Un sínodo para los pueblos indígenas: cultura, pastoral y eucaristía en la Amazonía

Compartimos el texto del jesuita peruano Pablo Mora, publicado por el sitio web de la REPAM, sobre la trascendencia del Sínodo de la Amazonía, iniciado esta semana en Roma.

Parte I

Introducción

El trabajo pastoral de la Iglesia con los pueblos indígenas en la Amazonía se hace desde un contexto que muestra muchos desafíos: un territorio gigantesco con un acceso muy limitado por carreteras, cientos de pueblos originarios y ribereños que muestran culturas y lenguas muy diversas. Contra aquellos que piensan que estos pueblos han quedado atrapados en las redes del pasado, el fenómeno de la modernización ya ha tocado las puertas de muchas comunidades alejadas de la región. A los medios de comunicación más tradicional y la radio, se ha unido la televisión y en la última década la introducción del celular. La competencia de las compañías telefónicas por estos nuevos clientes, los pueblos ribereños y aborígenes, han acortado a ritmo veloz las distancia entre éstos y las ciudades. Ahora todo lo tienen, literalmente, “al alcance de la mano”.

Desafortunadamente la transmisión de la buena nueva por la Iglesia católica no ha alcanzado la misma velocidad para alcanzar los pueblos originarios; al contrario, se ha estancado desde hace muchos años y ya no tenemos la capacidad de convocarlos como comunidad cristiana. Todo esto es muy lamentable en una región donde la esperanza está golpeada y masacrada por tantos males como son la violencia familiar, el tráfico de drogas, el trabajo esclavo, la trata de personas y la inseguridad constante de que los más vulnerables perderán sus tierras.

En este contexto el Sínodo Panamazónico aparece como un soplo del Espíritu, un kairós, que quiere renovar y recrear la Iglesia de la región amazónica. Con su aliento quiere infundir vida y revestir con tendones, carne y piel a lo que parecen ser huesos secos (cf. Ez 37, 5-10). Los nuevos caminos de evangelización que se esperan del Sínodo tienen una importancia tan grande para los pueblos originales amazónicos que podría también ser llamado el “Sínodo de los Pueblos Indígenas”

Todo esto es una invitación a revisar temas como cultura, interculturalidad e inculturación y las limitaciones de una “Pastoral de Visita” en la región amazónica (Parte I). Esto nos llevará a abordar un tema central para la reflexión del Sínodo: la necesidad de una “Pastoral de Presencia” y el rol esencial de la Eucarísta en la Iglesia de la Amazonía (Parte II).

El encuentro entre culturas.

El trabajo pastoral de la Iglesia en esta región se hace en un contexto multicultural donde el mensaje de Jesucristo y los valores evangélicos deben encarnarse en la cultura amazónica. Pero, por qué debemos seguir pensando en dos o más culturas distintas o en interculturalidad e inculturación, cuando en realidad muchos pueblos indígenas parecieran que ya sean mimetizado con la cultura moderna? Llegamos a un pueblo lejano o a una comunidad indígena y nos damos cuenta que los jóvenes se ponen “jeans” o visten como aquellos de la ciudad; conocen bien a Ronaldo, Messi, Neymar, preguntan “a cuánto está el cambio del dólar” y miran los video clips musicales más populares y las noticias por el celular; los trajes típicos solo los usan para los turistas, para ceremonias importantes o para ocasiones serias como las demandas por la defensa de sus propios derechos.

Sin embargo, precisamente todo esto de por sí ya nos habla de la existencia de una relación entre dos culturas en las que una de ellas, la “occidental”, está ofreciendo algunos productos y la otra cultura, la nativa, las ha ido aceptando. Aún así hay algunas preguntas que merecen consideración como por ejemplo: ¿las culturas de los pueblos originales aceptan todo lo que le ofrece la cultura occidental o sólo seleccionan aquello que realmente desean? o también, si miramos solamente la parte epidérmica de una cultura, ¿significa que todo en ella está uniformizada? ¿No nos llama la atención o simplemente consideramos absurdas algunas cosas simplemente porque no las entendemos? ¿No sospechamos a veces, cuando responden a nuestra curiosidad, que nos dicen solo lo que realmente queremos oír? Aún más, ¿acaso no hemos idealizado a los pueblos indígenas, convirtiéndolos en «santos» vivientes perfectos, sin defectos ni vicios, marginándolos del resto de nosotros, “pobres pecadores”? Estas y otras preguntas no se pueden responder en un viaje turístico, o de inmersión, se necesita más tiempo con ellos, tal vez años para poder hacerlo.

Interculturalidad e inculturación desde el punto de vista del “misionero” .

