Un decreto vivo con relevancia perdurable

Hace cuarenta años, como adolescente que cursaba estudios de enseñanza media, aún no conocía a ningún jesuita. Así, para obtener algo de perspectiva histórica, he consultado a varios compañeros que inicialmente acogieron el Decreto 4 y llevan respondiendo a él desde 1975, así como a algunos jesuitas y socios más jóvenes, cuyos ministerios y motivaciones se hallan fuertemente informados por dicho documento. Por John Sealey, Coordinador social, Wisconsin, EE.UU. Promotio Iustitiae, n° 115, 2014/2

”Toda verdad pasa por tres estadios: primero es ridiculizada; luego, resistida con violencia; y por último, aceptada como evidente de por sí”, Arthur Schopenhauer.

Hace cuarenta años, como adolescente que cursaba estudios de enseñanza media, aún no conocía a ningún jesuita. Así, para obtener algo de perspectiva histórica, he consultado a varios compañeros que inicialmente acogieron el Decreto 4 y llevan respondiendo a él desde 1975, así como a algunos jesuitas y socios más jóvenes, cuyos ministerios y motivaciones se hallan fuertemente informados por dicho documento.

Comentarios preliminares

Los ”nuevos desafíos de nuestra misión apostólica” que motivaron el Decreto 4 no parecen sino haberse intensificado desde 1975. El abismo de riqueza entre ricos y pobres tanto dentro de un mismo país como entre unas naciones y otras ha crecido perceptiblemente.

Un informe de Oxfam fechado en enero de 2014 afirma que las ochenta y cinco personas más ricas del mundo poseen ahora más que los tres mil quinientos millones de personas más pobres, e incluso el Foro Económico Mundial consideró la extrema desigualdad de ingresos como uno de los mayores riesgos a la estabilidad en el mundo entero. Mientras tanto, los incesantes mensajes publicitarios invitando al consumo y la comodidad se han multiplicado a través de la tecnología y la globalización.

Otros desafíos a los que ahora nos enfrentamos se desconocían o no tenían nombre en la época del Decreto 4. Mientras que la contaminación era sin duda real, el cambio climático no formaba parte todavía de nuestro vocabulario. La situación de los indígenas, migrantes y refugiados no se mencionaba explícitamente, y el Decreto 4 antecede en cinco años a la creación del Servicio Jesuita a los Refugiados. El tráfico de personas, los cárteles de armas y drogas, las empresas transnacionales y los bancos de inversión no habían alcanzado aún todo su poder.

Aunque el llamamiento a afrontar la injusticia es probablemente el más famoso legado del Decreto 4, el documento aborda asimismo el tema de la increencia: ”Esta es condición de fecundidad respecto a todas nuestras tareas apostólicas, y especialmente de coherencia en el combate contra el ateísmo. En efecto, la injusticia actual, bajo sus diversas formas, negando la dignidad y los derechos del hombre imagen de Dios y hermano de Cristo, constituye un ateísmo práctico, una negación de Dios” (n. 29).

Desde 1975 es bien conocida la secularización de Europa y Canadá, pero incluso en los tradicionalmente religiosos Estados Unidos ahora hay un tercio de la generación del milenio (o generación Y) que rechazan la religión organizada, a la que consideran intolerante y defensora solo de opiniones de ultraderecha (Putnam, 2012).

No es sorprendente que la humildad vivida y el renovado énfasis en las desigualdades sociales expresado por el papa Francisco hayan encontrado resonancia entre los jóvenes y ofrecido una abertura a muchos para reconsiderar el lugar de la religión. De este modo, trabajar por la justicia no solo es un requisito de la fe, sino que también ofrece un testimonio evangélico que puede invitar a algunos a replantearse el lugar de lo trascendente.

Áreas de progreso

Elección de ministerios

La reorientación de los nuevos ministerios al servicio de los pobres ha sido una respuesta notable al Decreto 4. Las provincias del Sur –África, Centroamérica, Sudamérica y la mayor parte de Asia– merecen ser alabadas por sus esfuerzos apostólicos entre los grupos más oprimidos y empobrecidos. En otros lugares, el rápido crecimiento de las redes de escuelas Cristo Rey y de la Natividad, inspiradas por el decreto, ha contribuido a llevar la educación jesuita a comunidades urbanas, formadas por inmigrantes y faltas de servicios.

Las universidades están respondiendo a los llamamientos de los P. Kolvenbach (Santa Clara, 1991) y Nicolás (Ciudad de México, 2011), a repensar la justicia en la educación superior e ir más allá del servicio con objeto de entender las instituciones mismas como fuerzas sociales. El Proyecto de Espiritualidad Ignaciana ha adaptado retiros para ayudar a mujeres y varones sin hogar a saberse amados por Dios.

