Volver a hablar de socialismo

Con Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, el socialismo volvió a la discusión pública de Estados Unidos. El concepto sigue siendo discutido en América Latina y en Europa. ¿De que socialismo hablamos? Análisis de John E. Roemer, publicado por Nueva Sociedad.

El socialismo ha regresado a la agenda política de Estados Unidos. Dos conocidos nombres de la izquierda estadounidense, el senador Bernie Sanders y la representante Alexandria Ocasio-Cortez, se autoproclaman socialistas. Y la mayoría de los actuales precandidatos demócratas a la presidencia apoyan políticas que muchos denominan socialistas: seguro de salud de pago único, empleo garantizado, inversiones masivas en obras públicas, preescolar universal y educación terciaria financiada por el Estado. Más aún, cerca de la mitad de los estadounidenses más jóvenes dicen en las encuestas que prefieren el socialismo al capitalismo (aunque lo que tienen en su mente se parece más a la socialdemocracia que a la planificación central socialista).

El socialismo se puede concebir como sustentado en tres pilares intervinculados: un ethos de conducta económica, una ética de justicia distributiva y un conjunto de relaciones de propiedad que se ajustan al ethos y ponen en práctica la ética. Si la gente se comporta según el ethos e implementa las relaciones de propiedad, se debería hacer realidad la ética distributiva. Nuestra comprensión de estos tres pilares evoluciona con la historia. Para determinar en qué consiste el socialismo del siglo veintiuno debemos identificar sus bases filosóficas, compararlas con el capitalismo, y después presentar una serie de variantes socialistas.

Definir el socialismo

El ethos conductual del socialismo es la cooperación. Los ciudadanos de una sociedad socialista deberían reconocer que forman parte de un emprendimiento de cooperación para transformar la naturaleza en dirección a la mejora de la vida de todos. La ética distributiva de una sociedad socialista favorece la plena igualdad de oportunidades.

El filósofo John Rawls argumentó que nadie merece beneficiarse o padecer por los recursos que le fueron asignados en la “lotería de la cuna”. Estos recursos incluyen no solo la riqueza de la familia en que nace el bebé, sino todas las posibles ventajas que acumula una persona por nacer en una familia dada, inclusive los buenos rasgos y disposiciones congénitas.

Esta visión no implica que los socialistas promuevan la ingeniería genética, solo que aquellos con características congénitas más afortunadas (tanto materiales como genéticas) no merecen recibir ingresos más altos que aquellos menos afortunados. La igualdad de oportunidades exige compensar a quienes no han tenido suerte en la lotería de las cunas con una educación y formación sustanciales.

Para tal fin, las relaciones de propiedad del socialismo apuntan a implementar la plena igualdad de oportunidades, hasta el punto en que sea posible en una economía de mercado, y a reflejar el ethos cooperativo de la conducta económica. Las grandes empresas (pero no las pequeñas) no han de tener propietarios que acumulen utilidades. En lugar de ellos, todos los ingresos de las firmas se distribuirían a quienes aportaron insumos de trabajo y capital a la producción.

Irse por su cuenta

Resulta útil contrastar estos pilares socialistas con los pilares análogos del capitalismo. El ethos conductual del capitalismo es el individualismo: la actividad económica se caracteriza como la lucha de cada persona contra todos los demás y la naturaleza. La ética distributiva del capitalismo es el laissez-faire: es correcto y admirable que los individuos prosperen sin límites en lo material, siempre que no interfieran con la oportunidad de que otros hagan lo mismo. Los niños sí que pueden disfrutar de todo lo que reciban en la lotería de la cuna, así como otros deben resignarse a sufrir su mala suerte. Es crucial la libertad de contratar, incluso si sus consecuencias impiden la igualdad de oportunidades (como sin duda ocurre con la herencia de vastas riquezas). Las relaciones de propiedad en las empresas son privadas: las personas son propietarias de empresas y sus utilidades se acumulan en beneficio de ellas una vez satisfechos los costes de producción, lo que incluye el pago de salarios a los trabajadores y de rentas o intereses a los inversionistas.

