Una crisis que está muy lejos de terminar: cómo puede la iglesia responder al abuso sexual

Compartimos el texto del equipo editorial de la Revista America, el diario de opinión Católico líder en los Estados Unidos, sobre la crisis por los casos de abuso sexual a menores por parte de sacerdotes Católicos.

El informe del gran jurado de Pensilvania sobre el abuso sexual dentro de la Iglesia Católica, publicado el martes 14 de agosto, describe el abuso de 301 sacerdotes en 6 diócesis, con más de 1,000 víctimas. Si bien la gran mayoría de los casos descritos por el gran jurado son anteriores al primer maremoto de la crisis de abuso sexual de la iglesia estadounidense en el 2002, la reacción visceral a este informe y la ola de informes que dicho informe está desencadenando son clarísima evidencia de que la crisis está muy lejos de terminar.

Esto no quiere decir que haya una epidemia continua de sacerdotes que cometan abusos sexuales contra niños. Aunque todavía se requiere vigilancia y hasta tan solo un caso de abuso es inaceptable, existen razones para creer que las prácticas y políticas adoptadas en La Carta Estatutaria de Dallas, junto con una mayor conciencia pública del problema, han reducido drásticamente la incidencia del abuso.

Pero si bien las reformas adoptadas en 2002 han ayudado a evitar nuevos abusos, no han reparado la devastadora brecha de confianza causada por años de obstrucción, negación y negligencia por parte de los líderes de la iglesia institucional, especialmente los obispos y los superiores de las comunidades religiosas, que hasta regresaron abusadores al ministerio repetidamente, mientras hacían poco o nada para cuidar a sus víctimas o proteger a los que eran vulnerables. Esta crisis en la iglesia continúa, más dolorosamente para los sobrevivientes de abusos cuyas historias aún no se han escuchado y cuyas heridas aún no han sido suficientemente atendidas. Ellos incluso han visto a algunos de los obispos que no los protegieron ser promovidos a través de los rangos eclesiales.

Es parte de la gran vergüenza de la iglesia que hasta que emita juicio y nos lo entregue un gran jurado no íbamos a escuchar voluntariamente y por completo el llamado del Evangelio al arrepentimiento por estos crímenes y pecados. Sin embargo, a medida que la iglesia finalmente comienza a escuchar el llamado al arrepentimiento, aquí hay algunos pasos clave que sus líderes, especialmente los obispos, deberían tomar en los próximos meses:

Que se enfoquen primero en los sobrevivientes de abuso, no en los efectos de esta crisis sobre la iglesia como institución, su reputación o su posición financiera.

Que en respuesta a las acusaciones contra la iglesia y las revelaciones de fallas pasadas o aún en curso, no se muestren instintivamente a la defensiva o sin tomarlo en serio. Algunas de las respuestas de los obispos al informe del gran jurado han demostrado un increíble tono de sordera ante el horror que los fieles están aún experimentando en la actualidad y ante el trauma con el cual los sobrevivientes aún viven. Nuestra respuesta principal a esta crisis no debe enmarcarse en términos legales, financieros o prácticos, sino en el lenguaje de la verdadera contrición, el dolor y, sobre todo, la acción y la reforma. El ejemplo del obispo Lawrence Persico de Erie, quien eligió testificar ante el gran jurado en persona y reemplazó a los abogados que se resistieron a la divulgación de los registros, es un modelo a seguir por otros obispos.

Que no esperen a que las autoridades civiles saquen a la luz los escándalos del pasado. La experiencia de los últimos 16 años demuestra que con el tiempo lo peor sale a la luz. Tales divulgaciones deben ser anticipadas y acogidas o aceptadas, no resistidas hasta que sean impuestas. Todas las diócesis y comunidades religiosas deberían seguir el ejemplo de aquellos que  de su conocimiento sobre reclamos de abuso. Una de las pocas formas que quedan en que la iglesia puede ofrecer misericordia a los sobrevivientes de abuso sexual es demostrar a través de tales divulgaciones voluntarias que valoramos más la sagrada dignidad de las víctimas que la reputación y la seguridad de la iglesia.

Que no pretendan que los obispos solos puedan rendirse cuentas a si mismos o rendirle cuentas el uno al otro. El Obispo Edward Scharfenberger de Albany ha para investigar reclamos de abuso y mala conducta contra los obispos. El cardenal Daniel N. DiNardo?, presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, ha anunciado en su reunión de noviembre que los obispos adoptarán un plan integral . Dicho plan debe implementarse rápidamente, con un mandato claro para que una comisión examine la cultura, las políticas y las prácticas que permitieron a los obispos seguir asignando sacerdotes abusivos y para recomendar remedios efectivos. Los obispos de los Estados Unidos deben endosar tal comisión ellos mismos y además también pedirle al Papa Francisco que le dé su clara aprobación. Como nosotros por primera vez lo dijimos hace varias semanas, los obispos no deberían dudar en llamar a aquellos de entre ellos que han fallado más gravemente para que reconozcan sus fallas y renuncien.

Que se encuentren maneras de comenzar a ofrecer reparaciones o indemnizaciones significativas a los sobrevivientes de abuso sexual en la iglesia. Esto debería incluir apoyo financiero significativo, para ayudar con el asesoramiento y para ofrecer alguna medida de restitución por el trauma que han vivido durante años. Es posible que la iglesia pueda estar preocupada por el efecto de la expansión de la responsabilidad civil por el abuso sexual, lo que puede hundir financieramente a las diócesis y limitar el ministerio a las personas que lo necesitan. Pero la iglesia debe demostrar una mayor preocupación por las necesidades de las víctimas, quienes durante mucho tiempo se han descuidado, un pecado que ha dejado a la iglesia en bancarrota moral en la mente del público. Fondos de compensación como el pueden proporcionar un buen punto de partida, aunque debemos asegurarnos de que tales esfuerzos le den prioridad a la atención a los sobrevivientes en lugar de evitar la responsabilidad legal de la iglesia.

Más allá de las nuevas salvaguardas y de la restitución financiera, la iglesia también debe hacer un acto significativo de arrepentimiento y reparación pública, especialmente dentro de su vida litúrgica. Imagínense un día de ayuno y penitencia declarado públicamente, en el que los obispos y otros líderes eclesiales se postran humildemente y escuchan en silencio el testimonio de los fieles. Imagínense un acto simultáneo de contrición por parte de obispos y sacerdotes, en sus propios nombres y en nombre de sus predecesores, en cada catedral del país. La iglesia también debe considerar maneras para que las parroquias muestren su solidaridad con los sobrevivientes de abuso más allá de simplemente agregar una petición a la oración de los fieles.

No pretendemos que estas recomendaciones sean exhaustivas ni aun mínimamente suficientes. Estas son simplemente un punto de partida. Sobre todo, aunque podemos reconocer el gran bien hecho por la mayoría de los sacerdotes, nadie debería pretender que fueron meramente eventos aislados o accidentales los fracasos morales de los líderes de la iglesia que acompañaron los graves crímenes de algunos de sus sacerdotes. El patrón de pecado es obvio/claro. Ahora debemos enfrentar la catástrofe que como resultado ha recaído sobre la iglesia y rogar por la gracia de la transformación, por más doloroso que sea ese proceso.

1

Fotografía - CNS Jason Cohn, Reuters

Fuente

Comentarios