Nuevas iniciativas, como la Red Ignaciana de Solidaridad, empoderan a los estudiantes y a otras personas para incidir sobre quienes toman decisiones. Programas de justicia restaurativa han sanado relaciones rotas por la violencia. El contacto con los pobres se ha incorporado a todos los estadios de la formación. De todos estos modos, ”la promoción de la justicia no constituye tan sólo, para nosotros, un campo apostólico entre otros, el del ”apostolado social”; debe ser una preocupación de toda nuestra vida y constituir una dimensión de todas nuestras tareas apostólicas” (n. 47).

Renovar los vínculos que nos unen como comunidad global

Hemos mejorado en lo que respecta a entendernos a nosotros mismos como Compañía internacional. Los acuerdos entre provincias acentúan ahora la mutualidad, la reciprocidad y la cooperación. Las redes internacionales, tales como GIAN, Jesuit Commons, la Red Xavier y la Red Jesuita con Migrantes, alientan nuestra presencia unida en las fronteras.

Las regiones y provincias más recientes se procuran su propio liderazgo, y los socios internacionales entienden mejor que su papel ha de ser limitado y cooperativo. Y lo que es aún más importante, muchos jesuitas y socios nos hemos enriquecido experimentando directamente la solidaridad vivida por jesuitas de provincias distintas de la nuestra. Tales contactos y amistades internacionales han incrementado también la confianza y la transparencia y han alentado nuevos intercambios en áreas tales como la formación, el advocacy y las comunicaciones.

Somos menos parroquiales y provinciales; es de esperar que hayamos comenzado a estar más orientados hacia las fronteras (Adolfo Nicolás, 2009). En el sector social, asuntos tales como las migraciones han brindado oportunidades para trabajar de forma más cooperativa franqueando fronteras y para establecer nuevos proyectos creativos, tales como la Iniciativa Kino para la Frontera.

Superación de banderas

Algunos recuerdan los encastillamientos ideológicos que se produjeron después del Decreto 4. Mientras que el documento fue acogido por muchos, otros no se vieron reflejados a sí mismos ni vieron reflejado su trabajo en él. Acantonamientos defensivos marcaron con estacas su territorio: activistas sociales frente a tradicionalistas culturales; nuevos ministerios para los pobres frente a ministerios establecidos para quienes no son pobres; reformistas frente a defensores del statu quo. Y los malentendidos entre sectores nos llevaron a compartimentarnos.

Los documentos de Congregaciones Generales que siguieron al Decreto 4 buscaron ofrecer clarificaciones que cerraran estas grietas. Con tiempo y diálogo, lentamente aprendimos que nuestra misión tiene más fuerza si la llevamos a cabo unidos en vez de divididos.

Análogamente, muchas de estas llamadas divisiones se debieron a cuñas culturales ajenas a la Compañía. Ahora entendemos mejor que nuestra misión se expresa más adecuadamente en principios que en partidismos. En palabras de Frank Turner, S.J., aspiramos a ser críticos a la vez que constructivos en nuestro esfuerzo por propiciar el cambio social (cf. A Model of Ignatian Advocacy, 2008).

Áreas para un crecimiento continuado

Vivir con mayor sencillez…

Durante una reciente reunión de asistentes sociales en Tijuana tuvimos oportunidad de conocer a varios novicios mexicanos que estaban realizando su experiencia apostólica de tres meses. Su reto consistía sencillamente en trabajar de manera anónima en una maquiladora (una fábrica con salarios bajos) en la frontera entre México y Estados Unidos y subsistir con tales salarios. Esta era una orientación enteramente diferente a la hora de estar entre los pobres, no como personas que ofrecen servicios ni como observadores, sino como compañeros de trabajo, aunque supieran que su tiempo de trabajo en la maquiladora sería breve.

La cultura consumista dominante es ahora tan generalizada e insidiosa que literalmente nos acorrala como una tormenta de arena o de nieve. Oponerse a ella es un acto de resistencia. Nos acostumbramos a comodidades y a estar constantemente conectados y a menudo racionalizamos que la posesión de aparatos más eficientes nos libera para hacer más de nuestro importante trabajo. En ocasiones podemos sentir que nos merecemos ciertas comodidades: esta es la narrativa misma de la cultura consumista.

La gratitud es parte fundamental de nuestra espiritualidad, pero la sencillez nos resulta esquiva.

