orden establecido. La solidaridad es siempre desinteresada. Pero, además, la fraternidad está en la entraña del solidario y la fraternidad es una relación mutua. Y, más en el fondo, porque el solidario es persona y la persona se diferencia del individuo y del sujeto, los otros dos componentes del ser humano, porque es relación constituyente, relación gratuita, horizontal y abierta, desde lo más genuino de cada uno[3].

También, y podemos decir que más, el conllevarse mutuamente está en la entraña de la solidaridad entre las Iglesias y, por consiguiente, entre las diversas provincias de la Compañía, que forman o al menos deben formar un solo cuerpo. Es el contenido primigenio de la primera comunión o primera eclesialidad, porque es la que constituye a la Iglesia: llevarnos mutuamente en nuestra fe, en nuestro amor fraterno y en nuestra vida concreta. La segunda eclesialidad, que existe únicamente para cualificar la primera, es la comunión de la institución eclesiástica con todos los fieles cristianos y la comunión de los fieles cristianos con la jerarquía[4]. La Iglesia se desnaturaliza cuando se pasa por alto la primera comunión y sólo se insiste en la segunda parte de la segunda. Lo único sagrado de la Iglesia, porque es lo único que permanece, es la primera comunión: en el cielo no habrá papas ni obispos ni presbíteros ni religiosos ni laicos sino hijas e hijos de Dios y hermanas y hermanos, en Jesús de Nazaret, el Hijo único de Dios que se hizo nuestro Hermano irrevocable. Por eso el ejercicio de esta primera comunión, que constituye la solidaridad, es ejercicio primario de la condición de cristiano como una cualificación de nuestra condición humana. Tener la oportunidad de ejercer la solidaridad es así tener la oportunidad de humanizarse, una oportunidad que no se puede desaprovechar.

Así pues, la solidaridad es lo más medularmente humano y cristiano. Pero hoy tiene que realizarse en una figura histórica que la desconoce e incluso que positivamente la niega, como insiste el papa Francisco. Sólo la acepta como altruismo supererogatorio, no como relación constituyente de la condición de persona. Por eso tiene que ser asumida muy consciente y premeditadamente por cada ser humano y por cada cristiano y por cada comunidad, grupo y asociación, porque, de lo contrario, o no existirá o se dará al modo del bienhechor: desde arriba y sin compromiso personal con los afectados y, por supuesto, sin relación mutua. Es la diferencia entre lo que se llama solidaridad pasiva y activa[5]: la primera da, por ejemplo, dinero, pero sin involucrarse personalmente. Tanto más da, cuanto más mala conciencia tiene por evitar ser afectado e implicarse.

Así pues, es crucial practicar la solidaridad, que textualmente significa una relación tan constituyente con otro u otros que llega a hacerse un cuerpo sólido con ellos[6]; pero es muy difícil, porque exige desmarcarse del orden establecido, lo que tiene costos muy elevados. Así pues, si lo miramos bien, deberíamos estar agradecidos con los que con su necesidad y tal vez con su llamado expreso nos invitan a solidarizarnos. Pero no pocas veces tendemos a verlos más bien como los que nos sacan de quicio. Eso sentimos nosotros cuando nos vienen a pedir comida y tenemos justo para nosotros. No falta alguien de la comunidad que alegue algo para descalificar al que pide, que, en todo caso, tiene hambre y no puede satisfacerla por sí. Pero algo tenemos que quitarnos de la boca y, cuando se tiene necesidad, duele. Por eso practicar la solidaridad exige estar sobre nosotros mismos para que aflore lo mejor y no nos dejemos llevar por pulsiones elementarizadas.

Queda claro que la práctica de la solidaridad no incluye sólo relaciones horizontales y gratuitas: dar de nosotros mismos y recibir el don del otro, si tiene a bien dárnoslo. Incluye también expresamente tener esas relaciones con el necesitado. Lo que significa que estamos abiertos a su mundo, incluso que vamos a él o que él viene a nosotros demandando ayuda.

En realidad, si lo miramos bien, todos somos necesitados y por eso todos damos de nuestra pobreza. Pero, de hecho, tendemos a dejar en la penumbra esa condición cuando tenemos suficiencia de los bienes indispensables para subsistir y de otros que se estiman en el orden establecido. Y, sin embargo, esa conciencia de nuestra menesterosidad es crucial para practicar genuinamente la solidaridad. Si nos creemos autosuficientes, en el sentido más literal, sin que eso implique ningún orgullo ni creernos más que nadie, nuestra relación es unidireccional: nosotros somos los que damos y ellos los que reciben. Si somos conscientes de nuestra elemental necesidad, damos de nuestra pobreza y por eso damos horizontalmente, incluso abiertos a la posible y deseada correspondencia del otro.

