Un acuerdo de paz abre la esperanza en Centroáfrica

Dos semanas después, el país parece conocer una calma nunca antes conocida durante los últimos cinco años. Reportaje de JC Rodríguez para Religión Digital.

Las buenas noticias sobre África rara vez acaparan titulares en España. Este es el caso del reciente acuerdo de paz firmado en Jartum (Sudan) entre el gobierno de la República Centroafricana y 14 grupos armados el pasado 6 de febrero. Dos semanas después, el país parece conocer una calma nunca antes conocida durante los últimos cinco años. Aunque aún puede ser pronto para cantar victoria, sí que parece que empezamos a marchar por buen camino.

Como suele ocurrir en este país donde la violencia ha dejado a la gente viviendo con una enorme desconfianza, muchos son los que miran este nuevo documento con escepticismo. Muchos de las voces críticas argumentan que es el octavo pacto firmado desde 2013 y que los anteriores nunca fueron respetados.

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El acuerdo de paz fue firmado entre el gobierno de la República Centroafricana y 14 grupos armados el pasado 6 de febrero

Sin embargo, en el caso de los siete anteriores se trataron siempre de procesos de paz realizados a toda prisa, con pocas consultas y, sobre todo, firmados por personas que al final no tenían la representación necesaria de los grupos armados que decían representar. Así ocurrió en Libreville en enero de 2013, en Brazzaville en julio de 2014, y en Nairobi en enero de 2015.

Durante el Foro de Bangui, en mayo de 2015, yo mismo fui testigo de las negociaciones de varios grupos armados que se comprometieron a desmovilizar a los menores en sus filas, y a entrar en un proceso de desarme. El primer propósito lo cumplieron hasta cierto punto, mientras que el segundo hizo agua por todas partes desde el principio, sobre todo porque bastante de los líderes que firmaron en realidad no tenían el mandato de sus jefes.

El reciente acuerdo de Jartum no ha surgido de la nada. Durante casi dos años los mediadores de la Unión Africana han recorrido todo el país escuchando las reivindicaciones de los grupos armados, después consiguieron reunir a sus representantes durante varios días, en junio de 2018, para que concretizaran más los puntos que querían presentar al gobierno.

Se ha recorrido un largo camino, a menudo de forma discreta, que ha desembocado en la reunión que los representantes de los 14 grupos armados y del gobierno centroafricano tuvieron en Jartum. Representantes de la sociedad civil y de los grupos religiosos participaron como observadores. La Unión Africana llevó en todo momento las riendas, y la ONU apoyo con su presencia y consejo las conversaciones de paz.

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El hecho de que los mediadores pusieran su empeño en mantener la discreción durante las negociaciones, sobre todo cuando lidiaban con puntos muy polémicos y difíciles, hizo que circularan en las redes sociales multitud de historias falsas que, compartidas en Facebook o en Twitter, por desgracia crearon un ambiente de rechazo que no ayudo para nada. Se dijo, por ejemplo, que en el acuerdo había una amnistía, cosa que no era cierta. Muy comprensiblemente, en un país en el que se ha desarrollado una cultura de la impunidad durante décadas, nadie quiere ver como intocables a los responsables de matanzas y ataques contra civiles, y mucho menos que se conviertan en ministros.

Por desgracia, pocos días antes de que el gobierno y las milicias se sentaran a la mesa de dialogo, en Bangui hubo una gran campaña en favor de levantar el embargo que pesa sobre las fuerzas armadas centroafricanas, con manifestaciones en la calle. Esto favoreció una mentalidad de que la solución al conflicto es ir a la guerra contra los grupos armados y de que dialogar con ellos no serviría para nada.

El nuevo acuerdo prevé la creación de una Comisión Verdad, Justicia y Reparación en el plazo de 90 días. Complementando la Corte Penal Especial, que ya funciona desde hace dos meses, será un instrumento importante para asegurar una justicia transicional y asegurar que las victimas reciben la satisfacción que merecen.

Otros puntos prevén la creación de un gobierno inclusivo. La falta de representación de la minoría musulmana en Centroáfrica en el gobierno ha sido siempre un factor que ha dado alas al conflicto, donde varios grupos armados se han aprovechado de la frustración de los musulmanes para reclutar cómodamente.

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También está previsto la creación de brigadas de seguridad mixtas, compuestas por el ejército nacional y por representantes de grupos armados.

Lo más inmediato es asegurar que no hay acciones hostiles nuevas, que se desmantelan todas las barreras ilegales y que no hay nuevas ofensivas ni acciones militares, y que nadie pondrá trabas al despliegue progresivo de la autoridad del Estado en todo el territorio nacional.

Es posible que, como en toda empresa humana, haya momentos de retroceso, recaídas en incidentes de violencia, y acusaciones hacia unos y hacia otros, pero todo proceso de paz requiere de mucha paciencia, estar dispuestos a hacer sacrificios y mantenerse sobre el camino del dialogo, para el que los centroafricanos tienen todo el apoyo de la comunidad internacional.

Como creyente, echo en falta un pronunciamiento claro por parte de la Iglesia animando a todos los centroafricanos a apoyar el acuerdo de paz.

Pocos días antes de comenzar las negociaciones, el presidente de la Conferencia Episcopal envió una breve carta a todas las parroquias pidiendo que los fieles rezaran por el éxito del dialogo. Por desgracia, fueron muy pocos los párrocos que la leyeron y el mensaje paso sin pena ni gloria.

Nadie duda de que la Iglesia tiene un papel de primer orden que desempeñar en el éxito de una solución pacífica para Centroáfrica, pero para que esto se realice, haría falta que sus pastores fueran más explícitos apoyando a un proceso que llevara años poner en práctica. Será difícil, pero la alternativa -resolver el conflicto con la guerra- no favorecerá a nadie. No hay ninguna paz que sea mala, y no hay ninguna guerra que sea buena.

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