”Nuestros orígenes frecuentemente... nos protegen de la pobreza e incluso de la vida simple y de sus preocupaciones cotidianas. Tenemos acceso a ciertos saberes y poderes que la mayor parte no tiene. Será, pues, preciso que un mayor número de los nuestros participen más cercanamente en la suerte de las familias de ingresos modestos: de aquellos que, en todos los países, constituyen la mayoría frecuentemente pobre y oprimida. Se hace preciso, gracias a la solidaridad que nos vincula a todos y al intercambio fraternal, que todos seamos sensibles por medio de aquellos de los nuestros implicados más de cerca, a las dificultades y a las aspiraciones de los más desposeídos. Aprenderemos así a hacer nuestras sus preocupaciones, sus temores y sus esperanzas. Sólo a este precio nuestra solidaridad podrá poco a poco hacerse real” (n. 49)

¿El lenguaje del Decreto 4 se ha hecho tan normal que ha perdido su gancho?

Si bien el carisma fe-justicia sigue encontrando violenta oposición en fuerzas sociales y políticas externas a la Compañía, dentro de esta el Decreto 4 se acepta ahora por lo general como evidente de por sí. En nuestros auditorios y pasillos se exhiben prominentes pancartas y trabajos artísticos relativos al tema de la justicia, pero ¿no corren el riesgo de convertirse en mera jerga? En una palabra, ¿ha perdido ”el servicio de la fe y la promoción de la justicia” la pegada que tenía en 1975?

Las observaciones lingüísticas del P. Kolvenbach pueden ayudarnos en este punto. En una conversación con los coordinadores sociales de las conferencias que luego fue publicada, señaló su preferencia por la traducción española del Decreto 4, que habla de ”luchar” por la justicia en vez de ”promover la justicia”. A su juicio, luchar capta mejor el espíritu del Decreto 4.

Muchos jesuitas del Sur describen su trabajo por la justicia de este modo. Además, yo he oído a jesuitas de Asia Meridional emplear el colectivo nosotros para referirse a las comunidades que acompañan, y su misión no es solo una lucha, sino que a veces se describe como un combate. Para las provincias del Norte sería mucho más raro describir su misión en un lenguaje tan dialéctico. La ”promoción” de la justicia es más pasiva que la lucha por la justicia, más parecida quizá a una campaña de mercadotecnia que a una misión para resistirse a la injusticia.

Algunos señalaron que a menudo nos sentimos más cómodos usando paradigmas de ”servicio”. Aunque esto ofrece un alivio a corto plazo (¿para ambas partes?), también puede perpetuar dinámicas de dependencia y limitar nuestra capacidad de detectar las áreas de nuestra propia vida que no son libres. Este puede ser un punto cada vez más importante para volver a aprender en lo que atañe al Decreto 4.

Fronteras de fe-justicia

En su cuadragésimo aniversario, el Decreto 4 continúa invitándonos a descubrir al Señor dispuesto a encontrarse con nosotros a través de quienes son pobres y en la medida en que nos esforcemos por participar de forma más comprometida en la liberación de estos. Para terminar, quiero compartir algunas esperanzas que he oído mientras mirábamos hacia el futuro:

  • Mantener un enfoque ignaciano en la evaluación de los ministerios en vez un enfoque centrado en los resultados (o darwinista). Un jesuita dijo que no se nos pide que tengamos éxito, sino que seamos fieles a nuestra misión. Cuando estamos con personas fracasadas, en ocasiones puede parecer que nuestro mejores esfuerzos no ”dan el fruto” que otros ministerios exitosos quizá muestran, pero esto debería ser visto como un signo de verdadero acompañamiento.
  • Trabajar con otros sobre los metatemas. No siempre tenemos por qué llevar la voz cantante; de hecho, puede ser bueno que dejemos a otros que tomen la iniciativa. Un rector jesuita aportó una maravillosa cuestión para abordar en comunidad: ”¿Cuál fue la última presentación a la que asististe sin ser el ponente?”. Algunos señalaron que el trabajo realizado por las religiosas y los difíciles ministerios que asumen son áreas que nosotros estamos empezando a discernir.
  • Hacer sitio para los profetas: un frecuente sentimiento nostálgico se expresa a veces diciendo que la Compañía no tiene ya los ”personajes” que antaño tenía... esas legendarias personalidades y pioneros. Quizá podría decirse otro tanto de los profetas. En ocasiones, el celo profético puede parecer inflexible, imbuido de aires de superioridad moral y personalista más que institucionalmente sostenible. Sin embargo, los modelos de rol de profeta heroico también pueden formarnos; además, nos sentimos atraídos por su autenticidad y audacia, que nos conmueven. Los profetas encarnan nuestros valores más importantes en situaciones humanas, como recordaremos más adelante este año cuando celebremos el vigésimo quinto aniversario de los mártires salvadoreños. ¿Cómo podemos alentar positivamente a aquellos de nosotros que puedan estar llamados a la audacia profética? Quizá viva ya alguno entre nosotros.

Original inglés
Traducción José M. Lozano Gotor

Fuente:

Leia el documento, páginas 73 a 77: Clic Aquí

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