Esta es la solidaridad cristiana. Por eso Pablo insiste que Jesús nos enriqueció con su pobreza (2Cor 8,9). Y es claro que fue así porque, si no tenía dónde reclinar la cabeza, él se dio completamente, pero también recibió cada día comida y alojamiento. Se puso en manos de los que, por su medio, se habían puesto en manos de Dios. Así instauró la reciprocidad de dones.

3. Necesitamos ayuda humanitaria

Nosotros estamos viviendo en Venezuela una situación tan mala que nadie que tenga cierta edad pudo imaginar ni de lejos que pudiéramos llegar a caer tan bajo y, lo que es peor, la vivimos como un pozo sin fondo: cada día vamos a peor y cada día abundan más los que ya no pueden más, los que no tienen recursos para mantenerse en vida. Y además no vemos salida porque ellos tienen todo el poder. Sólo negociarán cuando no puedan sostenerse económicamente y por eso, como son incapaces de producir y no quieren que produzca la empresa privada, están vendiendo el país a empresas trasnacionales y esquilmándolo para tener cómo. Aun así, lo hacen tan mal que tal vez no les alcance. También está menguando su clientela y mucho más los que apoyan convencidos. También esto los debilita cada día más.

La situación está tan mala para los ciudadanos que no pertenecen al gobierno ni se aprovechan de la situación ni se reducen a la condición de clientes, que, por ejemplo, casi ninguna comunidad de jesuitas gana lo suficiente para comer, mucho menos para vivir, y eso que por lo regular todos trabajamos en algo remunerado y aportamos lo que nos dan y no tenemos mujer e hijos a nuestro cargo y no comemos exquisiteces sino lo básico y vivimos sencillamente. Lo mismo les pasa a los párrocos de barrio y de zonas populares e incluso de clase media baja e incluso a bastantes obispos. Conozco a uno, del que fui compañero muchos años en la facultad de teología, que tiene que hacerse la comida y lavarse la ropa y no le llega. Y no es el único. Tampoco les llega a los docentes, no sólo de planteles populares sino incluso a los universitarios. Eso mismo podemos decir de los médicos, fuera de alguna clínica privada muy exclusiva. Si eso pasa con la comida, mucho más pasa con las medicinas o con algo que haya que arreglar en la casa. Por eso, para poner un ejemplo, la mayoría de los carros privados no funcionan por tener algún desperfecto y no tener cómo arreglarlo. Y como lo mismo pasa con el transporte público, trasladarse de la casa al trabajo y regresar es algo tremendamente azaroso y económicamente costoso. Por eso con cierta frecuencia los docentes no llegan al plantel. La señora que limpia en el Gumilla, por ejemplo, que vive en una ciudad dormitorio, tiene que pararse a las tres y media de la mañana para llegar a las ocho y media y a veces se demora una hora más. Que en esas condiciones todavía sonría y trabaje con toda normalidad es una heroicidad diaria. Yo voy desde el año 74 a un barrio que está en la punta de un cerro del noreste de Petare, el barrio más populoso de Caracas. Pues bien, durante dos meses no he podido ir porque no había ningún transporte en toda la zona, que tiene como 20.000 habitantes. A mí me daba rabia no poder ir, pero lo sentía mucho más por los habitantes de la zona que no tenían cómo ir al trabajo ni comprar comida ni ir al médico si se ponían enfermos y que, si lo hacían, tenía que ser caminado más de una hora en una pendiente muy pronunciada.

En estas circunstancias tan adversas la gente reduce al mínimo sus necesidades y trata de vivir como puede, la mayoría, sobre todo de gente popular, haciendo de la necesidad virtud. También, sobre todo a nivel popular, se ha desatado la solidaridad. Es lo que dice Pablo a los gálatas, explicando cómo vivir en la libertad que nos ha dado Cristo, sin recaer de nuevo en la esclavitud (5,1).

Tiene dos componentes: primero llevar cada uno sus propias cargas (6.5), no recargarse en nadie, no vivir como un parásito ni como un cliente, en nuestro caso del gobierno. Y, sobre esta base, ayudarse mutuamente a llevar las cargas (6,2). Es lo que la gente dice: “hoy por ti, mañana por mí”. Hoy, que puedo, te ayudo; mañana, si puedes, ayúdame tú.

En esta situación de tanta necesidad es muy bienvenida la ayuda humanitaria, sobre todo en medicinas, también para comprar comida, ya que el gobierno no permite que se traiga de fuera, porque la requisa, cosa que ha hecho también con medicinas. Toda esta ayuda es muy de agradecer. Hablo de ayuda humanitaria en sentido lato, porque en sentido técnico (“emergencia humanitaria compleja”, sería la caracterización del caso venezolano, aunque actualmente, mientras escribo, sin luz y sin agua llega a la caracterización de desastre) como el gobierno no la pide ni la acepta y como la situación no es una emergencia, sino que en la mejor de las hipótesis llevará bastantes años superarla, no vemos fácil que se dé y mucho menos que llegue a su destino y sobre todo que creará unas expectativas que no puede satisfacer. Por eso la ayuda más eficaz será de instituciones solidarias, más fácil todavía si son cristianas, por la confiablidad y porque pueden encontrar más cauces para que lleguen a su destino real, un destino muy focalizado.

