Víctimas de coyotes viven entre el miedo y el silencio

La población que vive cerca de los pasos que usan los coyotes tiene miedo, sienten temor, el silencio es la regla y hablar con periodistas está vetado. Tercera entrega del especial de John Machado, de El Tiempo de Cuenca en alianza con CONNECTAS.

Mientras se recorre la polvorienta vía que une a San Juan del Cid con San Bartolomé, dos pueblos de no más de 10.000 habitantes al sur del Ecuador, un silencio incómodo rodea un paisaje andino que la niebla oculta a la vista. Presentarse como periodista y comentar que se quiere hablar sobre migración genera una alerta generalizada. Los pobladores desconfían. Están acostumbrados al silencio.

En estos dos pueblos, y las pequeñas localidades que los rodean en un radio de 50 kilómetros, la gente vive en gran parte de la migración. Quienes han implementado negocios con dinero enviado por remesas, dinero que mueve la pequeña economía del sitio, están dispuestos a contar sus historias de superación, de lucha, de afecto con quienes se fueron y regresaron. Pero una palabra rompe la empatía: coyote.

En la cima de una colina, una pequeña capilla que luce abandonada corta el viento con una cruz que recuerda adioses. Junto a ella vive Hermelinda Zapatanga, una de las familiares de los náufragos que en 2005 desaparecieron en el mar cuando intentaban llegar a Estados Unidos. La Armada del Ecuador reporto 103 víctimas mortales en aquella tragedia que sigue viva en San Juan de Cid.

Hermelinda está desgastada, y se rehúsa a hablar. Amenazante, saca un pico (herramienta) y da golpes a un pequeño huerto en el que apenas si crecen las hortalizas que le servirán para sobrevivir.

– Si es de lo que pasó yo no voy a hablar, puede nomás irse, no voy a hablar.

Dos coyotes fueron acusados de tráfico ilegal de personas en el 2005 por la desaparición de 103 migrantes, en el 2011 salieron libres tras la rebaja de su pena que inicialmente era de 12 años. Uno de ellos, Milton Bautista Guzmán, presenta, desde el año en el que salió libre, nueve juicios por tráfico de migrantes, uno más por estafa, y en el 2018 la Fiscalía archivo dos causas en su contra por delincuencia organizada en la provincia de Carchi, frontera entre Ecuador y Colombia. Sigue en las calles y eso, en San Juan, genera temor.

Hermelinda en tanto afrontó un juicio de cobro de dinero de las cooperativas de ahorro y crédito (bancos) a las que pidió los 10.000 dólares que costó el viaje que nunca llegó a puerto y que se llevó, más que dinero, la vida de sus seres queridos. Desde entonces vive en la pobreza.

De los nueve sobrevivientes del naufragio, ocho volvieron a pasar la frontera y emigraron a Estados Unidos con éxito. En Ecuador se quedó solo Julio Sisalima, quien abandonó su pueblo para empezar una nueva vida, lejos del horror.

Tampoco quiere hablar sobre coyoterismo, sobre lo que pagó para viajar, o sobre justicia. En su cuerpo aún se puede ver las quemaduras del sol, la sal marina afectó su vista y la está perdiendo, y en su mente el recuerdo lo atormenta por las noches con pesadillas recurrentes.

Dos cuartos en donde las camas se apilan para hacer espacio amparan a Julio, su esposa y sus dos hijos. El Estado le ofreció trabajo, reparaciones económicas e incentivos para que estudiara pero nunca le llegó nada de lo prometido. Él prefirió buscarse la vida por mano propia en Cuenca, a dos horas de camino de la casa de la que partió en 2005, y la que rara vez visita para evitarse las pesadillas.

El silencio es también el refugio de Luis Freddy Lala. Él es el único ecuatoriano que sobrevivió a la matanza de San Fernando, Tamaulipas, registrada en el 2010 en la frontera entre México y Estados Unidos. Fue incluido en el programa de atención de testigos de la Fiscalía, pero la entidad entendió que el riesgo de sufrir ataques se minimizó tras la sentencia del coyote que lo llevó hasta México, por lo que la protección se esfumó.

Freddy recibió un disparo en el cuello y fingió su muerte para horas después huir del rancho donde 75 migrantes fueron ejecutados por negarse a unirse a la organización delictiva denominada Los Zetas. Desde entonces vive con miedo y ahora se esconde pues asegura que aún, 18 años después de la tragedia “hay malencarados” que van a buscarlo.