La relación intercultural atañe mucho a la Iglesia evangelizadora. Sin embargo, parece que la reflexión sobre el trabajo de inculturación de la Iglesia durante muchos años se ha centrado mucho en la persona del misionero y esto vale también para la región amazónica. La relación intercultural entre el misionero y la cultura con la cual interactúa nunca se da en forma neutral. En la misión evangelizadora, el misionero lleva consigo su propia cultura, cosmovisión y valores culturales probablemente diferentes de aquellos a quienes evangeliza. En este sentido, y a modo de ilustración, las actitudes del misionero hacia la cultura se mueven entre dos polos.

En uno de ellos se encuentran los misioneros que aún sin desearlo, muestran una tendencia “etnocentrista”. En este caso, su propia cultura y los valores que traen consigo, encauzarán el ímpetu evangelizador. Así, prevalece una actitud pragmática e inmediatista de buscar el “desarrollo” del pueblo nativo, construyendo capillas, escuelas, ejecutando proyectos comunitarios, etc. Pero en esta relación intercultural se puede caer en una actitud paternalista con la otra cultura en la que el “padre” o la “madre” toma las decisiones por los hijos. Por consiguiente, el acompañamiento pastoral de la comunidad se hace desde parámetros del que viene de fuera y que está convencido de que “nosotros les enseñamos”, “nosotros les protegemos”, “nosotros les proveemos”, “nosotros los educamos”, etc.

Esta tendencia se encuentra especialmente en aquellos misioneros o párrocos que vienen de otras regiones y que pronto se sienten abrumados por el número de comunidades que hay que atender pastoralmente a lo largo de los ríos. El celo pastoral los lleva rápidamente al activismo, aunque es inevitable que el contacto con cada comunidad sea mínimo y por lo tanto con un horario focalizado en la misa y en algún proyecto de desarrollo urgente.
En el otro polo, se encuentran aquellos misioneros que antes de volcarse a proyectos concretos y tomar decisiones apresuradas, prefieren conocer más a la gente nativa en la que se desarrollará su trabajo evangelizador. A éstos les interesa más un contacto más prolongado con ellos, valoran el dialogo, observar sus hábitos y costumbres, participar de sus reuniones, trabajos y actividades. Establecen relaciones de amistad donde el diálogo y la mutua escucha va poniendo cimientos para el futuro. Y así, comienzan experimentar un pueblo con rasgos culturales y cosmovisión diferentes. En suma, éstos son los misioneros que quieren tomar cierta distancia de sus propios parámetros culturales antes de “actuar”.

Esta actitud misionera de querer “estar con ellos” o “perder el tiempo con ellos” señala una ruta diversa porque lo importante al inicio de la misión no es tanto el “hacer” sino el “dejarse hacer”, dejarse también moldear por la cultura del otro. Es un buen inicio, más todavía si lo ha llevado a vivir donde ellos viven y a hacer el esfuerzo de hablar el idioma que ellos hablan. Así lo que era simplemente una relación intercultural se va convirtiendo en un “inculturarse”, en un deseo de conocer la cultura “por dentro,” en un meterse más a fondo en la cultura del otro y en algunos casos hasta de desear imitar al otro. Estos misioneros gozan de la confianza de la gente y comienzan así una labor preciosa en diversos niveles, culturalmente comienzan una labor de recolección y de traducción de mitos, cuentos, leyendas, costumbres, cantos, danzas, etc, del pueblo que los ha acogido y que ayudarán en el futuro en el trabajo de evangelización. En el plano social, estos misioneros se identifican mejor con los sufrimientos y dolores de la gente con la que vive y por lo mismo, participan en las luchas por sus derechos humanos.

Al mismo tiempo esta actitud misionera nos hace entender la necesidad de una presencia razonablemente larga de varios años del misionero en la región amazónica. Solo así podrá establecer relaciones sólidas, duraderas, estables con los pueblos con los que trabaja; esto le permitirá, poco a poco entrar en la “selva” de los símbolos culturales locales y saber con el tiempo a descifrarlos. Es un ejercicio que será de gran ayuda en la obra de evangelización.

Inculturación del evangelio por la comunidad

En realidad, la inculturación del misionero en otra cultura tiene sus límites. Ellos nunca llegarán a convertirse en “el otro,” y ya es suficiente que ellos puedan ser considerados como parte de la familia nativa. Además, el misionero o la misionera debería preguntarse si la misión que lleva a cabo y los esfuerzos que hace está ayudando a la comunidad en su propia inculturación del evangelio. Mons. David Martínez de Aguirre expresa muy bien esta preocupación: “Algo no funciona bien cuando…los pueblos indígenas nos dejan hacer, se muestran receptivos y agradecidos, pero ellos no se involucran; (cuando) nos ven a la Iglesia como una entidad amigable, bondadosa, pero ajena a su estructura social; (cuando) no se sienten parte de ella; no logramos que sean líderes de las instituciones y proyectos de la Iglesia; (cuando) no asumen el control de la Comunidad Cristiana, y no son ellos los que se comprometen”.