No sólo para la gente empobrecida, incluso para las instituciones sin fines de lucro, sobre todo las de contenido social (concientización y promoción) y las de derechos humanos, la ayuda económica es absolutamente imprescindible. Nosotros en el Gumilla no podríamos subsistir sin estas colaboraciones fraternas que apreciamos muchísimo. Este primer contenido de la solidaridad es para nosotros imprescindible. Y es costoso para el que resuelve hacerlo. Y en la situación tan dura en que se encuentran bastantes países hermanos implica un verdadero sacrificio, que entraña una dosis notable de amor solidario.

La ayuda humanitaria es absolutamente imprescindible. Pero tiene el peligro de convertirse en dependencia. Un peligro muy difícil de superar porque no se trata de una desgracia temporal sino de una situación cada día peor, pero estable. Lo más deseable sería combinar esta ayuda con la promoción para poder conseguir empleo y para el emprendimiento. Hay que hacerlo, pero cada día cierran más empresas y las que no, sobreviven. Si el gobierno o las bandas o ambos combinados roban lo producido en todas las fases del circuito económico y además no hay insumos ¿qué aliciente puede tener el emprendimiento?

Hay que procurar siempre que las parroquias y los planteles educativos y más en general la pastoral y las instituciones sociales lleguen a convencer a los que usufructúan sus servicios de que algo, aunque sea simbólico, tienen que colaborar; aunque por otro lado sea incomparablemente más lo que reciban. Esto es importante para que todos tengan o, mejor, tengamos, conciencia de la condición de sujetos, de que no somos simplemente una mano tendida. Así, cuando haya más posibilidades podrá sustituirse gradualmente lo recibido como ayuda solidaria por las contribuciones de los usuarios.

Claro está que se puede recibir dinero para mantenerse y, sin embargo, conservar la iniciativa, la creatividad, y, por supuesto, la responsabilidad personal e incluso la combatividad. Eso no sólo puede pasar, sino que pasa. Pero hay que tener muchísimo cuidado de no caer en la condición de dependencia, una condición antropológica, que supone la condición de minoría, que es despersonalizadora, la actitud opuesta a la de llevar cada uno su propia carga (Gal 6,5). Una condición, repitamos, en la que ha caído una parte considerable, aunque minoritaria, del pueblo venezolano.

4. Para ser solidarios de manera integral se precisa que nuestro ámbito vital sea realmente América Latina

Pero contentarnos en esta ayuda, que, insisto, es indispensable y para nosotros muy apreciable, sería estimarlos poco a los que contribuyen solidariamente. Sería pensar que ustedes son unos bienhechores y nosotros una mano tendida. Significaría que nosotros nos consideramos como meros carenciados y que sólo nos interesan ustedes en cuanto satisfactores de nuestras carencias.

Pero como no somos meros carenciados sino personas que aspiramos a vivir con dignidad y por eso no nos vendemos al gobierno ni nos aprovechamos de la situación ni nos dedicamos a llorar el bien perdido y a maldecir a los causantes de esta situación, sino que queremos vivirla proactivamente, venciendo al mal a fuerza de bien (cf Rm 12,21), no los consideramos a ustedes como meros bienhechores nuestros, sino como hermanos queridos, embarcados en el mismo barco y con la misma misión, como compañeros del mismo camino[7].

Por eso en este trance tan desgastante nosotros necesitamos sentir que ustedes están con nosotros. Que no vivimos solos este trance. Que ustedes nos ayudan y, más todavía, nos acuerpan. Que marchamos juntos construyendo una alternativa superadora. Esta compañía en la vida y en la lucha es lo que más ansiamos nosotros y lo que más puede contribuir a la humanización de ustedes y al ansiado cambio en el país, un cambio realmente alternativo, y de un modo indirecto, pero realísimo, a afinar la marcha alternativa en sus propios países.

Por nuestra parte nosotros les compartimos nuestras penas y los aprendizajes que vamos haciendo y los que va haciendo nuestro pueblo y los que viven sin aprovecharse de la situación y sin estar todo el día maldiciéndola.

Si somos auténticos cristianos, un componente ineludible de ese llevarnos mutuamente es la oración. Es el indicador de que estamos ante Papadios, no como individuos sino como hermanos. Es el indicador de que nos llevamos no sólo como miembros de una organización, que eso sería meramente corporativismo, muy apreciado por cierto en el orden establecido, sino como personas. El conllevarnos llega entonces a ese núcleo trascendente de nuestra relación con Dios. Dios es nuestro Dios, el que nos hermana.

