“Usurpación”, más que una noción política una interpretación desde los sectores populares

El jesuita venezolano Alfredo Infante nos presenta las diversas lecturas de la crisis social y política desde el punto de vista de los venezolanos de a pie.

Se me ha pedido responder a la pregunta: cómo percibe la población la “agenda Guaidó”. En otras palabras, qué piensa la gente acerca de los tres pasos de dicho programa: cese a la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Tamaño desafío. Hablar de cómo percibe el cuerpo social esta agenda programática es muy pretensioso pues se trata de visiones múltiples, contrastadas e incluso contradictorias.

Sin embargo, hay que decir que dicha ruta ha despertado un mar de esperanza en la mayoría de los venezolanos, en gran parte de ese 80 por ciento descontento e indignado que cerró el 2018 frustrado, sin un liderazgo político confiable que interpretara y canalizara sus deseos de cambio. Digo gran parte de ese 80 por ciento porque existen algunos grupos y personas que, por distintas razones, no se sienten interpretados por el presidente encargado y su agenda. Por ejemplo: un sector considera la ruta inflexible y contraproducente para una salida negociada; también, ciertos actores del chavismo disidente consideran que la misma es un mantra del imperio; mientras otros sectores de la oposición radical ven la agenda programática demasiado conciliadora con quienes están en el poder señalándola de “cohabitación”. No obstante, es necesario subrayar que quienes se han visto representados por Juan Guaidó y su ruta programática son una mayoría descontenta y poco cohesionada orgánicamente, con múltiples expectativas que coinciden en la imperiosa necesidad de un cambio político, en la confianza hacia su liderazgo y en la fuerza movilizadora de su agenda programática. Esto último es mayoritario.

Por tanto, después de mucho tiempo, se abre la oportunidad de una articulación de las demandas sociales y un proyecto político de cambio, donde la sociedad civil organizada debe jugar un rol clave para que el liderazgo político no se desvirtúe y sepa leer el sentir de la población. El Frente Amplio Venezuela Libre (coalición que agrupa a gremios, sindicatos, organizaciones estudiantiles, partidos políticos y otros actores) tiene el desafío de leer adecuadamente este momento y custodiar esta alianza social y política que posibilite la transición hacia una Venezuela democrática.

1. Desde la cotidianidad asaltada

Por razones de tiempo y espacio me dedicaré a reflexionar sobre el primer punto de la agenda, “cese a la usurpación”. Dado que el lugar social donde vivo y reflexiono es un suburbio situado en el sur-oeste de Caracas, llamado La Vega, recogeré algunas interpretaciones observadas entre los habitantes de esta zona popular, representativa de los sectores excluidos que habitan la periferia de la ciudad. De esta manera, limito mi respuesta a este segmento de la población.

Para comprender el impacto de la agenda Guaidó en el imaginario popular es importante adentrarse en lo que he llamado la “cotidianidad asaltada”. Para explicar esta categoría me valgo de una anécdota personal reciente.

Hace poco vino a mi parroquia un periodista de una televisora francesa queriendo hacer un documental sobre la situación venezolana. Con muy buena intención me dijo: quiero acompañar y documentar la rutina diaria de una persona del barrio para, a través de su relato cotidiano, mostrar la situación que vive la mayoría del país. La visión que se tiene en Francia sobre Venezuela está muy polarizada. Creo que la narrativa concreta de la gente puede quebrar los prejuicios y así comprender de una manera más adecuada la situación que se vive. Le respondí: estoy plenamente de acuerdo con tu metodología, pero no será fácil hacer tal registro porque nuestro mayor drama es que a la gente le han robado el piso básico para vivir la cotidianidad, no hay rutinas. Vivimos a salto de mata. Cada día tenemos que inventar el piso para vivir. Como buen europeo se mantuvo firme en la idea de que sí era posible tal cometido. No lo pude convencer de buenas a primera y salimos a contactar y encontrarnos con algunas personas del barrio cuyo relato pudiera servir de fuente. Mientras estuve con él no acertamos con la persona. Luego le deje con una amiga para que siguiera contactando personas claves para su pequeño documental. Al final, regresó a casa frustrado y me dijo: Padre, tiene usted razón, no hay un ritmo mínimo cotidiano, esto es terrible ¡Qué incertidumbre no tener un mínimo de certeza cotidiana!