Al final de cuentas, lo importante es reconocer que el protagonista principal de la inculturación no es el misionero o la misionera sino la comunidad donde él o ella trabaja. La comunidad indígena es el actor principal de la inculturación. La comunidad indígena oye el mensaje y la va traduciendo en sus propios códigos culturales y la va asimilando de acuerdo a su propia cosmovisión. Así, va haciendo su propia síntesis, es decir va contextualizando el evangelio en su propia vida, es decir, “inculturando” el mensaje de Jesús.

Este proceso de inculturación no debemos idealizarlo. Se enmarca en la lógica del misterio de la encarnación, muerte y resurrección: “Se inicia con un esfuerzo de expresar la fe en las caegorías y modos propios de esa cultura, en un intento de encarnación. En el segundo paso el Evangelio realiza un discernimiento de esa cultura para que logre despojarse de lo que se contrapone con él. De la muerte de elementos no compatibles y por lo tanto no asimilables, resucita una nueva cultura original cristiana.”

Al mismo tiempo, a menos que el misionero haga el esfuerzo de inculturarse en la cultura local, no podrán acompañar a la comunidad en este proceso que ella ya ha comenzado desde el anuncio anterior del evangelio por otros misioneros. Esto es, acompañar a la comunidad en el proceso de hacer suyo a ese Jesús que le ha sido ya anunciado, el proceso de la comunidad de inculturar el evangelio desde su propia experiencia y contexto culturales.

Inculturación y limitaciones de la “Pastoral de Visita”

Si somos honestos, debemos admitir que la relación intercultural en la Amazonía no ha estado nunca enraizado en una dinámica de inculturación consistente de parte de los misioneros. Así, en este último siglo sólo unos pocos misioneros han podido comunicarse en la lengua nativa o vivir en estas comunidades o al menos muy cerca de ellas, o se han identificado tanto con los pueblos indígenas hasta el punto de derramar su propia sangre por amor a ellos.

La situación más común es la del misionero que se desplaza del centro parroquial o puesto de misión en que se encuentra, hacia los pueblos ribereños e indígenas. Se trata pues de una “Pastoral de Visita”, a lo largo del río, permaneciendo en cada comunidad sólo por pocos días. Él celebra la misa y otros sacramentos en la comunidad, tal vez organiza alguna pequeña jornada de formación o asiste a la asamblea de la comunidad para escuchar sus demandas o para buscar formas de resolver algunos de sus problemas. En tan corto período no hay tiempo para más. Esperan otras comunidades para el mismo ritual de trabajo.

En la “pastoral de visita” a estos pueblos, se establece una “relación intercultural” que toca solo superficialmente los temas culturales, acorde con la falta de un acompañamiento pastoral más consistente en el crecimiento de fe de la comunidad. Y esto sucede por varias razones, una de ellas es el costo excesivo de los viajes por el río. Visitar las diferentes comunidades del río junto con otras comunidades indígenas cercanas, triplica el gasto en comparación con las visitas pastorales por carretera. En consecuencia, las visitas a estas comunidades indígenas alejadas se hacen sólo una o dos veces al año, en el mejor de los casos.

Junto al factor económico, hay otras limitaciones que afectan más seriamente la pastoral de visita, especialmente la disminución de religiosos, sacerdotes o laicos misioneros, es decir, la falta de vocaciones. Además, para muchos de ellos, esta pastoral itinerante de visitas se ve con demasiados inconvenientes y muy pocos resultados. Al final, a pesar de las buenas intenciones, sólo existe una palabra para describir el cuidado pastoral experimentado por las comunidades indígenas o ribereñas más remotas: abandono.

La presencia de otros grupos religiosos en las comunidades indígenas.

Hay muchos otros grupos religiosos que han cubierto o quieren cubrir el vacío que la iglesia católica ha dejado en las comunidades indígenas de la región amazónica. Ellos son principalmente de tres tipos diferentes: evangélicos, pentecostales y mesiánicos. El fraccionamiento religioso de las comunidades de la Amazonía es evidente. No es raro ver en una comunidad pequeña, junto a la pequeña capilla católica, muchos “lugares de culto” de diferentes denominaciones religiosas.