Nosotros les pedimos que nos lleven así ante Dios, que nos encomienden, que intercedan por nosotros, sobre todo, por los más desasistidos, por los enfermos de mengua, por los que no encuentran trabajo y por los que se matan a trabajar porque se requiere su ayuda, aunque casi no ganan, y por todos los solidarios y por los que dan de su pobreza y por los que se las arreglan para sonreír a pesar de todo y también por las familias rotas por los que se han tenido que ir del país. Que pidan también porque se vaya dando ese cambio antropológico que es la base de todos los demás cambios y por la rehabilitación de los que causaron y mantienen a sangre y fuego este desastre. Nosotros también, al dar gracias por ustedes, pediremos que Dios se lo pague, porque sólo él puede retribuir congruamente su generosidad, su dar de sí, y más en particular pediremos además que también puedan construir una alternativa superadora en su país.

Ahora bien, comprendemos que este conllevarnos que pedimos no es fácil porque Nuestra América está atravesando un trance muy amargo con el desgaste de la izquierda[8], el triunfo en casi todos los países de la extrema derecha, la consolidación de una brecha social creciente (la más alta del mundo) y la percepción de que en este trance de globalización despiadada no parece que hubiera mucha capacidad de maniobra y casi todas las energías se van en un trabajo cada vez más exigente y menos gratificante y que proporciona pocas posibilidades para vivir y deja pocas energías sobrantes para pensar en los demás.

Y, sin embargo, también sentimos en Nuestra América que encerrarnos, como quieren los de arriba, en el horizonte que nos ofrecen de hormigas laboriosísimas y disciplinadas, que constituye el paradigma de Babel, es aceptar un modo de vivir en el que no cabe la solidaridad y ni siquiera la humanidad y en el que el cristianismo es algo meramente compensatorio y consolatorio, pero ineficaz: el alma de un mundo desalmado[9]. ¡No le demos la razón a Marx!

Por eso tener solidaridad les exige vivir, como nos exige a nosotros, en un horizonte alternativo. Y, como indicamos, eso tiene unos costos muy elevados. Y a nadie se le puede exigir. Es una decisión que nos pide el Dios de Jesús y también lo más genuino de nosotros mismos y los pobres. Pero una decisión que la tiene que tomar cada cristiano y cada Iglesia y cada provincia y cada obra y comunidad.

Vivir realmente en Nuestra América, de manera que ella sea nuestro ámbito vital, sin confinarnos en nuestro entorno inmediato y a lo más en nuestro país, supone un salto cualitativo, pero no inédito. Hemos vivido así desde Medellín hasta avanzados los años ochenta. En ese tiempo, los que aceptamos las propuestas de Medellín vivimos en lo que en aquel momento se decía la Patria Grande[10]. No vivimos confinados ni en nuestra diócesis ni en nuestra congregación religiosa ni en nuestro país ni en nuestras instituciones. Los nuestros, con los que y por los que luchábamos, eran los pueblos latinoamericanos, y nuestras referencias reales eran los líderes que habían logrado que existiera la Iglesia latinoamericana como tal, nuestros modernos Padres de la Iglesia[11], pero también lo que iban haciendo en esa dirección muchas personas y grupos. No los sentíamos ajenos, sino compañeros de camino y fuente de inspiración en el sentido más denso de la palabra: por ellos nos hablaba Dios dándonos luces, confortándonos, señalándonos caminos.

Nosotros en SIC, en la sección de documentos, publicábamos constantemente escritos de esos obispos y de grupos en esa onda para alimentarnos los que andábamos en esta dirección, que no era la de la mayoría de obispos y curas de Venezuela. Nosotros nos sentíamos con ellos y esos escritos nos daban luces y horizonte concreto. Incluso hubo una gran movilidad: nos visitábamos y ayudábamos y éramos referencia unos de otros. Concretamente los centros sociales de la Compañía nos visitábamos y reuníamos y se puede decir que marchábamos juntos.

Gracias a Dios esto no ha cesado del todo. Aunque hoy no es lo que da el tono. Tampoco es residual, pero sí minoritario. Una necesidad para ser solidarios (en concreto estoy hablando de nuestra situación venezolana, pero se dan otras muy acuciantes como la de Haití y la de Honduras y más en general la parte norte de Centroamérica, cuyo estado invivible lo evidencian las migraciones) es sentirnos de nuevo en América Latina, formando parte de sus pueblos, que la tienen tan difícil y de los profesionales solidarios, y sentirnos en la Iglesia latinoamericana, formando parte activa de ella: de su vida, de su historia, de sus vicisitudes; sentir que sus grandes pastores son los nuestros y alimentarnos de ellos, lo mismo que de lo mejor de su teología, de sus grupos y movimientos, de sus creaciones en todo orden y también de sus vicisitudes, de su pasión y de su resurrección.