Benjamín Franklin resumió sensatamente el contraste entre el ethos conductual del socialismo y el del capitalismo, aunque en un contexto diferente. “Tenemos que hacerlo todos juntos”, dijo a los delegados coloniales en el momento álgido de la Revolución Estadounidense, “o, sin lugar a dudas, nos ahorcarán por separado”. Por supuesto, el paralelo entre la ingeniosa declaración de Franklin sobre la necesidad de cooperación y el contraste entre socialismo y capitalismo es imperfecto. En el capitalismo, algunas personas con gran capacidad de resistencia tendrán realmente un éxito aplastante. Pero muchos más fracasarán en la competencia, en gran parte debido al hecho de que no partieron en igualdad de condiciones.

No hay dudas de que en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial muchos llegaron a creer que el capitalismo había entrado en una fase más benigna. Según Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, y Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, de la Universidad de California, Berkeley, entre 1946 y 1980 (el periodo que los franceses llaman los Trente Glorieuses, el PIB real (ajustado a la inflación) casi se duplicó en Estados Unidos, y los beneficios de este crecimiento se distribuyeron casi equitativamente. Los ingresos de quienes estaban en la mitad inferior de la distribución de ingresos se duplicaron (un aumento del 102%), mientras que los del 1% superior lo hicieron en un 47%.

Pero ahora consideremos lo que ocurrió después. Entre 1980 y 2014, el crecimiento real fue decididamente más débil. El ingreso total creció en apenas un 61% y el de quienes pertenecen a la mitad inferior lo hizo en un mísero 1%. ¡Pero el del 1% superior se triplicó! Es evidente por qué recordamos los Trente Glorieuses como años tan benignos.

Experimentos pasados

La variante socialista más obvia es la socialdemocracia, enfoque implícitamente promovido por Sanders y la senadora estadounidense Elizabeth Warren. Bajo la socialdemocracia, las relaciones de propiedad siguen siendo capitalistas, pero hay una sustancial tributación del ingreso y la riqueza para financiar varios tipos de seguridad social y la inversión en las personas y los bienes públicos.

Los principales ejemplos de socialdemocracia contemporánea son los países nórdicos. Aunque estos países recaudan aproximadamente la mitad de su producto nacional bruto en impuestos (principalmente al ingreso y al valor añadido), casi todas sus grandes empresas son corporaciones privadas, cuyos propietarios son de manera predominante hogares con un alto nivel de ingreso. Aun así, los hogares nórdicos más acaudalados no son tan ricos como sus contrapartes estadounidenses: en Suecia, el 1% superior posee el 21% de la riqueza del país, mientras que en Estados Unidos posee el 42%.

Más aún, la distribución del ingreso en los países nórdicos es mucho más equitativa que en Estados Unidos. En 2014, el 10% superior de los hogares estadounidenses recibió un 47% del ingreso total, mientras que la mitad inferior recibió el 20%. En otras palabras, el hogar promedio en el decil superior se llevó 12 veces más que el hogar promedio de la mitad inferior, antes de impuestos.

Pero la socialdemocracia es solo una de las variantes de lo que el socialismo podría significar hoy. La variante del siglo veinte (practicada en China hasta 1979 y en la Unión Soviética y Europa del Este hasta una década después) combinaba la autocracia política y la asignación central de los recursos y las materias primas, dejando al mercado solo un papel limitado. Esos dos rasgos explican por qué esos sistemas fracasaron.

Es cierto que la autocracia y un comando central fueron factores razonablemente eficaces para que la Unión Soviética saliera de su estado semifeudal en las décadas de 1920 y 1930 del siglo pasado, cuando la tarea clave era hacer que los campesinos semiempleados migraran desde las tierras en que habitaban a las fábricas urbanas. En efecto, la rápida industrialización en este periodo explica el fracaso de la invasión de las fuerzas de Hitler. Pero la autocracia y el temor a los mercados se convirtieron en pesados grilletes cuando el problema más sutil de la innovación tecnológica se volvió clave para el progreso en el último tercio del siglo pasado.