Debemos reconocer que algunos grupos evangélicos han hecho un trabajo meritorio en la traducción de la Biblia a las lenguas indígenas y formando a pastores escogidos de entre la población nativa para predicar la Palabra de Dios en estos pueblos de la Amazonía. Otros grupos, como los Pentecostales, han tenido una expansión grande en la Amazonía brasileira, insistiendo en la sanación espiritual, la expulsión de demonios y una visión más individual y de bienestar económico. Hay también grupos religiosos, como los “Israelitas del Nuevo Pacto universal” en Perú, que en su visión religiosa combinan el Antiguo Testamento y las creencias culturales de la región andina de la cual han migrado a la Amazonía, considerándola “la tierra prometida”.

Aunque la Iglesia siempre ha mostrado una inclinación al diálogo con los pastores de estos diferentes grupos, su habitual actitud defensiva y proselitista en las conversaciones a menudo impide un verdadero acercamiento.

Vaciamento poblacional de las comunidades: desplazamiento a las ciudades

La “competencia” entre grupos religiosos por conseguir y hasta para mantener la cuota de adeptos es bastante reñida y lo es más frente a otro adversario: el vaciamiento de las comunidades por la migración de las familias especialmente de sus miembros jóvenes y adolescentes. El objetivo es estudiar, trabajar y establecerse en la ciudad. Las familias que tienen más posibilidades logran más rápido lo que desean, de lo contrario, está la estrategia de comenzar a trasladarse a pueblos intermedios que los acerquen más a la ciudad para lograr sus sueños, aunque después y en muchos casos, éstos se conviertan en una pesadilla.

Frecuentemente la Iglesia, fiel a su labor social, hace de intermediaria o puente entre los miembros de la comunidad y de la ciudad. Por lo mismo, existen internados de niños y jóvenes dirigidos por sacerdotes diocesanos o congregaciones religiosas. Al mismo tiempo, las parroquias, especialmente de las periferias, se van dando cuenta que la pastoral indígena ya es una preocupación pastoral que también atañe a las ciudades por el gran número de migrantes procedentes de comunidades lejanas.

¿Qué resta del catolicismo en las comunidades indígenas y pueblos ribereños?

¿Podemos hablar de una presencia real de la Iglesia católica en las comunidades indígenas o comunidades ribereñas?. Un obispo de la Amazonía brasileña comentaba: “Ya hemos perdido en la pastoral la mitad de los pueblos indígenas, debemos preguntarnos seriamente si queremos perder la otra mitad.”

Los catequistas, si los hay, viven y asumen en su trabajo la religiosidad popular de los pueblos indígenas y comunidades remotas, para que la mecha humeante del catolicismo no se apague. Esto ha contribuido en gran medida a sostener la fe católica en medio de un proselitismo agresivo por parte de otros grupos religiosos o sectarios.

Un factor significativo en la religiosidad popular son las fiestas patronales. Todos los puestos misioneros, lo sabemos, eran confiados a la protección de un santo patrón y muchas comunidades aún conservan sus nombres. El «santo patrón» de las comunidades es considerado como uno de sus intercesores vivos. La celebración de la fiesta del «santo patrón», en muchos casos, sigue alimentando y ayudando a sostener la fe de los bautizados en la comunidad.

Junto a esta fiesta religiosa, hay otras expresiones de la devoción popular ya bien conocidas: el rezo del rosario, las novenas, las imágenes sagradas, los escapularios, las procesiones de semana santa, las peregrinaciones, etc. Esta devoción popular es todavía un salvavidas protector de la fe ante la ausencia del misionero en la comunidad y el sentimiento de abandono pastoral en el que se encuentran.

Esta devoción popular católica, sensible, emocional y no abstracta o racional, se enraíza en la cultura de tal manera que no es fácil arrancarla por otros grupos religiosos. Esto muestra también que la piedad popular que impregna las realidades culturales y al mismo tiempo se enriquece con ellas, es un modelo de inculturación de la fe.

Conclusión

La situación de crisis de la pastoral de la Iglesia en la Amazonía, donde «las distancias geográficas manifiestan también distancias culturales y pastorales,» nos ofrece la oportunidad de buscar nuevos caminos de evangelización. Es importante no sólo «estar» con los pueblos indígenas, sino también «cómo» estar con ellos, es decir, cómo acompañarlos y ser acompañados por ellos en el proceso de inculturación del Evangelio.

Pero hemos visto que, debido a la escasa presencia de misioneros y otras dificultades en esta vasta región, esta obra de evangelización se ha dejado en gran parte en manos de los fieles catequistas que todavía quedan y que acompañan a la comunidad cristiana. Pero no es suficiente y la carga ya es muy pesada.

¿Qué hacer? En la segunda parte de este artículo, miramos en otra dirección, pero esta vez hacia una en la que siempre hemos estado sin todavía haberla vista: precisamente en las comunidades cristianas de estos lugares remotos. Es hora de volver la mirada hacia un «Ministerio de la Presencia» en el que la Eucaristía juega un papel central.