Para esto nos ayuda sobremanera el papa Francisco, expresión verdaderamente paradigmática de lo más universal que tiene nuestra Iglesia latinoamericana, universal por haber ido hasta el fondo de su realidad y de la actuación del Espíritu de Jesús en ella. Para esto nos ayuda también la canonización de Monseñor Romero. Ya era para nosotros san Romero de América[12]. Pero es bueno que haya sido reconocido. Es el cristiano y el pastor en el que encontramos de manera más nítida el equivalente para nuestra situación de lo que Jesús hizo en la suya. La tuvo bien difícil y, sin embargo, no vivió en trance sino en la cotidianidad de su pueblo, acuerpado por él y llevándolo desde su entrega indivisa a Dios y a Jesús. Sus palabras y su vida entera siguen iluminándonos y alimentándonos. Hay que decir que su actuación provocó una gran solidaridad y que ella, como lo dice constantemente en sus homilías y también en los discursos de reconocimiento[13], le dio mucho ánimo y se sintió realmente acuerpado, a la vez que nos llevaba a nosotros. Expresión sobresaliente del conllevarnos mutuamente, que es el horizonte que preside esta propuesta.

5. Que haya solidaridad con los pobres es el requisito para que otros se solidaricen con los solidarios: grado en que este requisito se da entre nosotros

Es cierto que donde hay solidaridad con los pobres, en ese sentido denso del que hemos hablado, que ejemplifica monseñor Romero, se provoca solidaridad. Repitámoslo: en el orden establecido no cabe la solidaridad, sólo las sociedades para hacer negocios con ganancias repartidas. La solidaridad se da entre los pobres no resignados ni clientes y entre los profesionales solidarios con los pobres y entre sí. La solidaridad se da entre las víctimas que no se resignan a serlo y de otros con ellas.

Nosotros no hemos llegado a ser del pueblo como monseñor Romero, que dio vida al pueblo y fue llevado por él[14]. No hemos llegado a tanto; pero sí es cierto que, aunque bastantes se aprovechan de la situación deshumanizándose y otros tantos viven como clientes, hipotecando su libertad y su dignidad, la mayoría de los venezolanos no nos aprovechamos de la situación ni nos pasamos la vida maldiciéndola, sino que tratamos de vivir con la mayor humanidad posible. Concretamente nosotros y muchos otros, además de lo dicho, trabajamos por ayudar a que se comprenda lo más analíticamente posible lo que vivimos y a que se asuma una postura responsable y solidaria respecto de ella. Y tratamos de hacerlo lo más profesionalmente posible, pero no como profesionales sino involucrándonos personalmente en lo que hacemos y por eso tratamos de que los equipos de trabajo lleguen a convertirse en comunidades de solidaridad[15]. Y creo que lo vamos logrando. También un número creciente de parroquias y de escuelas y colegios católicos, además de Cáritas, mantienen una solidaridad heroica dando de comer diariamente o en fines de semana a muchísimas personas y proporcionando medicinas a quienes no pueden conseguirlas, y, sobre todo, haciéndolo de tal manera que los que reciben se vean queridos y acompañados, a la vez que respetados, porque el ambiente es horizontal y cotidiano ya que bastantes que dan algo de lo poco que tienen o su tiempo y su experticia, lo hacen desde su pobreza.

Pero lo que tenemos para ofrecer, que es realmente un milagro en el sentido más denso de la palabra, es la vivencia cotidiana de muchísimos venezolanos que, teniéndolo todo tan cuesta arriba, no se dejan llevar por el abatimiento o por la rabia, no se concentran tampoco en sobrevivir a como dé lugar, sino que viven la polifonía de la vida[16], le dan a cada cosa lo suyo, mantienen una respectividad positiva, llevan el control de su vida y no dejan que se pierda la sonrisa. Esto sucede más en la gente popular que en las clases medias, en las que desgraciadamente no pocos viven la hipnosis del fetiche, maldiciendo todo el rato a quien le quita la vida, una vida tan amarga que no puede llamarse vida. Lo que da el tono en la calle no es eso sino más bien la existencia esponjada, a pesar de todo. Y no es algo que salga naturalmente. Eso parece; pero es el fruto de una decisión tan a fondo que, de tanto ejercitarla, se vuelve hábito. Es, pues, virtud; aunque no tenga nada de voluntarismo a contrapelo con el resto del ser, sino que entraña más bien, un alto grado de unificación personal, que sabe llevar con garbo incluso dosis muy altas de dolor. Estar en contacto con personas así tonifica. Eso es algo muy valioso que podemos dar al solidario que quiera venir a compartirlo[17].