Le comenté que hacía poco habíamos afirmado en un editorial de la revista SIC[1] que en Venezuela “no hay estado, con e minúscula”, del verbo estar porque “no hay Estado”, es decir, institucionalidad resultado de acuerdos mínimos de convivencia entre los ciudadanos; y al no haber Estado mucho menos hay “Estado de derecho”. Esa incertidumbre que afecta el “estar cotidiano y produce mal-estar” es lo que he denominado “la cotidianidad asaltada”. Un Estado fallido hace imposible el Estado de derecho y, en consecuencia, el estar cotidiano se traduce en mal-estar e incertidumbre. En Venezuela se vive se vive bajo la discrecionalidad y capricho de quienes gobiernan.

2. Notas del mal-estar

Cómo describir este “mal-estar” que se vive día a día. Aclaro que este relato es desde la perspectiva de un barrio de Caracas. Es necesario aclarar al lector externo que en el interior del país las condiciones mínimas de vida son aún peores. El gobierno en su afán de aferrarse al poder ha centrado su atención en Caracas para evitar un estallido social. Paso a describir algunos rasgos y flashes sobre el colapso de los servicios públicos, que nos ayuden a hacer una composición de lugar.

  • Hay sectores que no reciben el servicio de agua desde hace 6 meses. Las imágenes de niños menores de 10 años subiendo y bajando cerros con botellones de agua son dramáticas; también son impactantes las imágenes de comunidades aledañas al Guaire[2](rio contaminado que atraviesa la ciudad de Caracas) bajando a la ribera a recoger agua para el uso doméstico.
  • En cuanto a la movilidad urbana, la gente en el barrio anda a pie por dos razones: o porque no tiene como pagar el costo del transporte o porque el mismo está tan escaso que es mejor caminar a esperar el turno de embarque. Gran parte del transporte público está fuera de servicio o porque los vehículos están averiados sin acceso a repuesto o porque es preferible pararlos que ponerlos a trabajar debido a que el ingreso no da para mantener las unidades de transporte en servicio.
  • Como desde hace mucho se perdió la regularidad en la recolección de desechos sólidos, la gente se ve obligada a caminar por calles llenas de basura y moscas. En 2018, por ejemplo, de alrededor de 90 camiones requeridos como mínimo para mantener medianamente limpia la ciudad de Caracas sólo estaban operativos 8, según el Concejal Jesús Armas[3].
  • Muchas familias han vuelto a cocinar con leña por la dificultad de acceder al servicio de gas doméstico.
  • El sistema eléctrico, que desde 2010 se militarizó por ser considerado por el gobierno un área estratégica, ha colapsado por falta de mantenimiento, despido y deserción de personal capacitado y una escandalosa corrupción. Hoy el país está sin electricidad, “apagado”[4]. Los apagones y la irregularidad en el servicio eléctrico han dañado los artefactos domésticos y, dada la hiperinflación, la mayoría las familias carecen de la capacidad económica para reponerlos.
  • El sistema educativo está desmantelado. Ante la desinversión por parte del Estado, las comunidades educativas no tienen capacidad económica para rehabilitar las infraestructuras que se van cayendo a pedazos. Los docentes han abandonado el oficio porque el salario no les alcanza para cubrir los gastos del pasaje; por ejemplo, cinco horas de trabajo de un docente de primaria es el equivalente a tres huevos de gallina. Muchos docentes han tenido que dedicarse al comercio informal para poder subsistir, mientras otros miles se han ido del país.
  • El sistema de salud está destruido por la desinversión tanto para la rehabilitación de la infraestructura hospitalaria, como para cualificar las condiciones de vida de los trabajadores de la salud. Las personas del barrio temen enfermarse porque las familias no tienen los recursos económicos necesarios para responder a dichas situaciones.
  • Ni qué decir de la recreación: salir en familia a pasear es un lujo que no pueden darse la mayoría de la población.

Este “mal-estar” se vio reflejado en el elevado índice de protestas en el año 2018. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) registró 12.715 protestas durante el año, 30 por ciento más que en 2017 cuando la misma entidad registró 9.787 manifestaciones. Las protestas de 2017 fueron de carácter político y las de 2018 marcadamente social. En 2017 fueron movilizaciones masivas fuertemente reprimidas por la fuerza pública y en 2018 protestas locales extendidas por todo el territorio nacional, demandando servicios públicos y exigencias laborales.