Un nuevo modelo

Entonces, ¿qué puede significar el socialismo, aparte de una socialdemocracia o una planificación central? Pensemos en un sistema de relaciones de propiedad en que los dueños de las grandes empresas no son capitales privados, sino más bien quienes aportan insumos (trabajo y capital) para la producción.

En el capitalismo, después de que los trabajadores e inversionistas reciben sus salarios e intereses por sus aportes a la producción, lo que resta (las utilidades) se distribuye a los propietarios (como dividendos) o siguen en la cuenta bancaria de la empresa (como propiedad de sus dueños). En contraste, en lo que yo llamo una economía compartida, los mercados seguirían asignando recursos y las empresas seguirían acumulando utilidades, pero los trabajadores e inversionistas recibirían todos los ingresos de la empresa. Tras pagar el precio de mercado del trabajo (el salario) a los trabajadores y el precio del capital (la renta / tasa de interés) a los inversionistas, las utilidades se distribuirían a los trabajadores e inversionistas de manera proporcional a sus aportes a la empresa.

En esta variante del socialismo el producto completo de las grandes empresas se asignaría a quienes aportan a la producción. No existiría una clase de accionistas que no hacen aportes, ni una bolsa de valores en que se comerciara la propiedad de las empresas. En la práctica, las grandes empresas serían propiedad de quienes aportaran directamente los factores de producción.

A algunos socialistas el pago a los inversionistas por sus aportes a la producción podría resultarles contradictorio con la visión de Karl Marx de que, en el socialismo, el ingreso se debería distribuir por completo a los trabajadores. Su opinión era apropiada en la Inglaterra de 1850, cuando toda la riqueza financiera era propiedad de unos pocos centiles más adinerados de la ciudadanía, quienes en su mayoría la habían heredado como aristócratas terratenientes. Sin embargo, en la actualidad las clases media y media-alta (entre los percentiles 50 y 99) poseen el 56% de la riqueza financiera en Estados Unidos y la cantidad de capital invertida por trabajador por el sector corporativo estadounidense supera los 400.000 dólares.

Así, cualquier forma de socialismo democrático que se implemente hoy o en el futuro debe inducir a los ciudadanos a invertir su riqueza, así como la rentabilidad de su trabajo. La obscena riqueza de quienes están en la cúspide del ingreso se debe eliminar con impuestos: el 1% superior posee hoy el 42% de la riqueza financiera estadounidense. Pero la riqueza de la actual clase media no está “goteando desde la cabeza a los pies, desde cada poro, con sangre y suciedad”, como escribiera Marx sobre la acumulación del capital en la etapa del capitalismo temprano inglés, y no se debe expropiar.

Compartir de manera eficiente

Una de las principales virtudes utilizadas para promover el mecanismo económico capitalista (mercados más competencia más propiedad privada de las empresas) es que, en condiciones algo idealizadas, logra una asignación de materias primas y recursos alcanzado una “eficiencia de Pareto”. Ningún recurso se desecha ni desaprovecha, porque es imposible encontrar otra asignación que mejore el bienestar de una persona, a menos que se reduzca el bienestar de otra. Pero lo mismo ocurre en una economía compartida. De hecho, la eficiencia de Pareto se deduce directamente del ethos cooperativo socialista. Como lo anticipaba la ocurrente frase de Franklin, “permanecer unidos” da a los trabajadores e inversionistas una receta precisa para tomar decisiones económicas.

Según mis cálculos, en una economía compartida, los impuestos y la redistribución de la riqueza que el quintil (5%) superior posee por sobre el 95% restante reduciría el ingreso promedio de un hogar del decil superior en cerca de 5,4 veces el de un hogar promedio de la mitad inferior, lo que equivale aproximadamente a la proporción actual de Suecia. Y este escenario considera solo un impuesto a la riqueza, sin redistribución a través del ingreso ni impuestos al valor añadido.

Una economía compartida tiene importantes ventajas sobre la socialdemocracia, comenzando por el hecho de que dejaría de existir una clase de propietarios no productivos. La distribución de todo el ingreso de las grandes empresas (la mayoría de las cuales se encuentran actualmente en forma de corporaciones) a aquellos que aportan los factores de la producción mejoraría el ethos de cooperación, que es un elemento central del socialismo. Por supuesto, seguiría habiendo la necesidad de un estado de bienestar que preste seguridad social temporal y apoye a quienes no puedan trabajar.