Pero lo que más podemos dar, nuestro tesoro, realmente evangélico, son los pobres con espíritu: los que, estando en la raya de lo mínimo y no llegando muchas veces a ello, no se sienten desvalidos porque saben que pueden contar con Dios. Y por eso, porque viven con él, en circunlocución continua con él, no cara a cara sino codo a codo, comentando con él lo que pasa y lo que les pasa, se personalizan al máximo, viven en la realidad, haciéndola justicia y por eso conviven con respectividad positiva hacia todos, se cualifican, se responsabilizan de ellos y de los suyos y orean el ambiente donde viven con su actitud positiva. Tienen conciencia de sus carencias y de su íntima debilidad y se ven muchas veces al límite de sus fuerzas. Pero su vida nace de esa relación con Papadios, una relación en libertad mutua con quien saben que es la fuente de la vida y que es inmanipulable, pero que nos ama incondicionalmente. Por eso se sienten sostenidos por esa presencia, que les da paz, aunque a veces se sientan muy contrariados con lo que creen que es su proceder y discuten con él, a veces muchos días, hasta que la confianza vence al dolor. Tener hermanas y hermanos así en la comunidad cristiana o en el vecindario es una gracia de Dios. Estos pobres con Espíritu se encuentran, gracias a Dios, en toda Nuestra América. La expresión es precisamente de Ellacuría[18], que la saca de su experiencia en El Salvador. Es también lo que está en el fondo de esa expresión de una indígena boliviana que glosa tan certeramente Víctor Codina: “Diosito nos acompaña siempre”[19].

De una manera más general nuestra riqueza son esos pobres que, cuando no hay condiciones para vivir, no sólo sobreviven sino que viven y viven humanamente. Se puede afirmar como tesis que en estas condiciones estas personas que no pueden vivir de sí, pero que no se echan a morir ni se deshumanizan ni se mimetizan a los de arriba dando la espalda a los suyos, sino que viven humanamente y dan de su pobreza, viven en obediencia al impulso del Espíritu, a quien confesamos “Señor y dador de vida”[20]. No estamos diciendo que obedezcan siempre al Espíritu, pero sí que lo obedecen en esto tan sustancial. Porque, si no, no se explica que vivan y que vivan como viven. El Espíritu impulsa, no habla. Por eso la relación con él es obedecer a su impulso, que se da desde más adentro que lo íntimo nuestro. Es verdaderamente increíble y sumamente conmovedor ver rasgos así incluso en niños, que teniendo mucha hambre y recibiendo comida, la comparten con otros que tienen más necesidad o la guardan para su mamá que no ha comido nada.

Ahora bien, muchos que viven así, al dar razón de cómo pueden hacerlo, dicen que viven así porque tienen fe.

También se puede decir lo mismo de médicos o educadores que, no ganando para comer completo y habiéndose quedado casi solos en su trabajo por la emigración de la mayoría de sus colegas, comprenden que ahora es mucho más necesario su aporte y sacan fuerzas de flaqueza y dan lo mejor de ellos mismos, venciendo del cansancio que casi los derriba y de la indignación por la injusticia que se les hace.

Pedimos a nuestros hermanos latinoamericanos que nos ayuden a ayudar a todas estas clases de personas por las que tenemos que decir que, así como nunca habíamos estado tan mal y dudo que ningún país latinoamericano haya estado tan mal, así nunca había habido entre nosotros tanta calidad humana. Por estos hermanos nuestros sabemos que es verdad que “donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia” (cf Rm 5,20) y que se puede vencer al mal a fuerza de bien (cf Rm 12,21). Pedimos que nos ayuden a que todas estas personas, que sostienen en buena medida nuestra humanidad, puedan seguir viviendo y viviendo tan humanamente y humanizando a tantos.

Nos tienen que ayudar a ayudar a estos ayudadores eximios porque los curas y las religiosas y religiosos hemos disminuido muchísimo y nos hemos replegado en grandes instituciones dejando casi abandonado al pueblo y, además, no hemos estimulado suficientemente a los laicos y no les hemos dado lugar para que se organicen estable y dinámicamente. Por si esto fuera poco, el chavismo asumió no pocos grupos cristianos, a veces a la fuerza, a veces cooptando a grupos cristianos porque las denuncias que hacía Chávez eran certeras, porque además utilizaba fraseología afín al cristianismo y mantenía una circunlocución constante con el pueblo en la que no era fácil captar (ni para él mismo) que en realidad lo mediatizaba.

Lo que dijimos sobre los que obedecen al impulso del Espíritu y sobre los pobres con espíritu tiene que ver con su personalización que incluye la convivialidad. Las comunidades eclesiales de base y grupos y organizaciones no están en su imaginario y tienen que ser ayudados. Lo suyo son las acciones organizadas en las emergencias. No las comunidades, grupos y organizaciones. Las asumen muy proactivamente, pero para iniciarlas y consolidarlas tienen que ser ayudados, no sólo para que vean su pertinencia y se integren a ellos sino para que puedan llegar a llevarlos. Nosotros tenemos pocos ayudadores. Como Iglesia tenemos que volcarnos al pueblo, no sólo, como lo estamos haciendo, para darle ayuda humanitaria sino para aliarnos vitalmente con él. Lo que les pedimos a ustedes, nuestros hermanos latinoamericanos, lo tenemos que hacer también nosotros. En buena medida lo hicimos, pero hemos retrocedido, en parte porque somos muchos menos, y tenemos que volver a activarlo desde esta nueva situación. Como se echa de ver, ésta es una ayuda mucho más cualitativa y comprometedora. Tanto más cuanto que nadie anda sobrado. Para esto todos tenemos que dar un salto cualitativo, que es lo que vamos a proponer.