Su coyote, José Arcesio Vásquez, sentenciado a tres, ocho, 12 y 16 años por distintos casos de tráfico de migrantes, guarda prisión desde el 2012. El próximo año podría salir libre por buen comportamiento.

De acuerdo al Fiscal General del Estado, el ‘Gato’ Vázquez, tras saber de la matanza de Tamaulipas, ofreció regalar a los familiares de Freddy Lala una casa de dos plantas, un terreno, un vehículo nuevo y dinero para que no lo denunciaran. Se presume que el mismo modus operandi se dio con la familia de Pedro Yupa Chimborazo, menor de edad que no escapó a los disparos de Los Zetas.

Según versiones de testigos protegidos a la Fiscalía, el ‘Gato’ Vásquez amenazó en un primer momento con matar a uno de los hermanos de Freddy, luego se comunicó con el menor de la familia para asegurarle que si no convencía al clan de guardar silencio, los mataría a todos.

Las víctimas de Vásquez han sufrido, de acuerdo a las investigaciones, secuestro y extorsión. La Fiscalía investiga un presunto lavado de activos vinculado al coyote y sus posibles nexos con grupos delictivos en México.

La Fiscalía investiga también casos de coyoterismo en tres provincias del sur y centro de Ecuador: Chimborazo, Cañar y Azuay, vinculados a la misma red de Vásquez.

Los pobladores de sitios como El Tambo (Cañar), saben que en la pequeña gasolinera que está en la vía a Azogues se dan los encuentros para el intercambio de dinero por viajes ilegales, conocen las camionetas sin placas de los coyotes, los reconocen por sus apodos, pero nadie se atreve a hablar, a denunciar ese secreto a voces.

Entre San Juan del Cid y San Bartolomé las nubes juegan con los árboles frutales que llenan de aroma las colinas, el atardecer naranja, las pocas villas en las montañas, los campos de maíz y lavanda dan la imagen de un óleo que inspira paz; pero paz es lo que no hay en esos pueblos donde la trata de personas recorre, de punta a punta, el camino del miedo.

Niños sin destino

Denisse, Evelyn y Justin van a la escuela a pie, regresan a ayudar en el campo, viven de lo que dejan las fértiles tierras de Barabón, un pequeño caserío de Cuenca, al sur del Ecuador. De eso y del sacrificio de su madre y su abuela, que, con suerte, logran 40 dólares al mes para sobrevivir. Los 20.000 dólares que la familia dio al coyote para que su padre, Mario Lojano, llegue a Estados Unidos, los dejaron en la calle.

Lojano desapareció en la frontera. La abuela de los menores buscó justicia durante tres años. Se cansó. Hoy rehuye a todos quienes quieren hablar de Mario. “Nadie ha hecho nada por nosotros, ni siquiera tenemos el cuerpo de mi hijo, para qué seguir hablando de eso”, dice Teresa Lojano.

Más de 200 niños del Austro del país pasan por la misma realidad, según datos de la fundación 1-800 Migrante. Son los hijos de más de 70 desaparecidos en frontera.

A las historias de los desaparecidos se suman la de los niños y adolescentes que se aventuraron a cruzar la frontera, los “no acompañados”, como los ha bautizado la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR.

Según datos del organismo internacional, unos 16.000 niños fueron retenidos en la frontera entre Estados Unidos y México, en el último año. Datos de la Secretaría de Gobierno de México indican que unos 110 menores de edad ecuatorianos son parte de las estadísticas.

Uno de los “no acompañados” que fracasó en su intento por llegar a Estados Unidos fue José Tacuri, quien a los 15 años se vio convertido en padre y decidió emprender una travesía que terminó en tragedia.

El 30 de abril de 2013 dejó su casa en San Vicente de las Caleras, en Cuenca, sur del país, y partió a Long Island, Nueva York, donde vivían sus padres. El 28 de mayo llamó a su papá desde Sonora, México, para pedir la bendición antes de emprender el último tramo. No logró seguir al grupo y nunca llegó a su destino.

Sus familiares presentaron la denuncia en la Fiscalía del Azuay, pero hasta hoy no encuentran el cuerpo, ni se ha logrado la detención del Coyote que en ese entonces cobró 6.000 dólares a cambio de lo que supuso la muerte del adolescente.

Son historias inconclusas de quienes dejaron sus sueños de un provenir mejor en la promesa de un camino que no les llevaba a ningún lado.

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El Tiempo de Cuenca

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