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Parte II

Introducción

El Sínodo Panamazónico aparece como un soplo del Espíritu, un kairós, que quiere renovar y recrear la Iglesia de la región amazónica. Con su aliento quiere infundir vida y revestir con tendones, carne y piel a lo que parecen ser huesos secos (cf. Ez 37, 5-10).

En la Parte I de este artículo nos hemos detenido en la relación intercultural y en la inculturación vista desde el misionario y desde la comunidad, y el rol que estos elementos juegan en el proceso de evangelización. También hemos visto que una «Pastoral de Visita» no ayuda a una pastoral sustentable en la Amazonía.

Frente a esta limitación ahora debemos buscar nuevas formas de ministerios, con osadía y sin miedo, que nos ayuden a encarar los nuevos desafíos de esta región especial. La Iglesia misionera en la Amazonía espera propuestas “valientes” de este Sínodo Panamazónico.

En Parte II abordamos la necesidad de una “Pastoral de Presencia” enraizada en la Eucaristía en las comunidades indígenas y pueblos ribereños lejanos. Y como lo verá el lector, lo hacemos fijándonos en un personaje humilde y anónimo que nos recuerda al “siervo fiel” del evangelio (Cf. Matthew 25:23): el Catequista. Este “rostro amazónico” y “rostro indígena” de la Iglesia podría guiarnos por nuevas sendas de evangelización.

Hacia una “Pastoral de Presencia” centrada en la Eucaristía

La pastoral de visita en la región amazónica, lo hemos visto, tiene sus límites. En el Instrumentum Laboris se insiste en la necesidad de una “pastoral de presencia.” Se trata de un nuevo tipo de pastoral que acogería la presencia de ministros nativos ordenados que viven dentro la misma comunidad para que puedan presidir la eucaristía en ella.

La presencia frecuente del sacramento de la eucaristía en estas comunidades es fundamental no sólo para “hablar” de la Iglesia en la Amazonía, sino también para “edificar” la Iglesia en la Amazonía , hacer cercano y presente a Cristo en toda la Amazonía.

La Iglesia es el Pueblo de Dios y el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, que necesita alabar, ofrecer y consagrarse como pueblo santo de Dios. Y la eucaristía hace posible esto de una manera especial y singular. Cuando estamos reunidos en el banquete pascual, la Iglesia como un solo cuerpo se reúne con su cabeza que es Cristo. En la eucaristía, Cristo alimenta a su Iglesia, su esposa y la renueva por acción del Espíritu Santo en la fe, en la esperanza, en el amor.

Pero esta experiencia eclesial ya es ajena desde hace mucho tiempo en las comunidades indígenas y en los pueblos más remotos. Debemos estar ya convencidos que la “Pastoral de Visita” no es la solución más indicada para una labor pastoral con las comunidades indígenas más lejanas y su rol debe ser re-formulado. No se puede hacer un acompañamiento de la comunidad y menos fortalecerla con el sacerdote que viene de fuera una vez al año para celebrar la eucaristía.

La Eucaristía y la animación cristiana en la fe, desde el principio, siempre han estado unidos en la tradición de la Iglesia Católica. Después de la resurrección de Jesús, los primeros cristianos ya se reunían en las casas para “partir el pan.” La predicación siempre estuvo acompañada del testimonio de una comunidad cristiana “eucarística” desde sus orígenes. Aunque “la fe viene del oir,” (Cf. Rom.10, 17), la Eucaristèia era celebrada por aquellos que habían recibido el don de la fe. Desde la tradición católica, el proceso normal del crecimiento y maduración de la fe en una comunidad cristiana no se da si la predicación no está acompañada al mismo tiempo de la oportunidad de poder celebrar esa fe en la eucaristía.

Cuando Jesús decía: “El Reino de Dios está en medio de ustedes” (Cf. Lk 17, 21) refería a sus discípulos no un lugar específico sino a su persona que estaba en medio de ellos; el reino de Dios estaba ahí, presente en medio de sus discípulos en la persona de Jesús, como lo está ahora en la celebración de la eucaristía. Es una presencia tangible con la cual Jesús nos ofrece vida abundante todos los días hasta el fin del mundo (Cf. Jn 10, 10b; Mt 28, 20).

Y por eso, debemos preguntarnos, en este contexto especial de la región amazónica, si no ha llegado ya el momento de que las comunidades ribereñas e indígenas más lejanas puedan, en forma frecuente, celebrar su fe en la eucaristía, y presidida por uno de los suyos.