6. Lo más que pueden hacer por nosotros es que en esta situación nueva vuelva a existir la Iglesia y la Compañía latinoamericanas

La solidaridad más fecunda y evangélica es marchar juntos construyendo en nuestros países y en toda Nuestra América el cambio que Dios nos pide y la situación demanda. Eso sí que es conllevarnos mutuamente en la vida histórica. Por eso proponemos formar parte de un único proyecto de transformación superadora de Nuestra América, refractado en cada país. No un proyecto doctrinario, como con frecuencia lo propuso la izquierda, que sería el otro polo del totalitarismo de mercado que hoy existe globalmente y en Nuestra América, sino una transformación superadora de lo que existe, partiendo en cada caso, en cada situación, en cada país, de sus mejores virtualidades, desde un horizonte trascendente compartido. Por eso formar parte de un todo no supone en nuestra propuesta sacrificar lo mejor de cada realidad y de cada proceso, sino expresar la vida fraterna de las hijas e hijos de Dios desde las riquezas de cada pueblo, superando todo lo que la entraba. Así, al ayudarnos mutuamente, sacamos lo mejor de nosotros mismos y colaboramos para superar lo negativo.

Esta alternativa superadora no tiene que ser ante todo política. La política es una superestructura[21] y por eso no se mantiene en sí misma, como queda demostrado en no pocos gobiernos de izquierda que con la mejor de las intenciones se han visto impotentes para implementar lo que deseaban y habían prometido. Como insistió Ellacuría al Frente Farabundo Martí y luego a los sandinistas, lo social tiene prioridad sobre lo político porque tiene más densidad que ello y por eso debe mantenerse independiente, aunque ambos estén en el mismo horizonte[22]. Si el partido o el gobierno coapta a los grupos, organizaciones y movimientos sociales, se camina hacia un totalitarismo y ya no hay alternativa superadora, a pesar de que se la proclame con la mejor buena fe.

Eso lo tiene que tener en cuenta también la institución eclesiástica, no sólo para lo que diga a la sociedad sino para sus comunidades e instituciones cristianas y para los grupos de inspiración cristiana. Obviamente que la independencia que pedimos respecto de los partidos, también tiene que mantenerse respecto de la jerarquía, manteniendo en todo caso la comunión.

Ayudarnos unos países a otros, desde la propia experticia, a construir y fortalecer esos grupos y organizaciones y esas comunidades de base es una ayuda inmensa que podemos darnos. Y en concreto que nos pueden dar y nosotros también en lo que vamos logrando.

Y, para que el futuro hacia el que suspiramos no sacrifique al presente y para que lo que se haga no sea meramente organizativo y estructural, proponemos ayudarnos mutuamente a ir viviendo ya alternativamente, en una vida sobria, en la que las energías que no se dilapidan en el consumismo se emplean para recrear el tejido social en relaciones que acuerpen a las personas y cualifiquen la vida cotidiana y vayan recreando redes hacia una sociedad alternativa[23].

Podemos decir que esta sobriedad elegida, no ascética sino humanizadora y creativa es condición de posibilidad de una solidaridad como la que hemos descrito como expresión cabal cristiana. Dar, aunque sea mucho, desde una posición holgada, es dar de lo que nos sobra, que, según el pasaje del óbolo de la viuda, no expresa entrega personal basada en la confianza que da estar en las manos de Dios. El que está en manos de Dios no necesita más de lo necesario porque vive de esa relación que se expresa en la entrega a los hermanos, entre los que privilegia a los que tienen necesidad. Tenemos que ayudarnos a elegirnos así, a elegir este modo de vida con alegría, como un componente ineludible del seguimiento de Jesús de Nazaret, el que cuando salió a la misión no tenía donde reclinar la cabeza y por eso nos enriqueció con su pobreza.

Esta sobriedad no encogida sino entregada y por eso creativa, proactiva y solidaria está absolutamente excluida en esta sociedad regida por el totalitarismo de consumo. La razón es elemental: si cunde, el sistema es inviable. El sistema exige, por el contrario, que el circuito producción-consumo se amplíe cada día más y se acelere y por eso los bienes son siempre más perecederos. Por eso es una propuesta antropológica y societaria realmente alternativa.

Insistimos que nuestro propósito no es encogernos sino liberar energías para la solidaridad concreta que aspira a moldear una civilización alternativa, donde lo que se produzca sea verdaderamente valioso y en principio esté al alcance de todos mediante el estímulo de una emulación esforzada y cualitativa.

Desde esta propuesta la solidaridad que necesitamos y les pedimos será un bien para todos.