Conviene resaltar que el auge de las protestas el año pasado estuvo permeado por un sentimiento de frustración y desmovilización política, que produjo una gran estampida migratoria. Un indicador de este ambiente fue el hecho que los líderes de las protestas aclaraban en sus consignas y proclamas el objetivo social de sus reclamos, desmarcándolos de cualquier actividad político partidista. Aparentemente, la represión de las protestas de 2017 por parte de las fuerzas públicas y el paramilitarismo rojo había inoculado en el cuerpo social la resignación política. Así, reflexionábamos en la revista SIC, en agosto 2018 “la mayoría de estas protestas, aunque numerosas, han sido aisladas y poco coordinadas, lo que reduce su impacto en términos de la cohesión del propio cuerpo social, así como en su peso político y desestabilizador del poder arbitrario”[5].

3. La usurpación no es sólo una noción política

En 2019, ocurre una serie de eventos que rompen el celofán de la resignación política de 2018. La Asamblea Nacional, único poder legítimo en el país, recupera su protagonismo con el surgimiento de la figura de Juan Guaidó, un joven diputado suplente, que dentro del marco del acuerdo interno en las fuerzas políticas de dicha institución asume la presidencia de la Asamblea Nacional. Su figura joven, firme, calmada, desmarcada de la imagen típica del político de oficio, de procedencia y fenotipo popular, con mensaje claro y contundente, logra conectar con las mayorías e interpretar políticamente las demandas sociales. Este hecho descoloca a todos los actores políticos.

El gobierno usurpador daba por hecho el quiebre de las fuerzas política de oposición y el fortalecimiento de los mecanismos de control social y político desde el poder de facto. La Asamblea Nacional como cuerpo institucional y, el mismo Juan Guaidó, no se esperaban tal conexión con el sentir de las mayorías. Por su parte, el pueblo de a pie, y muy especialmente la juventud, se sintió representado por el joven líder, y la agenda programática se convirtió en “mensaje de esperanza con fuerza movilizadora”.

Pronto la comunidad internacional manifestó su respaldo a través de Estados Unidos, el grupo de Lima y la Unión Europea. Mientras China y Rusia mantienen respaldo incondicional al gobierno de Maduro, hecho este que nos coloca en el ojo del huracán de intereses geoestratégicos. Lamentablemente, el visible apoyo de Donald Trump más que ayudar a cohesionar internamente las fuerzas democráticas, ha sido señal de desavenencia y contradicción en el seno de la oposición, entre quienes apuestan a una salida negociada y quienes sueñan con una intervención extranjera. De igual manera, el endurecimiento de las sanciones está sirviendo al régimen para cohesionar ideológicamente sus fuerzas, aunque pocas, dándole insumo para su épica revolucionaria.

Volviendo la mirada desde la perspectiva de los barrios, hay que decir que el cese a la usurpación, más allá de una noción política (que de suyo lo es), es sobre todo una noción existencial. Esto significa que la gente de a pie, que experimenta día a día el desconcierto, la incertidumbre, el mal-estar, la sobrevivencia, el hambre y el deterioro de todas las dimensiones de la vida, se siente usurpada, no sólo en la gestión política sino en lo más íntimo de su existencia, en su cotidianidad. El grito de desahogo muy de moda en todos los rincones del país es expresión de esa usurpación existencial.

1

Notas

  1. En Editorial de la Revista SIC 792, Marzo 2017. Accesible en www.revistasic.gumilla.org
  2. Ver https://tenemosnoticias.com/noticia/buscaron-desesperados-guaire-agua-623934/1268203 (11/03/2019)
  3. Ver http://efectococuyo.com/la-humanidad/municipio-libertador-de-caracas-cuenta-con-ocho-unidades- compactadoras-para-la-recoleccion-de-basura/ 22/10/2018)
  4. Prat C, Damian (2016): “Guri: víctima de lo que no se hizo” Revista SIC 784.
  5. En Editorial de la Revista SIC 807, Agosto 2018. Accesible en www.revistasic.gumilla.org

Fuente

  • Maritza Barrios y Marcelinio Visbal (Ed.). (2019). Búsqueda de Alternativas Políticas a la Crisis de Venezuela. Seminario Internacional. Caracas, Venezuela: Publicaciones UCAB (2019)
  • Fotografías de migrantes venezolanos en tránsito a Colombia por el puente internacional Simón Bolívar en Cúcuta. Cortesía de George Castellanos.

Comentarios