Como Iglesia, ya no podemos contentarnos “llevando a Jesús” sacramentalmente sólo por unos días al año, con una “pastoral de visita,” a las comunidades indígenas y ribereñas. En la “pastoral de presencia,” Jesús no sólo “visita” a la comunidad sino que se queda con ellos. Él tiende su tienda, su “tapiri”, entre ellos, dondequiera que se encuentren estas comunidades. Aquí ellos pueden encontrarlo frecuentemente en la Eucaristía, acompañándolos en su soledad, en su lejanía, en sus sufrimientos y en sus luchas.

“Amazonizar” la celebración de la Eucaristía por fuera …y por dentro

El celo apostólico del misionero, el deseo que que las poblaciones amazónicas sientan la cercanía del Dios que les ama, se traduce, también, en el deseo de “amazonizar” o dar un sabor más local a las capillas, a su interior y a lo que se usa para las celebraciones. Así, buscan que todos estos lugares donde se celebran las liturgias puedan identificarse más con la cultura local, ya sea usando materiales del bosque , adornando las capillas con pinturas o imágenes nativas, o buscando otras posibilidades. En todo esto hay un intento de cambiar las celebraciones desde fuera.

Tal vez estemos ahora en un momento propicio para nuevos cambios, desde dentro, como el de poder asistir a una celebración de la eucaristía presidida por personas nativas del lugar, en que aquellos que asisten a las celebraciones vean realmente a uno de los suyos celebrar la eucaristía. Así, todos estos intentos positivos de “amazonizar” las celebraciones no se quede solo en una adaptación externa sino también transforme lo que es esencial. Así, las capillas de las comunidades no solamente tienen adornos nativos sino una persona nativa con un“rostro amazónico y rostro indígena”, que representa a Cristo “partiendo el pan” para esta comunidad.

Eucaristía y aspectos culturales en la Amazonía

Hablar de la Eucaristía es hablar de lo más precioso que tiene la Iglesia porque nos habla del Amor de Dios en Cristo haciéndose presente y vivo en ella en forma especialísima. La celebración de la Eucaristía nos invita a redescubrir como el «Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia» (LS 236).

El amor de Dios es un amor encarnado y esta encarnación en la humanidad pasa por la cultura concreta en la que se desenvuelve. La Eucaristía no es realmente ajena a la cultura amazónica y si ésta la ha aceptado desde el principio como la han portado los primeros y sucesivos misioneros, es porque la gente ha visto en ella algo esencial que favorece su propia identidad. Ahora, con la falta de sacerdotes, con la crisis de vocaciones y por consiguiente, con la imposibilidad de la eucaristía frecuente en las comunidades más alejadas, nos preguntamos si ha llegado la hora de acortar o anular las “distancias geográficas” aceptando las “distancias culturales”. Y por eso, quiero detenerme en dos aspectos culturales que tienen relación con la posibilidad de ministros ordenados nativos.

El ser colectivo es más importante que el individuo

Desde la perspectiva de una comunidad aborigen, toda gran iniciativa o decisión que afecta a la comunidad debe pasar necesaria y obligatoriamente por el escrutinio en las reuniones o asambleas de los miembros de dicha comunidad. Esto es muy natural en ellos, donde en realidad el ser o identidad colectivos predomina sobre el ser o identidad individuales. Esto puede afectar inclusive, como ya está demostrado en varias comunidades amazónicas, el rechazo de tal o cual grupo religioso si el consentimiento colectivo no lo respalda. En muchas comunidades la rotación entre los líderes o autoridades de la comunidad, muestran también que la comunidad es siempre la máxima autoridad.

La autoridad o el liderazgo de la comunidad recae naturalmente en aquél que pueda servir mejor a la comunidad en las circunstancias particulares en la que se encuentra. Siempre será el que tiene una familia, y que ha sido probado en su desempeño con anteriores reponsabilidades comunitarias, y que tiene una cierta experiencia de trato con con personas que son de fuera de la comunidad. Tener un cargo de autoridad en la comunidad no es un gran favor; al contrario, como el principal deber del elegido es el bien de la comunidad, esto implica invertir mucho tiempo buscando resolver las demandas y necesidades de la comunidad. Aunque estos cargos no son remunerados, traen un prestigio futuro que constituye la verdadera riqueza personal en la comunidad.