Notas

  1. Trigo, Pedro (2016): “Del totalitarismo a la dictadura”. ITER Humanitas n°26, pp. 9-32.
  2. En Sobrino, Jon (1992): El principio-misericordia. Santander: Sal Terrae, pp. 211-248.
  3. Trigo, Pedro (2018): La enseñanza social de la Iglesia. Caracas: Gumilla, pp. 41-58.
  4. Es lo que expresa la cita de san Agustín que trae la Constitución sobre la Iglesia del concilio Vaticano II: “para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Aquél es el nombre del cargo, éste el de la gracia; aquél el del peligro; éste el de la salvación” (Lumen Gentium n°32). Ver también esta cita del papa Francisco: “El Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia; sino dentro de ella como bautizado entre los bautizados y dentro del Colegio episcopal como obispo entre los obispos, llamado a la vez –como Sucesor del apóstol Pedro– a guiar a la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las iglesias” (Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (17/10/2015), AAS 107, 1144.
  5. Caritas española.
  6. Trigo, Pedro (2018): La enseñanza social de la Iglesia. Caracas: Gumilla, pp. 137-154.
  7. “Caminar juntos –enseña el Papa Francisco– es el camino constitutivo de la Iglesia; la figura que nos permite interpretar la realidad con los ojos y el corazón de Dios; la condición para seguir al Señor Jesús y ser siervos de la vida en este tiempo herido” (Discurso en la apertura de los trabajos de la 70a Asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, 22/05/2017).
  8. Trigo, Pedro (2017): “Repensar las izquierdas”. ITER Humanitas no 28, pp. 21-33.
  9. “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón”. En Engels-Marx (1974): Sobre la religión. Salamanca: Sígueme, p. 94.
  10. Bolívar Espinoza, Gardy Augusto y Cuéllar Saavedra, Óscar (2007): “Hacia la idea de la ‘Patria Grande’. Un ensayo para el análisis de las representaciones políticas”. Polis no 18. Extraído de https://journals. openedition.org/polis/4028 (19/03/2019)
  11. Bidegaín, Ana María (2018): Obispos de la Patria Grande. Bogotá: Celam; Comblin, José (2005): “Los Santos Padres de América Latina”. RLT no 65, pp. 163-172.
  12. Casaldáliga, Pedro (1984): “San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro”. En el poema “Oscar Arnulfo Romero”, del libro Experiencia de Dios y pasión por el pueblo, Santander: Sal Terrae.
  13. Para poner una cita de las cien que pudieran ponerse nos referimos a la nota titulada “La fuerza de la solidaridad”, que apareció, firmada por el arzobispo, en el órgano de la arquidiócesis Orientación, el 24 de julio del 1977. En Cartas pastorales, discursos y otros escritos. Monseñor Oscar A. Romero (2017, Tomo VII). San Salvador: UCA Editores, pp. 304-305.
  14. “Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor. Es un pueblo que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz”, el 18/11/1979. En Cartas pastorales, discursos y otros escritos. Monseñor Oscar A. Romero (2017, Tomo VII). San Salvador: UCA Editores, pp. 543-544.
  15. Trigo, Pedro (2008): “Horizonte de las comunidades de solidaridad desde la perspectiva fe-justicia”. En El cristianismo como comunidad y las comunidades cristianas. Miami: Convivium Press, pp. 109-137.
  16. Trigo, Pedro (2018): La enseñanza social de la Iglesia. Caracas: Gumilla, pp. 123-135.
  17. Así lo expresó Daniel Pardo, en su despedida de Venezuela, donde estuvo de corresponsal de la BBC/ Mundo.
  18. Ellacuría, Ignacio (1984): Conversión de la Iglesia al Reino de Dios. Santander: Sal Terrae, pp. 70-79.
  19. Codina, Víctor (2009): “La fe de los insignificantes”. RLT no 76, pp. 94-96.
20 Trigo, Pedro (1989): “Evangelización del cristianismo en los barrios de América Latina”. RLT no 6; Trigo, Pedro (2015): La cultura del barrio. Caracas: Gumilla, pp. 77-81.
  20. Marx, Karl (1973): “Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política”. En Marx-Engels, Obras Escogidas. Moscú: Ed. Progreso, pp. 517-519.
  21. Ellacuría, Ignacio (1987): “La cuestión de las masas”. ECA no 465, pp. 412-434.
  22. Ellacuría, Ignacio (1989): “El desafío de las mayorías pobres”. ECA no 493-494, pp. 1075-1080; y del mismo año “Utopía y profetismo en América”. RLT no 17, pp. 141-184. También, Sobrino, Jon (2007): “El pueblo crucificado y la civilización de la pobreza”. En Fuera de los pobres no hay salvación. Madrid: Trotta, pp. 17-38.

Fuente

  • Maritza Barrios y Marcelinio Visbal (Ed.). (2019). Búsqueda de Alternativas Políticas a la Crisis de Venezuela. Seminario Internacional. Caracas, Venezuela: Publicaciones UCAB (2019)
  • Fotografía cortesía de George Castellanos.

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