Los escépticos argumentarán que es utópico postular una sociedad en la que trabajadores e inversionistas se sientan motivados por el deseo de cooperar. Pero eso supone erróneamente que “ir por las suyas” es un instinto natural en el ser humano. De hecho, hoy los psicólogos evolucionistas plantean que la capacidad de cooperación en el principal rasgo del homo sapiens que da cuenta de nuestro éxito económico. Hace diez mil años, la sociedad humana más grande en que florecía la paz era la banda, consistente en varios cientos de personas, a lo sumo. La forma de interacción usual entre esas bandas era la guerra, que se llevaba las vidas de entre un 25% y un 50% de todos los hombres. En la actualidad, lo normal son las sociedades generalmente pacíficas de millones, cientos de millones e incluso más de mil millones de personas. En Europa, la tasa de muerte por homicidio y guerras ha caído a uno en 100.000. ¿Qué otras evidencias necesitamos para la capacidad de cooperación innata de los seres humanos?

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El socialismo en la práctica

Entonces, la pregunta es cómo puede pasar un país desde el capitalismo al tipo de economía compartido que he descrito. En Europa, varios países ya han incluido a trabajadores y otros actores interesados en las juntas corporativas. Ese es un primer paso. De igual importancia son los impuestos a la riqueza, especialmente de los multimillonarios, de modo que el 1% superior de los hogares no posea más del 40% de los recursos financieros.Como mucho, esta cohorte no debería poseer más del 10% de la riqueza financiera de un país.En cuanto a la distribución del ingreso corporativo enteramente a quienes aporten trabajo y capital a la empresa, no hay obstáculos tecnológicos de por medio. Sería necesario hacer cambios al derecho corporativo.

¿Afectaría a la economía la desaparición gradual del mercado de valores? No en la opinión de destacados economistas como John Maynard Keynes, que comparó las bolsas de valores con un casino, o del ex Jefe de la Reserva Federal Paul Volcker, que señaló en 2009 que la innovación financiera más importante de los últimos años eran los cajeros automáticos. Después de todo, las firmas seguirían aprovechando al máximo sus utilidades. Pero sin una pequeña clase de titulares de acciones cuyos ingresos dependen en gran parte de esas utilidades, cambiarían para mejor las decisiones de las juntas corporativas, tal como hoy las empresas que incluyen actores no propietarios en sus juntas directivas prestan más atención a las externalidades negativas de su búsqueda absoluta de utilidades.

Por último, acerca de la cuestión de si podemos reemplazar fácilmente el ethos individualista por uno cooperativo, no basta con señalar que milenios de historia son testimonio de la capacidad cooperativa de nuestra especie. También se debe entender por qué tanta gente acepta una competencia implacable como si fuera una forma de ley física: alimentar el ethos del individualismo es y siempre ha sido una tarea ideológica principal de la clase capitalista.

Esa clase y sus voceros han tenido un éxito notable en alterar la conciencia pública, de modo que nos hemos olvidado de la sociedad relativamente más cooperativa de la posguerra. Fue ideado y puesto en práctica no en menor parte por políticos carismáticos como el presidente estadounidense Ronald Reagan y la Primer Ministro británica Margaret Thatcher en la década 1980, y por una prensa comprometida en términos financieros. Los medios de comunicación han promovido de manera incesante el individualismo y el consumismo, mientras que los sindicatos (instituciones cooperativas por excelencia) han sido desarticulados.

En 1949, Albert Einstein describió al socialismo como el intento de la humanidad de ir más allá de la fase predatoria del desarrollo humano. En muchos casos, los experimentos socialistas del siglo veinte fueron justamente eso. El reciente resurgimiento del interés en el socialismo en Estados Unidos indica que una nueva generación –que apenas recuerda esos experimentos- busca una alternativa atractiva a nuestra nueva Edad de Oro y sus patologías asociadas. Harían bien en dirigir sus miradas a la economía compartida.

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