La visión del celibato en las comunidades

Desde la perspectiva de una comunidad indígena (y no sólo de ellos), es difícil entender que el sacerdote sea célibe y en realidad esto importa poco. (De hecho, les preocupa más un sacerdote ambicioso y apegado al dinero.) Son muy pragmáticos de lo que quieren del sacerdote: que bautice, que celebre la misa, que sientan un pastor que los visita y anima en su fe y en sus luchas. Pero hurgando un poco más sobre lo que ellos piensan de este tema, ellos simplemente no creen que un hombre adulto pueda ser célibe y no tener una familia e hijos. En muchas comunidades indígenas, un hombre sin la compañía de una mujer es considerado un hombre incompleto y no ha llegado a la “madurez». Esta cosmovisión da a entender una mentalidad de lo dual, opuesto y complementario, y que en el caso del hombre y la mujer, la complementariedad de éstos en diferentes niveles de la vida familiar, interacción social y trabajo, son una realidad necesaria, simple y sin muchas explicaciones. Así entendemos por qué los ritos de iniciación a la vida adulta, que llevan pronto al matrimonio indígena, se dan desde muy temprano en la adolescencia . Más bien, el celibato les habla de una cosa extraña a lo que es la vida social y corre el riesgo de verse al sacerdote como una persona con ciertos poderes, como lo pueden ser el curandero o el brujo, ligado a su función religiosa. En culturas donde la brujería es considerada una fuerza real y poderosa, esto podría ser causa de confusión y malentendidos. En conclusión, para ellos el celibato es muy difícil de asimilar.

Los Catequistas: posibles futuros ministros ordenados de la comunidad.

Los misioneros, con el celo pastoral y la creatividad que les caracteriza, han intentado vencer el gran desafío entre sus cortas visitas esporádicas (“pastoral de visita”) y sus largas ausencias (falta de “pastoral de presencia”) por medio de una formación de laicos y laicas de la comunidad, como parte de una pastoral indígena en las parroquias de los vicariatos apostólicos de la Amazonía. Estos laicos y laicas son llamados de “catequistas”, “animadores de la fe”, “servidores”, etc.

Los catequistas son una de las mayores consolaciones pastorales de los párrocos o religiosos misioneros de las comunidades. Y con razón, porque ellos son el vínculo entre la parroquia y las comunidades; son los que hacen lo posible que la mecha prendida de la fe, ya moribunda, no se apague en sus comunidades. Se esfuerzan de cubrir el gran vacío de la pastoral en la región amazónica.

Entre otros trabajos que hacen, convocan a la comunidad para las celebraciones dominicales, preparan a los candidatos a recibir los sacramentos de iniciación, visitan a los enfermos para rezar con ellos, acompañan a las familias en los funerales de sus difuntos, etc. Son los mejores candidatos para tomar la posta en esta carrera hacia la supervivencia de comunidades cristianas en muchos pueblos indígenas, esta vez como ministros ordenados de la eucaristía.

Estos catequistas, laicos y laicas nativos, de edad media o más avanzada, han sido siempre, ante la ausencia del sacerdote, la referencia espiritual de sus propias comunidades de fe, en medio de varios desafíos, incluso la falta de acompañamiento por parte de los párrocos por diferentes motivos. Son fieles a su vocación aún cuando tienen una formación entrecortada por las distancias, las enfermedades, por los compromisos propios con sus familias o con los trabajos que demanda su propia comunidad, etc.

Un desafío que merece una atención especial es la relación a veces no fácil con otros grupos evangélicos o sectarios, donde sus pastores, predicadores de la Palabra, son laicos como ellos. Sin embargo, a diferencia de ellos, el catequista, parecería ejercer un ministerio que a los ojos de la comunidad es “incompleto,” un tanto devaluado, porque es limitado solo a la liturgia de la palabra. La gran asistencia de la gente a la capilla sólo se da cuando viene el sacerdote, “el padrecito” y por el contrario se nota la ausencia de gran parte de la comunidad cristiana cuando el sacerdote ya no está allí. Desde otro punto de vista, esto ilustra y reafirma la importancia única de la Eucaristía en la identidad católica.

A pesar de todo, muchos catequistas siguen perseverando, porque tienen un deseo y una vocación de servicio probada. Su influencia moral en muchos casos va más allá de la comunidad cristiana, y por eso son buenos líderes y candidatos a los cargos de gobierno dentro de su misma comunidad asumiendo el rol, por ejemplo, como intermediarios entre la comunidad y el gobierno regional. Los catequistas adultos casados son muy apreciados y respetados en su comunidad por su vocación de servicio, por el amor a la Palabra de Dios, por ser buenos líderes espirituales, por la preparación que tienen y por el deseo constante de alimentar su fe. ¿No son éstas las personas más idóneas entre las que encontrar buenos candidatos para ejercer el sacerdocio ministerial en sus comunidades?.

Es importante recalcar que no se parte de cero en este deseo de pensar en posibles sacerdotes nativos. En las comunidades lejanas indígenas o ribereñas, el nuevo ministerio de la Eucaristía encontraría una tierra ya abonada por la presencia, de estos catequistas o animadores de la fe gracias al trabajo de los misioneros de muchos años en la Amazonía. Por esta razón, debemos ver con optimismo las ventajas que traerían estos sacerdotes nativos para la misión de la Iglesia en la región amazónica. “Se trata de indígenas que prediquen a indígenas desde un profundo conocimiento de su cultura y de su lengua, capaces de comunicar el mensaje con la fuerza y eficacia de quien tiene su bagaje cultural”.

Además, si inculturar el evangelio en la Panamazonía significa implica también incorporar en su afán evangelizador una visión de ecología integral, nadie mejor que ellos pueden liderar a sus comunidades en ese deseo de la iglesia hoy. Ellos son los habitantes de la Amazonía, el rostro indígena de la Iglesia, que desde siempre han sido los mejores guardianes de la naturaleza. Ellos tienen un enfoque de la vida y cosmovisión, que intentamos recuperar, la de una vida y un mundo integrados y conectados en sus diferentes dimensiones. Es una cosmovisión que la resumen como el «buen vivir” y que va de la mano con una perspectiva de ecología integral a la que todos nosotros estamos llamados a vivir.

Conclusión: La “Pastoral de presencia” reconfigura la “Pastoral de Visita”.

La “Pastoral de visita” llevada a cabo generalmente por religiosos y religiosas desde el inicio de la evangelización seguirá teniendo una gran importancia para el trabajo pastoral en la región panamazónica . Como lo dijo el Papa en una oportunidad: “La Iglesia no está en la Amazonia como quien tiene hechas las maletas para marcharse después de haberla explotado todo lo que ha podido. La Iglesia está presente en la Amazonia desde el principio con misioneros, congregaciones religiosas, sacerdotes, laicos y obispos y todavía hoy está presente y es determinante para el futuro de la zona.”.

La celebración de la Eucaristía en la Amazonía es todavía presidida en gran parte por sacerdotes diocesanos o religiosos que son de otros continentes, o países no amazónicos o de regiones diferentes de la Amazonía. Todos ellos realizan la “pastoral de visita” que implica la responsabilidad de visitar a comunidades indígenas o ribereñas que se encuentran dentro del vasto territorio de sus parroquias.

Pero, como ya lo hemos visto, la pastoral de visita tiene sus limitaciones y sólo debería complementar aquella pastoral que se ve como esencial para estos pueblos lejanos. Esta pastoral es llamada “pastoral de presencia,” la cual exige la presencia de ministros nativos de las comunidades que puedan presidir la celebración de la Eucaristía. Esto marcaría el inicio de una nueva etapa de evangelización en la región amazónica, donde se iniciaría una época primaveral en la pastoral indígena y de pueblos ribereños.

La “pastoral de visita” dejaría su rol de “ambulancia” que atiende al paciente moribundo o a la comunidad cristiana que se encuentra actualmente en una situación crítica en estos pueblos. Seguiría siendo un ministerio itinerante, pero asumiendo el papel de coordinación, de refuerzo en la formación de los nuevos ministros ordenados, de apoyo en proyectos comunes y se convertiría esencialmente en un puente pastoral entre las comunidades, las parroquias y los obispos de los vicariatos pastorales o diócesis.

Sin lugar a dudas, esto daría una inyección de energía en el celo pastoral y entusiasmo de los misioneros y congregaciones religiosas, puesto que el limitado trabajo de formación que realizan actualmente con los nativos del lugar, queda sumergido en muchas dudas por las circunstancias difíciles de la pastoral en comunidades remotas.

Con el establecimiento de una “Pastoral de Presencia” los misioneros sabrán, en sus viajes a las comunidades lejanas de la región amazónica, que estará esperándoles una Iglesia más de acuerdo con lo que la Iglesia debería ser en todas partes: una comunidad que se reúne alrededor de su Señor en la Eucaristía y que quiere presidirla en esta región con un rostro amazónico e indígena.

Fuente

  • [ Red Eclesial Panamazónica]
  • **Pablo Mora, S.J., es Doctor en Teología Pastoral, nació en la Amazonía peruana. Trabajó pastoralmente durante doce años con comunidades indígenas andinas en la Arquidiócesis de Cusco. Durante ese tiempo, desarrolló y dirigió un programa de formación de adultos y medios de comunicación en lengua quechua para catequistas indígenas. Después fue misionero en China durante seis años y luego trabajó para el Servicio Jesuita a la Panamazonia (SJPAM) y la Red Ecleisal Panamazónica (REPAM). Actualmente colabora en la preparación del Sínodo Panamazónico como un oficial del Sínodo de los Obispos en Roma y es autor del reciente artículo: «Sínodo Pan-Amazónico: ¿Hacia una Conferencia Episcopal Amazónica?».

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